En el hammam, Farid comenzó a relatar su experiencia con una mezcla de nostalgia y seducción, dejando que las palabras fluyeran como el vapor que envolvía a ambos. Miró a Alberto con intensidad mientras describía aquel día que marcó su destino. Al día siguiente, en un hammam muy similar a este en el que ahora hablaba con Alberto, se había entregado a la sensualidad de los masajes, del té y de la música que llenaban el ambiente. Todo había comenzado con el hombre que lo condujo hasta allí.
Farid recordó cómo aquel desconocido caminó a su lado por las calles bulliciosas, tomándolo de la mano como si fuera un protector. Fue durante ese paseo que sus ojos se cruzaron con un Encantador de Serpientes. El hombre, con movimientos hipnóticos, bailaba con un reptil que se deslizaba alrededor de él como si fuera una extensión de su cuerpo. Farid lo contempló absorto, casi inmóvil, porque en aquel Encantador creyó reconocer al héroe de su pueblo, al Rey Serpiente, el guerrero legendario que desafiaba al reptil asesino.
El muchacho estaba desnudo, no solo de ropa, sino también de muerte. En ese instante, Farid se sintió como un pequeño dios, alguien que había vestido el doloroso traje del tiempo, cargando un destino del que todavía no era consciente. Cuando llegaron finalmente al hammam, los aromas de aceites y el calor lo envolvieron, alejándolo de los recuerdos de su madre y de lo que había sucedido con ella.
Poco a poco, mientras las manos expertas de los masajistas recorrían su cuerpo y el agua tibia limpiaba sus miedos, Farid se dio cuenta de la verdad: había sido vendido. El genovés que lo había intentado comprar en el campamento de su padre lo había encontrado, y ahora estaba allí, delante de él, observándolo con la misma intensidad con la que una serpiente mira a su presa. Cuando el hombre se despojó de su ropa para bañarse junto a él, Farid comprendió que el destino lo había llevado hasta ese lugar para enfrentarse a algo que no podía prever, algo que lo transformaría para siempre.