F0604 · EL JURAMENTO DE ALBERTO

Otro día, fue Alexander quien vino junto a Eneas que se había sentado en el pozo. Habían hecho de este el sitio de sus secretos. Alexander se sentó junto a su hermano monje y le tocó la cara, el cuello y los labios. Le dio un beso sincero y discreto en la mejilla y cuando Eneas giró para mirarlo a los ojos le d

EL JURAMENTO DE ALBERTO 

Nos lo contó el hermano Goldmundo mientras nos enseñaba el monasterio y hablaba tanto y decía tantas cosas que nos preocupaban a mi madre y a mí que, como sin querer nos fue llevando hasta la iglesia del monasterio. Como mi mamá estaba empeñada en que me cuidaran los cristianos para que Venecia no me degollara como había hecho aquel otro Farid con los ejércitos del Rey Serpiente, le pareció buena idea que entrara y me hincara frente al crucificado. Como teníamos costumbre de hacer, antes de entrar a un templo nos descalzamos y nos lavamos los pies por más que el hermano Goldmundo nos decía que entre los cristianos estas cosas no eran necesarias. Las primeras palabras que escuché de El Profeta, porque así lo consideraba entonces, fueron estas: no es lo que entra a la boca lo que mata, sino lo que sale de ella. Yo le dije que lavarse los pies no tenía nada que ver con la boca y el repuso divertido que yo no me daba cuenta pero que sí que tenía que ver, el lodo en los pies no manchaba a Dios. Los pies limpios no alababan a Dios. Era la disposición interior la que escuchaba el padre. Abba. Fue la primera vez que recé al Dios de los cristianos y como en aquel entonces no había asistido a ninguno de sus prodigios creí que no me había escuchado cuando pedí: Altísimo Jesucristo, no creo en ti, pero te doy mi vida si me regresas a la Bahía de Héctor con mis hermanos y todas esas mujeres a quienes amé casi tanto como a mi madre. Como sabes, Alexander, no sucedió nada.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →