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Farid recuerda todo de un golpe. Memorias arborescentes que
aquí desaparecen porque vuelves a cantar. Canta Farid en el
coro de la primera catedral. En la nota más grave de sus
cuerdas siempre de niño tiene de pronto una convicción.
Quiere ser puro. Le parece de pronto que la castración ha
sido una señal del Único que lo quiere ver así siempre,
siempre niño Dios aquí en México, ofrenda que se entrega en
la mezquita de Damasco.
Farid todo lo sobrevive. Sobrevivió la castración, el barco y
el trayecto de Veracruz a Tenochtitlan. Sobrevivió los baños
de Estévez y cuando el viejo se hartó de sus propias culpas,
Farid sobrevivió también la orden del cabildo: Que su
excelencia no lo quiere más, que el mulato es hipócrita, que
es bárbaro, y blasfemo que hay que devolverlo. ¿A dónde?
—No lo quiero más —dijo Estévez. Así quedó escrito: No lo
quiero más, en letra chueca del escribano ¿y a dónde vamos a
devolverlo? No lo quiero más, dijo Estévez.
La catedral le ordenó dormir en un cuartito en el edificio
que da hacia la columna. Farid es libre. Nunca ha tenido un
cuarto para sí mismo.
§
Por las noches le gusta vagar en la
ciudad Así conoció a Manuel.
Manuel. Con él la voz se le vuelve ligera, es una guitarra.
Pasea con él y luego vuelve a dormir. Se olvida de la cama de
Estévez. Espera que el ojo no venga y se solace en su
desnudez.
Farid duerme en la catedral. Un día escucha una voz:
—¿Sabes quién soy?
Fue la primera vez que Farid lo escuchó.
—¿Quién eres?
—El de ojos violetas que suele cambiar entre el todo y el
Uno. Nunca me traiciones, Farid que voy a enseñarte a
cicatrizar.
—¿Dónde estás?
—A veces soy Todo y a veces soy Uno. Canta. Quiero que
cantes para mí.
—No sé ninguna canción.
—¿Recuerdas al encantador de serpientes?
—Si.
—Canta como si estuvieras encantando una serpiente.
Farid abrió por primera vez los ojos y comenzó a cantar algo.
Cualquier cosa. Miraba fuera de la ventana y Tenochtitlan
parecía vaciarse y los muros se volvían los muros color
turquesa de Damasco.