Fecha: Año 1500, víspera de las Juntas de Toro y Burgos Capítulo VI – El Mar donde Muere el Sol Sección 3: La Providencia y el Nuevo Mundo
Isaac hablaba con la facilidad de quien ha cruzado los laberintos del poder y ha sobrevivido para contar sus secretos. Sus palabras llenaban el aire de la habitación como si fueran un conjuro, y Alberto, sentado al otro lado de la mesa, lo escuchaba con atención pero con una inquietud creciente. Las velas parpadeaban, proyectando sombras largas sobre los muros de la Casa de Dante.
—Francisco de Bobadilla ha zarpado hacia el oeste —dijo Isaac, con una sonrisa que insinuaba tanto ironía como satisfacción—. Lleva consigo la acusación formal contra el explorador. En Santo Domingo, lo encontró guerreando. La reina Isabel debió saberlo: los hermanos Colón no son más que ambiciosos incapaces de obedecer.
Isaac soltó una carcajada, como si las desgracias de Cristóbal y Bartolomé fueran un espectáculo que había esperado toda su vida.
—¿Y qué pasó? —preguntó Alberto, aún desconcertado.
—Bobadilla los cargó de cadenas y los devolvió a Castilla como delincuentes comunes. Y ahora, mientras el juicio tiene lugar en Sevilla, tú y yo debemos pensar en el futuro, porque el pasado, querido amigo, ya está podrido.
Antonio entró con una bandeja de vino y comenzó a servir. Alberto tomó una copa, agradecido por el calor del licor que al menos aliviaba la tensión que sentía en el pecho. Isaac continuó:
—No es el oro lo que nos interesa. Bartolomé y yo hemos encontrado algo mucho más valioso: perlas. Al sur de La Española corre un río, un río lleno de promesas. Pero primero debemos enfrentarnos a las Juntas de Toro y Burgos. Allí, los cartógrafos del mundo discutirán lo que Bartolomé y yo ya sabemos: La Española no es parte de las islas orientales de Cipango y Catay. Es un Nuevo Mundo.
Alberto lo escuchaba con atención, pero algo en las palabras de Isaac lo perturbaba. Finalmente, no pudo contenerse más y preguntó:
—¿Qué tengo que ver yo en todo esto?
Isaac se recostó en su silla, lo miró con una mezcla de paciencia y desdén, y respondió:
—Porque sabes de música. Farid y yo necesitamos de música, Alberto. Es nuestra única necesidad.
Farid, que hasta ese momento había permanecido en silencio, comenzó a tocar el oud. La melodía llenó el espacio, una canción que hablaba de tierras lejanas, de promesas y traiciones. Alberto cerró los ojos. En el silencio que siguió al canto, sintió algo que no había sentido en años: una llamada.
La Providencia hablaba, no a través de las palabras de Isaac, sino del vacío que quedaba después de la música de Farid. Era un vacío que prometía ser llenado con algo más grande que todo lo que había conocido.
Isaac interrumpió sus pensamientos:
—Piensa en esto, Alberto. Tú, Farid, yo… somos hombres que ya no tenemos nada que perder en este mundo. ¿Por qué no buscar uno nuevo?
La propuesta quedó flotando en el aire, como el eco de una nota final. Alberto no respondió. No podía. Pero en su corazón, algo se había movido, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el camino que tenía frente a él podría ser el inicio de algo que no terminara en vacío.