Alonso se fue junto a su madre. Farid se quedó ahí y tenía en la mano la hojita llena de
chile cortado muy menudo y chapulines. Le dio hambre. No había cenado. Lo olió con cara de asco. Sacó la lengua y chupó la puntita. Picaba el chile y picaban las patas del insecto. Que asco, pensó. Engulló completo el chapulín. Sabía bien.
Sabe bien. A lo lejos, miró pasar en un caballo al señor de las Salinas junto a Mariana, su hija. Los dos se miraron. ¿Es esto el amor? Se preguntó. Esto es el rapto.
—Mira nada más lo que trajo el diablo—dijo Pedro de Gante. —No hablo latín, su excelencia. —Lo hablas mejor que todos los españoles Farid.
Sin preguntar, Pedro tomó uno de los chapulines de la hoja de plátano. Lo saboreó.
—¿Qué es esto tan rico?
—Tampoco hablo náhuatl, su excelencia. —Que vengas conmigo.
Farid se levantó y caminó detrás de Pedro de Gante.