F0590 · Los ayudantes del altar se inclinaron junto a Lionel.

Los ayudantes del altar se inclinaron junto a Lionel.

—Reverentiam

Alberto cantó el introito. Los nobles se levantaron. Entonces la vio. Ines parecía meditar en algún misterio muy profundo, pero en cuanto la voz de Alberto llegó a la nota más alta ella volteó a mirarlo. Se contemplaron. El monje le parecía un muchacho, casi un niño. Y sin embargo sintió en él una sensualidad que le parecía inmoral. 

Junto a ella estaba Farid. También él quedó asombrado por la voz del monje. Creyó escuchar en ella el camino en el desierto, la primera vez que conoció las tierras occidentales, una calle empedrada en Chipre y cierto sol que se derretía azul, muchos años atrás, en la mezquita de Solimán. Ahí había escuchado la plegaria y el rezo. Tú morirás, Mohamed, también él morirá, sólo el Altísimo no morirá. 

Luis recibió a la novia. Todo se calla. Se calla el ruido de los bancos, Inés no puede concentrarse, mira los ojos brillantes de ese joven monje, los labios rojos y semi abiertos. La música se desliza sobre de ella, la emborracha. ¿Por qué? Es como un pequeño lagarto en su columna vertebral. 

Alberto trata de alcanzarla con su voz. Resuena la cúpula en la capilla. Farid recuerda el cielo de Famagusta, cuando comenzaban a chillar los pájaros toda la tarde.   

En aquella ceremonia, Jorge recordaba con placer cuando le presentaron a Inés, esta judía que un poco aniñada, un poco pícara se inclinó ante él en una perfecta reverencia y le dijo:

—¡Emperador!

¿Qué había en aquella niña que la hacía parecer tan deleitable? Y además, ¿qué tenía de particular que había sido capaz de sobrevivir a las intrigas de la corte papal con un hijo bastardo durante más de cinco años? Cuando ella se aproximó para besar su mano, él alcanzó a olisquear el aroma inconfundible de los perfumes que fabrican en la casona frente al palacio del cardenal del Monte. ¡Delicioso! Qué lugar perfecto han creado los Medici. Venden ahí mismo los perfumes y los venenos con que los nobles romanos se seducen y luego, se matan. 

—Disfrute la fiesta, señora —había dicho Jorge. Estaba seguro de que se le había entrecortado la voz. Y el pensó por primera vez, ¿qué tiene esta niña? ¿por qué tiemblo así?

Inés provenía de un antiguo linaje de judíos. Su madre había tenido la inocencia de sugerir que el día de su boda sería el más feliz de su vida. Eso había sido, claro, antes de la llegada de los Trastamara al poder. La entregaron como amante, no como esposa y, la primera vez que estuvo con un hombre sintió dolor. Fue así que comenzó a crecer en ella cierta nostalgia por lo no vivido que hacía crecer su belleza. Era una nostalgia que a cada momento de su vida la atacaba con esta pregunta: ¿para qué? ¿Para qué existir? ¿Para qué luchar? ¿Para qué seguir tratando de salvar a su familia del deshonor de haber nacido judía en este siglo infausto? ¿Para qué peinarse frente al espejo incrustado en el manco con 

conchas y carey? Durante algún tiempo, incluso, había dejado de sentir amor por el pequeño Garci. Se hundió en lo que hoy llaman depresión y que antaño se llamaba tristeza con mucho más simplicidad. 

     Pero Jorge no sabía que esta tristeza la volvía más atractiva. Y estaba lleno de preguntas con respecto a esta mujer que había venido de Castilla. Ya tendría oportunidad de enterarse de lo que hacía atractiva a doña Ines aquella noche, cuando, a cambio de una renta de doscientos mil maravedíes, Jorge consumara su segundo matrimonio por interés.

La boda había tenido lugar y los novios se encontraban disfrutando de la fiesta. Inés lucía particularmente hermosa. Por primera vez Alberto pudo salir de sus meditaciones y fue capaz de descubrir que había algo terriblemente hermoso en la fragilidad. Porque Inés, sin duda parecía frágil. Inocente. Se trataba tan solo de una imagen pues el amor sexual la había hecho muy consciente de su propia belleza física. La desazón que tuvo alguna vez de sentirse indigna de ser amada había cambiado conforme transitó de Luis Méndez al Conde de Aguilar y ahora al heredero del imperio de Trebisonda, un hombre viejo de barba blanca que, sin embargo, le había parecido particularmente hermoso. Hasta que conoció a Alberto. 

