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EL REY SERPIENTE / LOS TRES JURAMENTOS
El desierto no estaba vacío.
Nunca lo había estado.
Farid lo supo antes de entenderlo.
Su madre lo llevó fuera del campamento.
El sol apenas había salido.
—Escucha —le dijo.
Farid no oyó nada.
—No con los oídos.
Pausa.
—Con el miedo.
El niño no entendió.
Pero sintió algo moverse dentro.
El chacal
A lo lejos—
un cuerpo.
No completamente visible.
Pero presente.
—Ese es el chacal —dijo ella—.
—¿Qué hace?
—Espera.
Silencio.
—¿A quién?
La madre no respondió.
Miró el horizonte.
—Al que no huye.
El Rey Serpiente
—¿Y el otro?
La madre sonrió.
No con ternura.
—Ese no espera.
Pausa.
—Ese viene.
Farid sintió el pecho cerrarse.
No de miedo.
De anticipación.
La tienda
El Señor de la Guerra abrió la tela.
—Ven —dijo.
El mercader esperaba.
Miró dentro.
Y no vio nada.
El vacío
Farid estaba ahí.
Pero no estaba.
El mercader frunció el ceño.
—No hay nada.
La tienda se cerró.
Damasco
El jardín.
El vendedor.
—Los llevaré a La Meca.
Miguel dudó.
Farid no.
No porque creyera.
Porque no había otra dirección.
El hammam
El vapor.
El agua.
La piel.
Todo se mezclaba.
Farid cerró los ojos.
Y la historia volvió.
El Rey Serpiente.
Siempre el mismo.
Siempre distinto.
Miguel
—Soñé con un ángel —dijo.
Farid no respondió.
—Me dijo que debía encontrar mi nombre.
Silencio.
Farid sabía:
eso no era sueño.
El primer juramento
—Transforma el miedo en amor.
Farid lo dijo.
No a Dios.
A lo que fuera.
El Golfo
Otro niño.
Otro fuego.
Otro nombre.
Pero el mismo punto.
Sevilla
La noche.
El puerto.
Farid corrió.
No escapaba.
Buscaba.
El Encantador
La flauta.
El muro turquesa.
La serpiente subiendo.
Y los ojos.
Siempre los ojos.
—Saldrás de aquí.
No fue voz.
Fue certeza.
La marca
Apareció después.
No visible.
Sentida.
La casa de la vieja
El cuchillo.
El silencio.
El segundo juramento.
—Daré mi vida.
No sabía a quién.
Pero lo dijo.
La convalecencia
El médico.
El olor.
—¿Qué deseas?
Farid tardó.
—Verlo otra vez.
La iglesia
El agua.
La cruz.
—Alessio.
El nombre volvió.
Y no.
El tercer juramento
El encuentro.
Otra vez.
La serpiente.
La mirada.
—No volverás hasta que te hayas enamorado.
Silencio.
La nave
El mar.
Los cuerpos.
El canto.
Siempre el canto.
Chipre
La venta.
El nombre nuevo.
Farías.
Pero no fue prisión.
Fue otra forma.
La torre
El otomano.
La ventana.
El mar violeta.
—No olvides —dijo—.
—Lo sé.
La repetición
Farid ya no distinguía:
qué había pasado
y qué seguía pasando.
El ángel
Volvió.
Como siempre.
—Búscalo.
Farid lo miró.
Por primera vez—
no obedeció.
—Basta.
El castigo
No al ángel.
A la ilusión.
El encuentro
Un joven.
Parecido a Atonatiuh.
No igual.
Nunca igual.
La ventana
El mar.
La tortuga.
El ascenso.
Jesús.
No como figura.
Como gesto.
El padre
—Los europeos te castraron.
Farid repitió.
No con odio.
Con precisión.
Última línea
Y en ese instante—
sin revelación,
sin redención,
sin cierre—
Farid entendió
lo único que siempre había estado ahí:
no era el elegido
era el que recordaba
lo que los otros
no podían sostener.