F0018 · 03.07A — EL AGUA DEL OLVIDO

03.07A — EL AGUA DEL OLVIDO

ca. 1495 · Mediterráneo oriental, lugar indeterminado — Farid, 12 años físicos · Hákim, ca. 510 años (aparenta unos treinta)

El fuego me persigue hasta una cueva y allí recuerdo una vida que no sé si fue mía.

Recojo la ropa del suelo y me visto como puedo. Las manos me tiemblan, los dedos se enredan en la tela y detrás de mí el fuego ya ha dejado de ser una cosa que arde para convertirse en un ruido, un animal que respira y avanza. No sé qué se está quemando; una casa, un pueblo, un bosque, quizá todo al mismo tiempo. Corro. El aire me lastima la garganta y durante algunos pasos siento que las llamas me alcanzan la espalda. Frente a mí sólo existe la montaña. No pienso que vaya a salvarme, pero es lo único que no está ardiendo.

Encuentro la entrada de una cueva y me meto en ella sin mirar atrás. El cambio de temperatura me hace detenerme. Afuera el fuego ruge; dentro hay un frío húmedo que parece tener peso. Apoyo una mano en la pared y avanzo hasta que la luz naranja de la entrada queda lejos. Entonces aparece el hambre. No sé cuánto tiempo llevo sin comer. Me siento contra la piedra y recojo las piernas contra el pecho.

Escucho dientes.

Al principio creo que son los míos.

Aprieto la mandíbula.

El sonido continúa.

Viene de algún lugar más profundo de la cueva: un rechinar lento, después rápido, después otra vez lento. Parece estar a mi derecha, luego detrás, luego debajo de mí. Pienso en animales. Pienso en hombres. Pienso en las historias cristianas sobre lugares donde los muertos lloran y rechinan los dientes.

No siento miedo.

O sí, pero el miedo deja de ser lo más importante.

Algo empieza a abrirse.

Cierro los ojos y recuerdo.

No Damasco.

No a mi madre.

No a Hákim.

Recuerdo un camino mucho más antiguo.

Estoy descalzo y llevo una carga sobre los hombros. El polvo me cubre las piernas. Un hombre romano camina delante de mí. Sé quién es antes de verle la cara.

El Centurión.

No mi Centurión.

Otro.

O el mismo.

No sé.

Y entonces comprendo algo que no debería poder comprender:

yo soy su esclavo.

La certeza llega completa. No necesito demostrarla. He sido el muchacho del Centurión. He estado enfermo —o moribundo, o ambas cosas— y un hombre llamado Jesús ha hablado de mí.

Lo veo.

No como veo a Hákim.

A Jesús no consigo mirarlo entero. Recuerdo primero la voz. Después unas manos. Después el silencio que queda cuando termina de hablar.

El Centurión dice algo.

Jesús responde.

No recuerdo las palabras exactas. Recuerdo lo que hacen en el aire: todos dejan de moverse, incluso quienes no están escuchando.

Abro los ojos.

La cueva sigue allí.

El fuego también.

—Eso no pasó —digo.

Mi voz rebota contra la piedra.

Nadie responde.

Cierro otra vez los ojos.

El camino continúa.

Cargo cosas que no me pertenecen. Agua. Armas. Ropa. Una caja. El Centurión camina delante y yo sé que alguien nos sigue.

Un asesino.

No veo su cara.

Nunca la veo.

Corro.

Después aparece una fuente.

O un río.

Me inclino.

El agua está helada.

Sé que no debo beberla.

Bebo.

En cuanto toca mi lengua olvido.

Eso es lo que hace.

No mata.

No cura.

Borra.

El nombre del Centurión desaparece primero. Después el camino. Después Jesús. Después quién soy.

Me queda solamente el sabor.

Frío.

Amargo.

Ahora, sentado dentro de la montaña, todavía lo tengo en la boca.

Paso la lengua por los dientes.

—Yo bebí esa agua.

La frase me parece ridícula.

También verdadera.

Afuera cae algo con un estruendo y durante un instante la entrada de la cueva se vuelve completamente roja. Me pongo de pie.

No he recuperado una vida.

Eso sería demasiado sencillo.

He encontrado una memoria.

No sé de quién.

Camino hacia la salida.

El fuego continúa allí, esperando.

Ya no pienso que me persiga.

Quizá nunca me persiguió.

Quizá sólo estaba quemando.

Me quedo en la entrada de la cueva y miro las llamas avanzar entre los árboles. Quiero decir que ahora sé quién soy, pero sería mentira.

Sé algo peor.

He sido alguien antes de Farid.

O recuerdo haberlo sido.

Y por ahora no encuentro ninguna diferencia.

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