No es que aquel hombre le hubiese abierto los ojos de inmediato, pero la sensación de estar fallando a sí misma, a Dios, a sus padres, se disolvió mientras él cantaba aquellas canciones de Petrarca a una amante que muchos años atrás había muerto: Laura.

Alberto reconoce en la boda al hombre de su sueño.

El alquimista

Farid reconoció al hombre

     —¿Qué es un alquimista? —se preguntó.

A la hora de la misericordia comenzó la fiesta. Hákim había vuelto a casa de Dante y se había acomodado en sus habitaciones. Farid descansaba mientras el amo preparaba una poción que lo mantendría despierto toda la noche. Porque, en efecto, Jorge Comneno utilizaba elíxires para dormir y para despertar. 

—¿Cómo está su santidad?

—Muy viejo y enfermo —respondió Hákim—. Los mejores médicos están de acuerdo en que no llegará al año siguiente.

—¿Vivirá para cuando zarpe la misión a Cipango y Catay?

—Lo dudo, pero Giacomo di San Genesio está convencido de que la purificación de su sangre va a funcionar. Jorge estuvo a punto de soltar la carcajada.

—¿La purificación de la sangre? ¿Siguen realizando las sangrías con niños para ofrecérselas al papa? 

—Sí. Aunque hemos comenzado a intentar nuevos métodos. 

—Me lo imagino.

Jorge sabía que Hákim siempre había sido partidario de aquella idea que a él le parecía estúpida. Eso que hoy llamamos transfusión de sangre se realizó por primera vez en Roma. Y el noble griego entendía el concepto, claro: si la sangre da vida, un poco de sangre forzosamente caerá bien. El médico judío había tratado mezclando un poco de sangre. Pronto llegaría a sostener que necesitaba más y más. Galeno fue el primero en descubrir que la sangre corría por las arterias, antes que él se pensaba que por las arterias corría sangre. Pero que la sangre da vida está en la Revelación. Una de las cosas más contrarias a la ley en el antiguo testamento era relacionarse de cualquier modo con la sangre. Justamente por eso la doctrina de que era necesario comer y beber la carne y la sangre de El Hijo del Hombre había resultado tan chocante para los judíos, como se demuestra del libro de Juan, que decían: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? “Si no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no habrá vida en ustedes”, había respondido Jesús. Para Jorge se trataba de un asunto espinoso que, durante el tiempo en que fue obligado a convertirse en musulmán, después de la caída del imperio de Trebisonda, probaba, sin lugar a dudas, que el cristianismo era una herejía de la recta doctria que es el islám.

     A Jorge comenzó a interesarle el esclavo de Hákim. Se interrumpió cuando el señor de Las Casaux le presentó a un alto dignatario. Era Salvatore Cybo. Se le conoce como Cristóbal Colón. 1491 Colón había dejado el monasterio de la Rábida y fue a la corte en Santa Fe el 31 de diciembre. En Santa Fe había tratado de hablar con Fernando de Aragón, vislumbró la vega de Granada. Juan Pérez, el fraile de la rábida venía con él Entraron a la habitación el secretaro Juan de Coloma. Bartolomé de las Casas venía con ellos. colón reclamaba los títulos de almirante y virrey. Fue despedido de la corte.

A través de Antonio de Nebrija quien era teólogo en este convento, Deza pudo entrar en contacto con la corte de Isabel. En 1485 Isabel había ordenado que Nebrija entrara a ser preceptor del príncipe juan. 

Jorge Comneno venía con Alberto y con su esclavo Farid aquí para discutir el tema de la redondez del mundo. El señor de Aguilar a menudo discutía con ellos sobre el tamaño del mundo. Deza, basado en Santo Tomás sabía que el mundo era redondo. Ahí conoció a Santángel otro converso. Sabemos, le dijo a Colón quien lo manda. Pero a nosotros nos interesa el viaje Queremos un nuevo mundo. Nuevo Mundo, la frase le gustó a Colón. Los frailes de San Esteben, Santángel y el propio Deza cubrieron sus gastos todo ese tiempo mientras que se allanaba el camino para que la reina reconsiderara. 

