F0693 · Lo escribiría así:

Sí. Aquí hay que hacer dos cosas: conservar las anécdotas porque son muy buenas, pero evitar que el texto se vuelva una explicación histórica demasiado segura; y, sobre todo, corregir el último tramo, porque La Virgen de los Peregrinos no debe convertirse simplemente en “un movimiento artístico disidente”. Eso la empequeñece. Puede empezar pareciendo exactamente eso —un proyecto de artistas, un archivo, una página— y después convertirse en otra cosa que ni siquiera Julián entiende del todo.

Lo escribiría así:

Los problemas de Julián comenzaron cuando dejó el arte abstracto.

Antes de eso se lo había pasado bastante bien.

En la Lenin había descubierto pronto una cosa importante: Chávez no mandaba.

Ésa era quizá la primera lección política de la escuela, aunque no figuraba en ningún programa.

La preocupación de Chávez, por supuesto, no era que los hijos de la Revolución se enfermaran por meterse al agua sin permiso. Le preocupaba algo mucho más elemental: que nadie obedeciera sus órdenes. En una escuela llena de adolescentes convencidos de que estaban destinados a dirigir el país, aquello tenía cierta lógica.

Una vez varios muchachos se metieron en la cocina y se robaron el jamón.

Chávez esperó a que llegara Fidel.

—Comandante, estos muchachos entraron en la cocina y se llevaron todo el jamón.

Julián recordaba a Fidel mirando a los culpables.

—¿Ah, sí?

Los muchachos dejaron de reír.

—A ver. Enséñenme cómo lo hicieron.

Ahí sí les entró miedo.

Lo llevaron a la cocina. Le mostraron por dónde habían entrado, qué habían movido, cómo habían abierto el refrigerador. Fidel observó la operación con verdadero interés.

Después se volvió hacia Chávez.

—¡Mira, Chávez! Son mucho más inteligentes que tú.

Los muchachos estallaron.

Chávez no.

Años después, Julián no estaba completamente seguro de que las palabras hubieran sido exactamente ésas. Los recuerdos de Fidel tenían esa peculiaridad: con el tiempo adquirían estructura de chiste. Pero recordaba perfectamente la humillación del director y la felicidad de los estudiantes.

Lo que tardó más en entender fue que aquello no significaba ausencia de disciplina.

Todo lo contrario.

Fidel tenía su propia disciplina.

Había comités.

Los alumnos con mejores expedientes, los responsables, los políticamente confiables, adquirían una autoridad que en determinados momentos pesaba mucho más que la del propio Chávez. Informaban. Evaluaban. Sabían quién faltaba, quién se metía en problemas, quién decía cosas que no debía decir.

Julián nunca perteneció a uno de esos comités.

Tenía amigos que sí.

Eso resultaba mucho más cómodo.

Podía burlarse de Chávez sin tener que redactar ningún informe.

Chávez además facilitaba bastante la burla. Había empezado a copiar algunos gestos de Fidel, incluso cierta manera de detenerse antes de una frase y levantar una mano. Los muchachos lo imitaban imitándolo a él mientras él imitaba a Fidel, hasta que ya no estaba claro quién se burlaba de quién.

Pero nadie se confundía respecto de lo importante.

Podías desobedecer a Chávez.

Podías hacer quedar a Chávez como un idiota.

Podías robarte un jamón y terminar convertido en ejemplo de inteligencia revolucionaria.

Lo que no convenía era que alguien del comité dijera que tenías problemas políticos.

Entonces la broma terminaba.

Una expulsión no significaba solamente cambiar de escuela. Podía cerrarte el ingreso a las juventudes, una carrera, una beca, quién sabe qué más. El futuro era una cosa bastante organizada.

Eso era lo elegante del sistema.

Los muchachos sentían que estaban aprendiendo a rebelarse.

En realidad estaban aprendiendo contra quién estaba permitido rebelarse.

El mejor amigo de Julián era Santiago Álvarez.

O, para ser exactos, el muchacho al que Julián recuerda con ese nombre y como hijo del cineasta Santiago Álvarez. Mucho de lo que ocurrió entonces le llega ahora mezclado con historias repetidas durante cuarenta años, y Julián ya no distingue siempre entre lo que vio y lo que oyó contar.

Santiago era insoportable.

También era divertidísimo.

A veces aparecía con cosas que los otros no tenían. Libros. Revistas. Alguna medicina extranjera.

Una mañana sacó una tableta.

—Mira.

—¿Qué es?

—Esto es lo que toma Fidel para no morirse.

Julián la miró.

—Eso es una aspirina.

—Exactamente.

Santiago se la tragó con el desayuno.

A Julián le pareció una explicación perfectamente razonable de la longevidad revolucionaria.

Santiago hacía cosas peores.

En una de las historias que Julián conservaba —y que quizá ya había mejorado demasiado al contarla— quemó un colchón.

Chávez volvió a recurrir al Comandante.

—Comandante, Santiago incendió un colchón.

Fidel miró al director.

—Te has vuelto muy quisquilloso, Chávez.

Los golpecitos en la cabeza.

Siempre los golpecitos.

Después llamó al muchacho.

—Santiago.

—Sí, comandante.

—¿Sabes manejar?

—No, comandante.

Fidel le lanzó unas llaves.

—No importa. Quiero ir a comer con tu padre.

Así la recordaba Julián: la escena absolutamente idiota de un adolescente con las llaves del jeep de Fidel en la mano, Chávez paralizado y el Comandante muerto de risa.

Si ocurrió exactamente de esa manera era otra cuestión.

A Julián le interesaba menos la precisión que el mecanismo.

El mundo podía cambiar de reglas en un segundo si Fidel entraba en la habitación.

