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1508 Nicolás de Ovando y Farid
Al otro lado del mar, la ciudad de la Española se estaba reconstruyendo en aquellos días y al mando de Nicolás de Ovando se estableció un pueblo en el que vinieron a vivir diversos pobladores entre los que estaba uno que se volvería famoso porque se llamaba Hernán Cortés. En aquel año de 1508, Juana había dado a luz a su quinto hijo e Isaac fue informado que gracias al dinero de sus patrocinadores venecianos pronto podría ir a esta nueva colonia. Isaac no podía saberlo, pero desde que Cristóbal Guerrera se estableció en Cartagena en 1504 el conquistador de La Cosa había comenzado a buscar hacia el sureste, hacia el golfo de Darién donde buscaba perlas y tesoros, un pasaje que lo llevara más allá hacia el fin de la redondez del mundo. No sabía que en aquella colonia había comunicación con casi todos los pueblos del Caribe, que había ya dos que vivían en la costa de lo que hoy es Yucatán, Aguilar y Guerrero. Aquí, en esta ciudad habían comenzado las masacres que realizó Cristóbal Colón que habían comenzado a suceder las graves masacres que realizó Colón y que habían molestado tanto a fray Bartolomé de las Casas. No podía saber que en este lugar hacia el que estaba a punto de embarcarse había comenzado una guerra feroz y que ninguno de ellos hubiera imaginado de ninguna forma que estos hombres violentos y mal encarados fuesen dioses. Nadie lo pensaba ni en La Española ni en Yucatán donde Aguilar había sido hecho prisionero mientras que Guerrero había accedido a volverse un ciudadano ejemplar del Mayapán lleno de fantasías de caballeros que han cruzado el mundo para recuperar una suerte de inocencia originaria la inocencia que había comenzado durante la reconquista y que él, Aguilar había llevado a estas ciudades una canción, la canción de la folía, la canción de la locura. La locura caballeresca que pronto se transformaría en nostalgia no había una guitarra, pero había conseguido con una flauta que uno de los muchachos de aquel pueblo siguiera la melodía, el bajo continuo, la locura de Rodrigo Martínez que se había transformado en melancolía.
Era la locura de saber que vamos a morir, de muerte natural o en la piedra de sacrificios, tal como le había dicho Tlalli a su hijo Atonatiuh. La muerte por enfermedad que había comenzado en 1504 cuando la fiebre amarilla atacó a los españoles. Isaac no podía saberlo y conforme comenzaba a prepararse para el viaje al Nuevo Mundo y conforme comenzaba a hacerse a la idea de lo que encontraría, leyendo los relatos secretos de los hombres de Venecia que se hacían informar por toda clase de marinos que estaban al otro lado del mar, en todo ello era difícil decirlo, pero en aquella enfermedad, en la guerra desatada por los Colón, en todo ello estaba actuando La Providencia. Isaac se estaba transformando realmente; esta era la transmutación, en una y otra parte del mundo. Los castellanos no volverían nunca a ser los mismos. Tampoco los hombres que se habían revelado contra las colonias de Nicolás de Ovando y que atacaban las encomiendas en las que era imposible seguir las indicaciones de La Corona. Cortés aprendía. Y aprendía a tratar a estos hombres y mujeres a los que llamaban indígenas, había aprendido que en la guerra siempre perdería. Y pensaba en la manera de seguir escapando de algo que nunca supo con claridad qué era. Algo que lo estaba llevando tan lejos que, casi sin querer lo haría dueño de este Nuevo Mundo hacia el que estaba a punto de viajar Isaac.
A causa de la fiebre amarilla sólo cincuenta españoles sobrevivieron en Jamaica. Cien mil personas habían muerto en los territorios que dirigía Nicolás de Ovando. Muchos de ellos apestados, habían muerto sin honor ni rezos sobre su tumba. Nadie pensaba que fueran dioses.
Y Farid, tampoco Farid era inmortal.
—Dime —le preguntaba Alberto en un jardín—, ¿quién te dió la inmortalidad? ¿Acaso fue Isaac?