En su Historia de las Indias Bartolomé escribe que en una carta de colón dirigida a los Reyes el maestro del príncipe Juan, Deza, fue la causa de que los Reyes tuvieran las Indias. Colón sabía, pero no podía hablar de historias de Marinos… Islas que podían servir en el largo viaje a las indias. La teoría del prenauta, durante el tiempo que Colón había psado en las islas portuguesas del Atlántico había atendido a un marino portugués moribuno cuya carabela había sido arrastrada desde el golfo de Guinea hasta el Caribe. Este hombre era Alonso Sánchez de Huelva o tal vez vizcaíno. 

Conversaron con un hombre curioso que trabajaba para la inquisición. Se llamaba Marcel. Vivía en la casa del Cardenal del Monte. Rodeado de obras de arte y de comodidades, había sido el único que tenía la obsesión suficiente como para detenerse y leer cada mañana todas las cosas que se pegaban en el Pasquino. Era el único que había notado lo que significaban todas aquellas claves que alguien había puesto ahí. Le interesaba el mensaje que estaban dejando. Era un mensaje cósmico. Los mensajes que Dios dejaba, pensó, estaban en la Eucaristía, él, en cambio estaba interesado en este mensaje de Satanás. Porque era Satanás quien demandaba la sangre de esos niños asesinados. Comentó con uno de los guardias del palacio. Un español. 

     —Pues bueno, ahora con Inocencio VIII las cosas están bien para los españoles. 

     —Inmejorables, eminencia. No podemos quejarnos.

     —Qué ha sucedido con el caso de los niños asesinados en Roma?

     El español guardó silencio. Se aproximó a la puerta y gritó:

     —Que nadie me moleste.

     Luego entró a la sala y se aproximó a Marcel. 

     —Eminencia, el papa es quien ordenó todo ello. Se lo ordenó a su médico. Para conseguir la inmortalidad. 

     —¿Cuál de sus médicos?

     —Eso, eminencia, no puedo decirlo.

A nadie le interesaba la suerte de los niños muertos en semejante experiencia. 

Jorge comenzó a sentirse mal. Se retiró. Afuera le molestaba el ruido del palacio. El mismo que en otro tiempo lo hacía sentirse mejor. Se sentía como José en el pozo. Cuando José fue llevado por sus hermanos, ellos cantaron y bebieron. Así se sentía Su Santidad. Toda la gloria del mundo era poca ahora que estaba por enfrentarse al Altísimo. No. No si antes la ciencia de este hombre y la cara de ese muchachito le daban un poco de vida. Un poco nada más. Qué frío. Nunca había sentido tanto frío. Tenía, además, mucho miedo. Miedo de las brujas que él, durante su pontificado, había reconocido. El papa, creador del primer tratado contra la brujería era, en secreto, un brujo negro que se alimentaba de la sangre de niños judíos. Jorge miró desde la ventana a los invitados. Se hizo servir una copa de vino miró al pequeño Farid. El esclavo vestía como un joven príncipe oriental, de azul y verde. Cubría su rostro detrás de una mascarita tachonada de zafiros. Y tocaba el oud.

Voi ch’ascoltate… Al terminar, los invitados aplaudieron, qué hermoso. Jorge se aproximó al muchacho árabe por detrás y le quitó la máscara. Qué hermoso, seguían diciendo. Pero ya no se referían a la música, se referían a él. Al muchachito árabe que sonrió feliz de saberse deseado. 

     —¿Qué le parece, señora —dijo Hákim— mi esclavo árabe?

     Ella sonrió y dijo:

     —Qué maravilloso modo de cantar. ¿En qué idioma canta?

     —No lo sé —dijo Hákim sonriendo. No ha aprendido a hablar un idioma cristiano.

     Jorge ordenó a Farid que se sentara y con una mano, sin decir palabra ordenó. Canta. Vuelve a cantar. Para mí. 

