Luis Méndez se echó a llorar. La reina acarició maternal los bucles dorados del señor de las Salinas. Ambos sabían a lo que se estaba refiriendo. El joven Garci, el hijo menor del Señor de las Salinas era un judío y la reina estaba permitiendo que el niño escapara igual que había permitido que escapara Colón. Esperaba que con este acto de bondad el pequeño Garci que se aproximó a besar la mano de la reina gobernaría la encomienda con la gracia que merece alguien que ha recibido una gracia. Y así sería. El niño lloró realmente, conmovido porque sabía que de aquella reunión pudo haber salido cargado de cadenas, como el hijo que era de una mujer musulmana. Pero no, salió convertido en un señor y, cuando detrás de sus espaldas
230
se cerraron las puertas, notó que la gente lo miraba con una cara distinta. Había dejado de ser el morisco que nació de un amorío fuera de la alcoba se había transformado en heredero del Señor de las Salinas, en uno de los primeros nobles a quienes la reina le concedió el favor de mostrar la bondad de Cristo en el Nuevo Mundo. Su padre lo había conseguido de modo que aquel medio día del 26 de noviembre de 1504, cuando doblaron las campanas, cuando corrió primero por Medina del campo y luego por Valladolid, cuando se supo en los puertos y en las tabernas, en los monasterios y los lupanares que había muerto la reina Isabel, muchos la lloraron, pero ninguno con más sinceridad que Garci Méndez de Sotomayor quien había cumplido diez años, suficientes para saber que la reina había tenido hacia él, por amor a su padre, una deferencia que lo volvía señor.
Garci Méndez no tenía título, pero tenía una hacienda, una hacienda concedida por Isabel la Católica, una hacienda que durante muchos años él trataría de dirigir con mano justa. Cuando su padre lo abrazó para darle el pésame le complació darse cuenta de que su hijo había dejado de ser el muchachito morisco que parece temeroso de cualquier cosa. Era un hombre que a los diez años está dispuesto a enfrentar su destino y unirse al grupo que, en cuanto terminaran
231
las juntas de Toro y Burgos, irá a tomar posesión de las tierras que la reina había apartado para él.
A pesar de su edad, con ayuda de Isaac, el joven Garci comenzó a aprender todo lo necesario para tomar posesión de su nuevos territorios. Su padre Luis Méndez se quedaría en España y durante el tiempo en que fuera menor de edad Isaac le ayudaría a organizar los mares de cultivo de perlas. Tuvo que aprender, primero las razones por las que los hermanos Colón cayeron en desgracia. El resumen era este, habían hecho de la tierra en que Isabel creyó que habría un mundo nuevo de solidaridad católica un lupanar. Habían esclavizado a los indígenas y se negaban a ofrecerles un precio justo por su trabajo. En poco tiempo tanto Garci como Isaac tendrían que aprender que ser justo y cultivar perlas eran dos cosas muy distintas. Para encontrar perlas en los mares de las Indias traían a niños de cinco o seis años a quienes se les amarraba al pie la bola de un cañón. Los niños, descendían hasta las profundidades donde cogían una o dos perlas y luego jalaban la cuerda en señal de que habían conseguido el tesoro. Muchos morían ahogados, los pulmones reventados, los oídos sangrantes por la presión. Pero en aquel momento el joven Garci se creía un auténtico caballero de la reina y estaba dispuesto a creer que podía llevar paz a una tierra en la que todos sabían que lo único
232
que había era peste y enfermedad. Otro problema al que tendría que enfrentarse el protegido de la reina eran los piratas. Las riquezas que habían comenzado a llegar poco a poco a España causaron de inmediato la curiosidad de los grandes reyes de Europa. Había uno en especial que había llamado la atención de Isaac, un genovés que estaba convencido de que al norte de las islas descubiertas por Colón se encontraba un campamento de templarios. En la Tierra Nueva, se decía, se había escondido todo el oro que Felipe el Hermoso quiso robar a la orden de los caballeros. Yendo al norte descubrieron, en efecto otra isla a la que llamaron Groelandia. La habitaban hombres rubios. Pronto se hablaría de todo ello en la inauguración de las Juntas de Toro y Burgos, de las nuevas colonias en el Golfo de Darien, se hablaría de los poblados en Santa Marta y Cartagena. Convertido en uno de los personajes más importantes de las juntas, Isaac miraba crecer el mapa y conforme crecía el mapa del mundo crecían su curiosidad y su ambición.
