F0191 · 2025, marzo, 6.

2025, marzo, 6. Ciudad de México, 19:47 hrs.

—Creo que la nostalgia propia de los mexicanos proviene de este ideal utópico de los humanistas y los primeros españoles que vinieron a México, además de la vergüenza indígena —dijo Isaac, con la voz encajada en la penumbra de la habitación, como si la frase se hubiera descolgado de algún pliegue del tiempo.

Farid levantó la vista de su cigarro. Afuera, la ciudad hervía en luces y bocinazos, pero dentro del departamento la atmósfera era densa, como si las palabras de Isaac hubieran absorbido el aire. Dio una calada larga, dejando que el humo dibujara espirales en el techo.

—La vergüenza indígena —repitió Farid, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Vergüenza de qué? ¿De haber sido los conquistados? ¿De haber sobrevivido?

Isaac giró la copa de vino entre sus dedos, observando las líneas que la luz proyectaba en la mesa.

—Vergüenza de la fractura. De haberse visto a sí mismos a través del espejo de otro. La conquista no fue solo militar, fue simbólica. Fue la imposición de una narrativa donde los dioses murieron, donde la historia dejó de ser suya y se volvió un eco de Europa.

Farid aplastó la colilla en un cenicero repleto de cicatrices de noches anteriores.

—¿Y los primeros españoles? ¿Qué utopía traían, según tú?

Isaac sonrió, pero no había alegría en su gesto, solo el filo de una ironía vieja, gastada.

—Una imposible. Una que solo existía en los libros de Erasmo y Tomás Moro. Querían una Nueva España que fuera un espejo de la vieja, pero más pura, más justa. No tardaron en darse cuenta de que no se puede fundar un paraíso sobre un cementerio.

Farid soltó un bufido, se pasó la mano por el cabello.

—Entonces, ¿somos hijos del fracaso?

—No. Somos hijos del intento. De la imposibilidad misma. México es la cicatriz de un sueño que nunca cuajó. Pero las cicatrices también son historia, también son identidad.

Farid se quedó en silencio, mirando el reflejo de la ciudad en la ventana. Los semáforos parpadeaban en la avenida como advertencias mudas.

—Y sin embargo, seguimos soñando —murmuró.

Isaac levantó la copa, la inclinó levemente en un brindis silencioso.

—Porque no sabemos hacer otra cosa.

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