     Voi ch’ascoltate in rime sparse… il suono. Así, sin la máscara, la música de Farid parecía aún más hermosa. Y el esclavo árabe, lejos de sentirse avergonzado, se sentía orgulloso. Y cantaba mejor. Era un objeto, pero un objeto deseado. Era evidente, por la cara de los invitados que tenía razones para sentirse cómodo. Feliz. Fue entonces cuando Jorge lo supo. Porque ella había sonreído cuando él le quitó al esclavo la máscara. No se había sonrojado. Lo había mirado a los ojos. Inés había amado la cara desnuda del esclavo árabe. Y no había tenido la vulgaridad de ocultarlo. No, no era tonta. Supo que lo que había seducido al cardenal Ruffini era una suerte de veneno. Una peligrosa mezcla como la que producían los alquimistas de los Medici frente a la casa del cardenal del Monte: Aquella muchacha, casi una niña, no sólo era hermosa, a su modo era sensible. Terriblemente inteligente. Y sagaz.

Durante el banquete que siguió a la ceremonia se habló de negocios, de barcos, fincas y adelantazgos.  El señor de Aguilar había llegado un poco tarde a la Boda. Se había quedado leyendo el grimorio que encontró en la biblioteca Vaticana y más tarde se había perdido en la ciudad para mirar a escondidas a las mujeres y los muchachos que se prostituían en los callejones. La tarde era cálida pero habían encendido antorchas para iluminar y calentar a la gente. Cuando llegó a la reunión en casa del cardenal le condujeron amablemente por una serie de habitaciones hasta la más pequeña y elegante. 

Luis hizo traer un rico licor de manzana que sabía a leche y con el que continuaron emborrachándose. El Señor del Carpio que parecía como un sol. 

—Pues bien —dijo —. Su majestad la reina ya es dueña de toda la península. Se acabó Granada.

—Ni me lo digaa —respondió Inés. Se exaltó hablando mal de su reina porque parecía entender los pesares de estos hombres que habían sido expulsados de la península. En realidad Luis Méndez del Carpio estaba mintiendo. Él mismo había formado parte del consejo que había decidido expulsar a judíos y musulmanes de los reinos de Castilla y Aragón, pero ahora estaba necesitando del dinero de estos hombres. Y tenía un hijo con una judía. Con Inés.

     Aquella era una pequeña reunión entre amigos. Jorge les había mostrado a todos cuadro de uno de sus nuevos sirvientes, un pintor. Descorrieron la cortina y él pudo ver un cuadro pequeño de un muchachito que despertaba. Es un ángel, dijo el cardenal. Se le notaba en la voz el éxtasis lánguido de una muchachita que dijese ello. Volvió a cubrirla, como para que las miradas no tocasen aquella desnudez que sólo él podía manosear. 

Marcel preguntó:

—¿Me recuerda su nombre?

Huséin al-Hákim bi-Amrillah tenía las cejas muy pobladas. Marcel estaba convencido de que por el rostro de un hombre podía saber muchas cosas, pero la cara de al-Hákim era particularmente esquiva. Tenía una sonrisa que uno no podía saber si era de burla o de satisfacción.

Llegada la hora de cenar Nicolás pidió permiso para partir y se llevó a Alberto. Los invitados se sentaron y sirvieron pato en vino. Como en toda comida elegante se habló justamente de comida. Marcel elogió particularmente la comida del barrio judío a la que se había vuelto muy aficionado. A Jorge le pareció interesante que un hombre tan sofisticado frecuentara barrios semejantes. Lo dijo con un poco de escándalo aunque era evidente que estaba dispuesto a charlar con él de esa clase de encuentros que tienen lugar en las noches en barrios como ese. Se habló del barrio de los genoveses y los florentinos. Al-Hákim sonreía y durante un tiempo se mantuvo ausente dando vueltas a la copa de vino. Mirándolo. Se pasó revista a los asuntos más importantes, como siempre, como si repetir lo que se dice cambiara algo. Se pidió disculpa al invitado árabe, pero se dijo igual que era una fortuna que por fin los reyes árabes hubiesen podido expulsar a los moros de Granada. 

