Pasé mucho tiempo mirando el mar y el puerto, excelencia.
Detrás de la ventana miraba cómo el azul claro se iba
poniendo oscuro muy lento. Cómo los estibadores cargaban la
nao que llamaba El Faraón.
Farid escucha pasos detrás de la puerta. Cruje el piso de
madera. El niño se mueve frente a la ventana que mira hacia
el puerto. El piso cruje en respuesta.
Los estibadores cargan la nao con agua y víveres: camarón
seco, tocino, vino, carbón, aceite de oliva. Esclavos. Están
comenzando a subir. Los pasos suben una escalera. Farid está
en una celda de espacios amplios y de madera. Hay una cama
europea hecha de hierros, forrada con pieles y junto, un
espejo. Frente a la cama hay también un escritorio con cueros
y tinta. Debajo de la ventana hay un mortero que humea. Farid
mira también que hay una cuerda de cuero muy fino y muy
resistente que le mantiene atado el tobillo a los hierros de
la cama.
Farid está mareado. Huele a un humo sabroso.
El crujido se detiene. Llaves. La puerta se abre y entra a la
habitación, un viejo otomano. Es muy blanco y tiene la barba
blanca de viejo sabio cínico. Carga una charola. Cierra la
puerta con el pié derecho. Hace lugar en el escritorio y
coloca ahí, delicadamente, una jarra azul con agua y un
vasito de barro; un plato que humea y una cuchara de madera.
Huele bien.
——Traje de comer.
El hombre se sienta en la cama. Farid se sienta junto a
él. Al sentarse le duelen las ingles y los testículos.
——Tienes suerte ——sonrió el viejo, amable.
Farid juega con la cadena de cuero. Un poco de baba le
sale del labio apenas abierto.
——No vas a poder arrancarla.
El hombre aproxima la sopa.
——Ten.
Farid rechaza y mira el espejo. Cierra la boca. El viejo lo
abraza afectuoso. Sus piernas se rozan.
——Está buena. Toma un poco de sopa.
Farid no escucha ni entiende. Esta muy mareado. Los ojos se
pierden en el espejo. El viejo, aburrido, comienza a tragarse
su sopa.
——Muy buena, en verdad.
Farid se echa para atrás y queda tendido sobre la cama. Mira
el techo. Saborea el compás de un sueño: un niño baila con la
serpiente. Algo lo llama. Despierta. El viejo vierte tres
gotas de sopa en sus labios cereza.
Farid sonríe. Detrás del viejo otomano hay una puerta y
detrás, una escalera de caracol. Una tronera enmarca la
ciudad. Allá debe estar, el encantador de serpientes.
——¡Djari! ——sonrió el viejo provocativo.
Djari. Farid sonrió. La palabra sabe a madre y nostalgia seca. El otomano se levanta. Lanza en el mortero un puñado de hierbas que truenan ardiendo. La habitación vuelve a llenarse del olor que reconforta. No hay dolor, ni miedo.
——Mira el humo. Hace bien. Aunque Farid sabe que hay algo que tiene que recordar, no importa. No sabe quién es ni como se llama.
——Cicatrizas muy rápido ——dijo el hombre——. El dolor se olvida muy pronto. Qué sensualidad. Sube el humo, vuelve a los ojos el sueño. Farid corre por el desierto. Truenan las hierbas. Farid es humo, más allá de las nubes. El viejo le acaricia la cara.
——Mejor así.