F0649 · 1528.04 — 1528, febrero, 12 Casa de los Estrada, Ciudad de México, 11:00 p.m. El rey Xicoténcatl lo había

1528, febrero, 12 Casa de los Estrada, Ciudad de México, 11:00 p.m.

El rey Xicoténcatl lo había mirado con una intensidad que lo atravesaba, como si su mirada pudiera contener la clave de estrategias aún no concebidas. Sus ojos, duros como obsidiana, estaban cargados de un misterio que lo hacía imponente, casi imposible de comprender. Cada uno de sus movimientos parecía premeditado, ritual, como si la humanidad misma de Xicoténcatl se doblara ante el peso de un destino mayor. Y cuando su canto se deshizo en el aire, la gravedad de sus palabras rompió el silencio.

—Esta música convertirá a mis soldados —dijo el rey, su voz grave resonando en la noche como un eco eterno que parecía salir de la tierra misma—. Con un soldado como tú al frente de mis ejércitos, no habrá nada que impida la conquista de todo el Anáhuac.

Las palabras flotaron en el aire, suspendidas, como si fuesen una profecía que nunca se cumpliría. Él se quedó allí, petrificado, entre la desconcertante belleza del momento y la pregunta que se encendía en su mente. ¿La música? ¿De qué sirve? Esa cuestión lo había atormentado desde que, aún bajo la tutela del maestro franciscano, había escuchado que el canto era redentor, un puente hacia la gracia divina. Pero en su corazón se alzaba una duda feroz, tan abrasadora como las tierras calientes de Tlaxcala, una duda que lo perseguía como la sombra de una guerra sin fin.

Farid. La figura fantasmagórica que lo había marcado. No podía escapar de él. Farid, con su presencia ambigua, con su destino impuesto sobre su cuello, esa jaula invisible de la que no podía liberarse. ¿De qué soy esclavo? Pensó mientras las sombras se alargaban y se retorcían por los campos de batalla donde los ejércitos de Xicoténcatl se preparaban para el asalto final sobre Tenochtitlan. ¿Era esclavo de su voz, la que nunca cambiaría, la que se ofrecía una y otra vez a alguien que nunca entendería? ¿O acaso la esclavitud era algo más oscuro, algo que no podía nombrar, algo profundo y violento que corría en sus venas como la pólvora?

Las noches eran largas, interminables. Mientras el mundo dormía, él se quedaba escribiendo en silencio, canciones que nunca serían escuchadas, melodías que nacían solo para desaparecer. Para Farid. Para la imagen de Farid que nunca escucharía su voz. Pero en esas canciones, en esas palabras que eran solo suyas, encontraba una libertad que le era negada en todo lo demás. Un refugio en medio de un caos que lo devoraba. ¿Cómo podría alguien ser libre, si lo que canta no puede liberarlo?

Una noche, mientras sus dedos temblaban sobre el papel, Roberto lo observó desde las sombras. La voz del soldado quebró el silencio como una daga.

—Sé que hay un amor que te atormenta —dijo, sus palabras arrastrando el aire con una pesadez palpable.

Lo miró, paralizado, sin saber cómo responder. ¿Cómo podía hablar de algo tan profundo, tan hiriente?

—No debería preocuparte —continuó Roberto, su risa cargada de una suavidad cruel—. La necesidad de amar y ser amado es lo que hace que de tu boca salga esa voz.

Las palabras del soldado lo dejaron sin aliento. Eran ciertas. El amor, ese amor que no podía comprender, lo estaba consumiendo. Pero al mismo tiempo, lo mantenía vivo. En su voz había un fuego que no podía extinguirse, aunque lo quemara.

Con el paso del tiempo, fue tomado bajo la tutela del capellán del conquistador. Lo prepararon para cantar las vísperas en latín. Cada domingo, su voz resonaba entre las paredes de piedra, subiendo hacia las bóvedas de las iglesias que los frailes levantaban con fervor casi obsesivo, como si la fe pudiera templar la carne y el alma. Durante una de esas tardes, Marina, la amante del conquistador, reparó en él. Rodeada de esclavas, reclinada sobre alfombras tejidas, parecía sumida en un mundo que nadie más podía alcanzar.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó sin mirarlo, como si su respuesta fuera solo un eco sin importancia.

—Trece —respondió, como si esa cifra pudiera protegerlo del mundo.

Marina asintió distraída, pero luego ordenó con voz firme:

—Toca algo para mí.

Con las manos temblorosas, arrancó de su memoria una canción que había aprendido entre los soldados y los frailes. Su voz se alzó, frágil pero poderosa, llenando el espacio con una sinceridad que ni él mismo entendía. Cuando terminó, Marina, sin apartar la mirada de un punto lejano, habló en un tono que parecía distante, casi lejano:

—Ven el domingo. Canta las vísperas para mí.

En ese momento, se quedó paralizado. No sabía si aquello era un triunfo o una condena. Se sintió pequeño, esclavo de algo intangible, pero también grande, porque su voz había logrado romper el muro de indiferencia que Marina había construido a su alrededor.

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