Al Hákim, sin dejar de ver su vino, dijo que le tenía sin cuidado el destino del reino nazarí. Sus antepasados eran de la rama chií de la que llamó, sin importar que se encontrara entre cristianos y acabara de comer puerto, la única verdadera religión. Por él, los nazaríes podían emascularse. El comentario dicho de modo tan vehemente causó risas discretas. 

Lo importante en todo caso era que ahora que los reyes habían sentado sus reales frente a Granada, pronto la ciudad tendría que rendirse. Boabdil no tenía  honor. El problema, apuntó al-Hákim no era, por supuesto haber asesinado a su padre. Eso no tiene importancia. El problema es haber sido incapaz de controlar a la población. Lo dijo suspirando, como si recordara alguna cosa lejana. La gente es idiota, comenzó a decir y merece ser tratada de modo violento. 

—Muchas cosas han sucedido en mi vida como para tener miedo. 

—¿Acaso hay algo que lo proteja? Al Hákim rio estrepitosamente.

—Venga —le dijo—, vamos a pasear. Y evaluó la posibilidad de contarle su pequeño secreto. El secreto de la sangre para el papa. Pero si se lo decía, pensó, tendría que matarlo. Y Marcel. A decir verdad. A al-Hákim le caía bien. 

 Jorge Comneno era un hombre intolerante, pero con las mujeres mucho más. Aún así, le resultaba imposible ser intolerante con la señora Inés quien a partir de entonces sería conocido como Inés Comneno. Est mujer no sólo era poderosa. Era hermosa. De una belleza que Jorge tan lleno de fantasías alquímicas, intuyó andrógina, justo como los magos renacentistas pensaban a la divinidad.

—Con la elección del papa Borgia, Roma está a los pies de Aragón. Tenemos razones para brindar, “Emperador.”

Jorge Comneno levantó su copa y miró divertido a Marcel. Era el encuentro amistoso de dos espías que en cualquier momento podrían entrar en guerra. Inés provenía de una familia venida a menos durante la Guerra Civil entre Enrique IV e Isabel la Católica. Pero ahora se encontraba en mucho peligro a causa de que era judía. 

El conde de Aguilar observaba triste. Miraba a la mujer a la que amaga llamando a Jorge “estimado.” Y “amigo.” Decidió ignoraría con discreción. “Más adelante”, pensó, “cuando la necesite realmente” la llamaré. Y ella vendría corriendo. Pronto tendrían que ver qué sucedería con la elección. Los Borgia podrían Roma a los pies de Aragón. 

Jorge era un infiltrado, todo mundo lo sabía, un espía, un sacerdote mercenario al servicio de las cortes de Castilla y Aragón. Pero ella era una de las amantes del papa. Y sus espías le habían comentado que Rodrigo Borgia era cariñoso con el pequeño bastardo de cinco años, Garci. 

A Jorge le llamaban Emperador porque era el último de una dinastía que heredó durante quinientos años los imperios de Bizancio y Trebisonda. De aquello, claro, había pasado tiempo, el apodo había terminado por convertirse en una suerte de ironía, una broma cruel, pero las cosas cambiaron en poco tiempo; los reyes Isabel de Castilla y Alfonso de Aragón habían comprado el título de sucesores del Imperio Bizantino de modo que se había abierto ciertamente la posibilidad de que eso que en aquel entonces se llamaba La Cristiandad, volviese a hacerse con el Imperio Romano Oriental. Si eran capaces de correr a los turcos de Constantinopla, por supuesto, algo que no parecía viable en poco tiempo. Jorge sonreía ante el cambio de actitud de doña Inés, sobre todo porque cinco años antes, cuando su esposo vivía, ambos lo habían ignorado e forma grosera. Jorge los saludó durante la fiesta por la creación de cardenales y ella lo miró de arriba abajo y se fue. 

En la enorme logia del castillo se organizaban las mejores fiestas de la ciudad. En las reuniones del Emperador los invitados bebían, blasfemaban y reían. Discutían de política y del mundo que estaba por volverse más grande. Los invitados de Jorge eran individuos dispares. Lo único que los unía era el placer por el cotilleo. Había alquimistas y militares, marinos y uno que otro religioso que se sentía un iluminado.

—Un alquimista —escuchó decir doña Inés— necesita de mucho tiempo.

Sin duda, se dijo. Tomó otro trago y el jefe de esclavos trajo más vino para servirle pero ella, discretamente, dijo que no. El Emperador, en cambio pidió más. Parecía encantado de escuchar al fondo de la logia a un muchachito árabe que tocaba el Kamancheh. Sonidos diabólicos, pensaba la señora. Demasiado hermosos para ser confiables. Con su silencio estaba presionando a Jorge quien, finalmente le dirigió la palabra con forzada amabilidad.

Ella pensaba en el joven monje tenía buen gusto y la señora del Carpio estaba hermosa. Espectacular. Sus ojos negros brillaban a la luz de las antorchas casi tanto como sus perlas, negras también. Se le mecían en el cuello impecable. Aprovechó las dotes que había heredado de don Juan Manuel. Miró a Alberto y con la más coqueta de sus sonrisas dijo:

—Entiendo que vive usted en san Onofre —comentó la señora. 

—Sí —respondió Alberto quien, por alguna razón sintió como que era otro quien respondía. Otro muy lejano. El joven monje que esa noche pasaría por el huerto de las naranjas para dirigirse a rezar las completas. No supo ya que decir. Volvió a hacerse el silencio. Esta vez, se dijo la señora del Carpio, tendrá que ser Jorge quien encuentre un tema. La señora era consciente de que había tratado al Emperador poco y mal. Se vieron diversas veces durante los últimos años del papado de Inocencio VIII. Volverían a encontrarse, seguro. Ella sabía que Jorge no podía dejar de adularla. Si él era favorito de la Corona de Aragón, ella era amiga personal de Isabel de Castilla de modo que se necesitaban el uno a la otra.

El monje se había inclinado y elegantemente había rechazado la invitación a beber. Hizo una nueva reverencia y emprendió el camino del Lungotevere para llegar hasta el monasterio de San Onofre. Había comenzado a caer el sol y él no se había acostumbrado aún a ser familiar de un hombre tan extraño e importante como Jorge. Sólo unos días atrás creía ser un bastardo. Resultaba ahora que este hombre lo invitaba a sus reuniones. ¿Volvería a hacerlo?

—Espero que sí —se dijo Alberto en voz alta. Y como la gente volteó para mirarlo, extrajo de su sayo un rosario y comenzó a rezar. No se concentraba, sin embargo. El camino estaba lleno de pícaros y prostitutas. Olía a comida romana y a Alberto se le hizo agua a la boca. Sonaron las campanas en poco tiempo comenzarían las vísperas. Cuando llegó a San Alejo se sintió encerrado otra vez. 

Mientras tanto, en la Casa de Dante la señora del Carpio y Jorge Comneno charlaban animosos.

—Necesito pedirle un favor, querido emperador.

Jorge abrió los ojos.

—Dígame.

—Haga —dijo la señora— que cante su esclavo musulmán. ¡Es tan hermoso!

Lo era. Se llamaba Farid. Jorge golpeó dos veces su copa de cristal y la gente hizo silencio.

—Farid —dijo—, canta para la señora una canción.

Farid puso a un lado su Kamancheh cogió un laúd y se levantó para agradecer los aplausos. A pesar de su edad y su condición de esclavo se movía como un artista de mundo, con delicadeza y simplicidad.

—A petición de mi amo, quiero cantar para ustedes Triste España sin ventura.

Inspiró y al exhalar emergió de su garganta el sonido más hermoso que hubiese escuchado la señora del Carpio jamás.

Alberto había llegado al monasterio de san Onofre. El hermano portero le abrió el portón y él inició a subir por el huerto de las naranjas. Volvieron a sonar las campanas. Alberto sonrió. Había llegado a tiempo. Podría incluso descansar un poco antes de ir a la capilla. Caminó hacia el mirador. Aquel 11 de agosto de 1492 hace quinientos años, 

Alberto dejó de pensar en ese día que era piadoso. Dejó de rezar. Frente a la Virgen de las Tribulaciones en el Janículo, Roma. Sí, se habían visto y había comenzado la alquimia entre los ojos y el corazón.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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