Y mientras en Isaac crecía el deseo de conocer todas las geografías y empujado por la curiosidad de Isaac quien se había transformado en su mentor, en Farid crecía el deseo de volver al pasado, a una infancia que no había vivido y que sin embargo se le aparecía como un espejismo que se materializaba en una sola imagen, frente a una mezquita hecha con
233
bloques de color turquesa, un muchacho, casi un niño bailaba con una serpiente descomunal. Era un sueño que todas las noches lo obsesionaba y él quería perderse en la geografía de ese recuerdo. Alberto, más necesitado, sólo deseaba perderse en las geografías de nuevos cuerpos que encontró en Toledo, muchachas que se asomaban a las ventanas y lo invitaban a pasar. Él subía por una escalera de caracol y se perdía. A lo lejos aún tañían las campanas por la muerte de Isabel la Católica la tarde que Alberto descubrió que la muchacha que lo había invitado era en realidad un muchacho. No le molestó, al contrario, creyó encontrar en aquellos besos que rompían con todo lo que hasta entonces había aprendido el amor. Y aún más, imaginó que era Farid y que era Garci, que en la geografía de dos cuerpos incapaces de dar vida era posible viajar más lejos que nadie, perderse lejos de la mirada de Dios porque se dijo: cuando dos se desean como yo deseo a este muchacho, Dios seguramente cierra la puerta y nos deja en paz.
El muchacho dijo llamarse Mariano, era un pequeño amor alado como el que pintaría muchos años después Caravaggio y cuando Alberto se despidió para volver a casa de Isaac sintiéndose un hombre verdaderamente libre, verdaderamente dueño de su cuerpo y de su destino, descubrió que todo lo que había pensado que era asco se había transformado en lujuria y todo lo que le habían prohibido se volvía deseable. Creyó entender el sentdo de la
234
transmutación, en la destrucción de sí mismo estaba la resurrección de la carne, la resurrección de su vida. Inmortal como la vida de aquel hermoso esclavo al que ahora estaba deseando tanto: Farid.
A través de Antonio de Nebrija quien era teólogo en este convento, Deza pudo entrar en contacto con la corte de Isabel. En 1485 Isabel había ordenado que Nebrija entrara a ser preceptor del príncipe juan. Jorge Comneno venía con Alberto y con su esclavo Farid aquí para discutir el tema de la redondez del mundo.
Deza, basado en Santo Tomás sabía que el mundo era redondo. Ahí conoció a Santángel otro converso. Sabemos, le dijo a Colón quien lo manda. Pero a nosotros nos interesa el viaje Queremos un nuevo mundo. Nuevo Mundo, la frase le gustó a Colón Los frailes de San Esteben, Santángel y el propio Deza cubrieron sus gastos todo ese tiempo mientras que se allanaba el camino para que la reina reconsiderara.
En su Historia de las Indias Bartolomé escribe que en una carta de colón dirigida a los Reyes el maestro del príncipe Juan, Deza, fue la causa de que los Reyes tuvieran las Indias.
235
Colón sabía, pero no podía hablar de historias de Marinos… Islas que podían servir en el largo viaje a las indias. La teoría del prenauta, durante el tiempo que Colón había psado en las islas portuguesas del Atlántico había atendido a un marino portugués moribuno cuya carabela había sido arrastrada desde el golfo de Guinea hasta el Caribe. Este hombre era Alonso Sánchez de Huelva o tal vez vizcaíno.
En las capitulaciones se dice que el texto afirma que Colón ha descubierto ya ciertas tierras.