Para Jorge estas reuniones tenían poco de científicas. En ellas, podía adivinarlo, se reunían para contradecir a la Biblia que en cuestiones geográficas no tenía mucha razón. ¿O habrían encontrado el lugar del Paraíso? También a San Alessio habían llegado los chismes de las misiones mercantiles de Cristóbal Colón que en poco tiempo se tornaron en misiones religiosas. Alguna vez en el Janícolo habitó el hijo de un noble de origen francés, Bartolomé de las Casas.
, viniese de los libertinos platónicos o de los seguidores de Savonarola que se ocultaban también en el monasterio pendientes de imaginar pecados en cualquier parte. No sabía cuál de los dos extremos le daba más miedo, sobre todo porque hacía unos años,
EN ESTA CARTA SÓLO PIDE QUE VAYA A CANTAR A SU BODA… HAY OTRA EN QUE JORGE ORDENA QUE VAYA A VIVIR A SU CASA Y ES MÁS ADELANTE
Desde el principio llevan consigo a La Virgen de la Tribulación y Luis ya no permite que se la lleven.
Tal vez se corta lo del robo de la Virgen. En realidad Lionel se la lleva y sí, mata, pero para protegerla como la voz. Aquí se revela que Lionel es el monje que asesinó a sus amigos.
Paseaba por un trigal en el que encontró a Farid semidesnudo, sangrante, iluminado por el color naranja del sol. A lo lejos escuchó un bramido. Era un toro que lanzaba cornadas por las calles pedregosas de la ciudad. Enternecido, Jorge se aproximó a Farid quien zurcía muy triste un sayo que se había deshilado: su sayo. Farid se sentía tan triste que tuvo miedo. Más cuando Farid levantaba la cara y le decía:
—No existe Dios, Jorge. No existe Dios.
El monje despertó sudoroso. Aquella certeza, que Dios no existe, lo golpeaba con la misma fuerza con que lo había golpeado la consciencia de que ella, sin él era feliz. No sólo no había Dios. No había absolutamente nada en que existiese por fin y de una sola vez un para siempre. Se sintió solo. Se levantó y caminó hasta el scriptorium, talló la yesca y encendió una vela. Miró la sábana blanca sobre su cama. Así enredada parecía una serpiente, una suerte de cuerda que lo estaba invitando a colgarse. Se sentó junto a ella. Sólo. Sin sabiduría, ni Dios ni ella. A dónde se había ido la sensación de placer que había sentido un poco antes. Estarás en el mismo lugar oscuro en que se encontró su padre. Cerró los ojos y se miró a si mismo, colgado en las vigas. Creerían todos que se había arrepentido de los amores adúlteros, que por eso se había suicidado. Que crean lo que quieran, se dijo y por alguna razón comenzó a llorar porque supo que estaba enamorado, realmente enamorado de ella, de María de Solier. Entonces, de un golpe, sin que nadie hubiese podido preverlo, entraron dos hombres del marqués. Se aproximaron a él y le colocaron una capucha en la que se encontró de pronto como flotando en esta situación en la que sabía que se había metido. Comenzaron a golpearlo. Luis Méndez pidió a sus hombres que lo golpearan con violencia pero sin ruido y él extrañamente se sintió feliz. Ellos lo matarían. Cerró los ojos. Volvió a ver a Farid. Estaba ahora en el jardín de la Virgen de las Tribulaciones.
—No existe Dios —volvió a decir—. No tiene ninguna importancia que vayan a matarte.
Soñó con Jorge. Llevaba un cáliz para ofrecer el sacrificio y era tan grande la copa que uno de los pajes que había visto lo ayudaban a llevarla en un plato con cirios y el capillo. Galaad se aproximaba al altar que estaba vacío se abría un sendero que tenía poca luz. Caminaba sin saber cómo y le iban sangrando los pies.
Estaba ahora en un campo en que el viento agitaba las hierbas. Estaba seco. Era una tarde gris. Tuvo un deseo. Se sonrojó. Caminó por el campo y encontró a Jorge ahí, tendido y desnudo. Era más niño de lo que lo recordaba. Se había tendido sobre el sayo y Galaad pensó que había muerto.
Se acercó para ayudarlo pero sintió tanto miedo que se lanzó a correr por el campo, por la ciudad de Toledo que estaba llena de árabes rezando a un dios lejano y peligroso. Iba dejando a su paso rastros de sangre. Subió por un camino empedrado y la gente lo miraba como si fuese un leproso o un lunático. Trataba de hablar pero de su boca salían gritos paganos. Llegó hasta una plaza a la que se entraba a través de un arco azul.