Fue precisamente en casa de Santiago donde Julián vio por primera vez arte abstracto.

Le habían enseñado que aquello era arte burgués.

Decadencia.

Capitalismo.

Un pintor incapaz de mostrar al pueblo su propia realidad refugiándose en rayas, manchas y cuadrados.

Julián quedó fascinado.

Tal vez porque no entendió nada.

Una figura revolucionaria resultaba bastante sencilla: un campesino podía representar al campesinado, un soldado a la defensa de la patria, una fábrica a la industrialización.

Pero una mancha negra no obedecía.

No sabía qué quería.

No te decía de qué lado estaba.

Eso le pareció maravilloso.

En las clases de teoría aprendían que el arte debía servir para liberar al hombre. Mao aparecía mucho. El pueblo también. Siempre había que liberar a alguien.

Julián decidió que él quería liberar primero al color.

Después a la línea.

Después, si quedaba tiempo, a las masas.

Empezó a pintar abstracto.

Y lo hizo bien.

Demasiado bien quizá.

Durante años vivió de eso. Vendía. Expuso. Consiguió un estudio en El Vedado y una reputación suficientemente sólida para poder quejarse de que nadie comprendía su obra mientras cobraba por ella.

Por las tardes pintaba con las ventanas abiertas.

Desde allí veía a los jóvenes que jugaban fútbol en el parque Zapata. A veces alguno subía a mirar los cuadros. Julián les daba agua, café si había, cualquier cosa.

Después regresaba al lienzo.

Lo suyo no era realmente una teoría.

Era ansiedad.

Se quedaba durante mucho tiempo frente a una superficie hasta que algo empezaba a molestarlo físicamente. Entonces suspiraba, levantaba el brazo y lanzaba un brochazo.

A veces funcionaba.

A veces arruinaba una semana.

Ser pintor consistía en buena medida en aprender a distinguir ambas cosas después de haberlas hecho.

Cayó el muro.

Después llegó el Periodo Especial.

Y con el hambre, los apagones y aquella sensación de que el futuro que les habían prometido durante toda la adolescencia acababa de quedarse sin patrocinador, Julián empezó a acordarse demasiado de la Lenin.

Eso fue lo peligroso.

No la nostalgia.

La forma.

Había pasado media vida huyendo de las figuras y de pronto quería volver a pintar caras.

Una mano.

Un muchacho sentado.

Una mujer esperando el autobús.

Los zapatos de alguien.

Un cuerpo dormido.

Empezó casi a escondidas.

Descubrió entonces la paradoja: había pasado años haciendo manchas porque le parecían libres y ahora eran precisamente las manchas las que empezaban a parecerle una cárcel.

Quería pintar lo que veía.

Y, peor todavía, quería saber por qué lo miraba.

Fue por esos años cuando conoció al Archiduque.

Después a Farid.

Después a otros.

No formaron un movimiento.

Eso vino más tarde, cuando alguien necesitó escribir una nota de prensa y decidió que todo grupo de personas que bebe junto y discute de arte tiene que ser un movimiento.

Al principio eran simplemente amigos.

Pintores.

Fotógrafos.

Un restaurador.

Un escritor.

Gente que aparecía por el estudio y se quedaba hasta tarde.

Llevaban imágenes.

Discutían.

Uno encontraba una reproducción de Caravaggio; otro, una fotografía vieja; otro había comprado en un mercado un montón de postales religiosas. Farid apareció una tarde con una imagen de una Virgen que nadie pudo identificar con seguridad.

—¿Cuál es?

—La de los Peregrinos.

—¿Existe?

Farid se encogió de hombros.

—Ahora sí.

Eso hizo reír a todos.

El nombre quedó.

La Virgen de los Peregrinos.

Durante un tiempo no fue más que eso: el nombre de una colección informal de imágenes y textos que circulaban entre ellos.

Después alguien hizo una página.

Muy sencilla.

Arte.

Fotografías.

Pintura.

Fragmentos de libros.

Un archivo para gente que disfrutaba mirando.

Julián subió algunos cuadros.

Farid otros.

El Archiduque empezó a organizar las imágenes de una manera que Julián no entendió del todo.

—¿Por qué ésta después de ésta?

—Porque sí.

—No existe el porque sí en una exposición.

—Precisamente por eso esto no es una exposición.

La página empezó a recibir visitas.

Primero pocas.

Después más.

Algunas personas regresaban.

Eso era lo curioso.

No miraban necesariamente las mismas cosas.

Seguían recorridos.

Entraban por una imagen y terminaban en otra.

Después volvían.

Farid empezó a llevar un registro.

—¿Para qué?

—Curiosidad.

—Eso dices siempre antes de hacer una pendejada.

Farid sonrió.

—Mira esto.

Le mostró una pantalla.

Julián no entendió.

—¿Qué?

—Este hombre volvió siete veces.

—Le gusta el arte.

—No.

Farid señaló algo.

—Le gusta ésta.

Julián observó la imagen.

No encontró nada extraordinario.

—¿Y?

—Después fue aquí.

Otra.

Después otra.

—¿Y?

Farid se quedó mirando la pantalla.

—Nada.

Cerró la computadora.

Muchos años después Julián diría que La Virgen de los Peregrinos había nacido en aquel estudio.

No estaba completamente seguro.

Había otra posibilidad, bastante más desagradable:

que ellos simplemente hubieran construido el lugar donde algo que ya existía consiguió entrar.

Y si alguien le preguntaba en qué momento aquello dejó de ser un juego de artistas, Julián nunca sabía qué contestar.

Probablemente porque las cosas peligrosas rara vez anuncian el día en que comienzan a serlo.

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