F0290 · —Di al capitán que estamos dirigiéndonos hacia una tormenta —gritó.

Era de madrugada. Farid salió del camarote para no sentir tanto calor. Salió y se llenó los pulmones de aquel aire fresco. Cayó entonces sobre su mejilla una gruesa gota de agua. Era tan grande que se sorprendió. Descubrió también que había cierta alarma entre los marinos en la escotilla. Iban y venían observando. Antón de Alaminos vino hasta la proa y miró más allá. No había nada que mirar y eso era justamente lo que estaba temiendo el navegante. 

—Di al capitán que estamos dirigiéndonos hacia una tormenta —gritó.

Nadie había notado al esclavo. Le pareció una señal que aquella expedición para conquistar y evangelizar comenzara con tan mala fortuna. Alessio se acercó hacia él. Le dijo que por qué se había ido y Farid respondió que no soportaba sus ronquidos. El fraile se disculpó y los dos bromeaban de buena gana. Entonces, como Farid se diese cuenta de que su compañero se había sentido triste por algo le preguntó que qué tenía y él le habló de sus hermanos en Santa Sabina. Lo entendía a pesar de que él, Farid, no tenía hacia donde volver. Comenzaron a caer nuevos golpes de lluvia. Alessio pensaba con respecto al padre Lionel, ¿qué haré si ya has muerto? Un día raro, un día de pensar a los muertos. No le importaba tanto morir como recibir al volver la noticia de que su amigo había muerto. Uno de los mástiles se desplomó y la nave comenzó a inclinarse hacia babor. El mar entraba llevándose cajas y los marineros usaban todos sus esfuerzos para amarrar las cajas y que no cayesen al mar. La tormenta crecía en intensidad, en las bodegas aullaban los perros, la cuerda que ajustaba uno de los cañones se reventó y uno de ellos salió disparado fuera de la nave causando un boquete por el que comenzó a entrar el agua. Alessio pensó que si Lionel había muerto tal vez lo estaría viendo. Vendría por él para morir. Le sorprendió darse cuenta de que tampoco Farid parecía preocupado por la tormenta. Una cosa era sentirse mareado y otra el miedo. Los marinos no tenían tiempo de sentirse asustados, Antón de Alaminos se había amarrado al timón y escuchaba los gritos que venían desde el palo mayor y que le iba dando las indicaciones para moverse lejos de donde soplaba con mayor intensidad el viento. Los marinos vinieron y les ordenaron que descendieran a las bodegas donde se encontraron también con los frailes. Bartolomé de Olmedo y Juan Díaz quienes confesaban rápidamente a todos los marinos que ya se disponían a morir. Alessio no quiso confesarse, pro empezó a rezar. Los trastos en la cocina estaban desquiciados, la nave se había cargado hacia el lado derecho y toda la nave parecía haberse vuelto una con el mar. 

Alaminos guiaba el barco con la ayuda de dos hombres. Los gritos habían comenzado a volverse completamente irreconocibles. Eran aullidos de muerte que se mezclaban con los de los perros y entonces sintieron un golpe, la nave se dobló. Habían encallado.

Tratando de mantener el orden, los marinos y los soldados abandonaron el barco. Algunos de ellos, que querían especialmente a sus perros de guerra bajaron a las bodegas y los desataron. Se refugiaron en la selva ahí estaba el mar y en poco tiempo comenzó a amanecer. Era sorprendente que el mar después de aquella tormenta recobrase de pronto semejante belleza. Era azul y parecía incapaz de producir ningún mal. Antón de Alaminos, el jefe de la expedición ordenó a los marinos que se aproximaran al barco y comenzaran a extraer todos los barcos. Lo primero que había que hacer era poner en pie la nave una operación que les llevó toda la mañana.

Llegadas las doce, el cocinero Alfonso de Ávila les ofreció una de las gallinas que había muerto ahogada. A todos les supo bien y Bartolomé de Olmedo dijo una misa en el Nuevo Mundo. Los ruidos venían de la selva y dos hombres de Tabascoob los estaban observando.

Cuando Alessio bajó a tierra firme, comenzó a sentir una suerte de tela de araña muy fina que se le enredóen la garganta. Esta Tierra firme le pareció prueba de que la realidad existe. De que existe Dios y eso que en las reuniones de Isaac habían llamado El Nuevo Mundo.  Durante la tempestad no había podido dormir. Ahora, en espera de algún ataque seguían viviendo en el barco y seguían la misma rutina y cuando comenzaba la segunda guardia de la tarde, o la primera de la noche, el contramaestre apagaba el fogón. Gritó el grumete: Bendita la hora en que Dios nació, San Juan que le bautizó, la guardia es tomada – la ampolla muele, buenaventura tendremos si Dios así quiere.

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