Aún cuando era niño, antes, mucho antes de que Farid se convirtiera en el trovador de La Virgen de Las Tribulaciones, una palabra se encadenaba a otra en forma tan incierta como el sabor de un pastelito. Para él, un sabor daba lugar a otro, al igual que una palabra daba lugar a otra. Almendra, hojaldre, sal, mar, miel, muerte, polvo, perro, piedra, mar, esclavitud. La memoria de Farid era ya el responsorio de un viajante, aunque él no tenía ni idea de lo que era un responsorio, pero ya saboreaba los ingredientes de todo aquello que no era él: la palabra. Por ejemplo, pensar en luciérnaga lo llevaba a recordar las luces del campamento y a esa niñez borrosa en la que su madre le dijo un día que tendrían que huir para establecerse en Chipre. En el campamento, medían la semana en nueve días. En el sexto día, la madre de Farid y las otras mujeres del jeque, junto con sus hijos, incluyendo a sus hermanos, iban al soco, donde la madre de Farid escuchó como un chisme la historia de que la reina se había exiliado en Venecia. Farid no sabía lo que significaba la palabra exilio. Estaba lejos de imaginar que el fin de la dinastía Cornaro significaba la ruina de su padre y que nunca volvería a ver a su hermano, a quien habían vendido y del que Farid envidiaba tanto sus medias blancas y sus zapatos de charol. Todo esto ocurría cuando Farid tenía seis años.
Ahora, en esta casa, a Farid le interesa saber quiénes son las personas que lo rodean: primero, saber exactamente quién es él y quién es ese hombre viejo al que todos admiran. Ese hombre vive encerrado en un cuerpo que no puede morir. Además, su cuerpo está encorvado y a veces huele mal. Antes de la cita en la iglesia de los templarios (que hoy en día se ha convertido en una discoteca en la que se vende comida turca muy mediocre), Farid decide darse un paseo por el mar. Para él, solo en el mar hay sabiduría. En cuanto termine de escribir este capítulo, se dirigirá al puerto. Tiene la necesidad de escribirlo para que no se digan más mentiras ni sobre él ni sobre lo que vivió cuando pasó sus reales por Tenochtitlan. A Farid no le gustan las mentiras, y considera que ningún cristiano debería gustarle, especialmente a uno que revivió, y sigue vivo, a causa de Él.