Vendieron a Farid a Jorge Estévez, y el hombre atrajo sobre él la gehena. Su cuerpo fue una maldición domingo tras domingo. Terminaba la misa y él, con cualquier pretexto, lo llamaba a su lecho. Lo tocaba y después se sentía culpable. Lo maldijo. Lo odió. Los fieles llevaban al padre Estévez chocolates.
En la catedral lo bautizaron. Farid se llamó Farid. Recién parido, se secó los pelos chinos que le caían recién cortados, también un poco arriba de las orejas.
Fue un solo golpe. Un día estaba en Chipre y al siguiente ya era el más grande cantante en la Nueva España. Estévez entra en su cama y Farid desgrana recuerdos: el viaje desde la Villa Rica de la Vera Cruz hasta el corazón mismo del imperio del águila que cae.
—Hemos llegado a Culhuacán —recuerda. Y luego: el ombligo del mundo, la ciudad de templos que quiere devorar la laguna. Pirámides teñidas de azul y sangre, un tufo de +onde a su nombre. Estévez entra en su cama y, luego de besos y caricias, un espasmo. El olor a viejo lo hace vomitar. A veces le abre el cuerpo y vuelve el dolor de las dagas en los testículos. Lo penetra las noches de domingo. Lo bendice y dice, a viva voz, que lo perdona, que dejarse tocar por esas manos llenas de lunares es, en él, un acto de compasión. Tal vez. Si hubiera podido compadecerlo, pero Estévez le dio asco desde el primer día que olió su aliento a carne de cerdo. Estévez le daba asco. Él y todo lo que lo rodea, cuando lo penetraba como si fuera la daga que antes le quitó la virilidad.
Todo termina en un espasmo inútil y viene el asco cuando Estévez lo abraza y le pregunta, como si fuera una mujer que abraza al amante con el que acaba de tenderse en el campo:
—¿Me quieres?
No hay nada que decir. Farid se calla y se da la vuelta. No hay nada que pueda decir.
—¿Quién te quiere más?