El mundo mítico tiene muchas versiones porque hay muchas versiones de un mismo mito. De acuerdo con las fuentes de los mexicanos había nueve u once cielos El último cielo es el
185
de Ometéotl, un dios dual y andrógino, hombre y mujer. Ome significa Dios. Es Ometeótl quien ha generado a todos los dioses. Y es regente de los cuatro puntos del universo. Su contraparte está en el inframundo que tiene también, varios niveles. En el Mictlán habitan las fuerzas ocultas entre las que están la Luna y las estrellas. En los mitos cosmogónicos mexicanos, el sol desciende a luchar con las fuerzas del inframundo y en los orígenes, Cuatlicue encontró una bola de plumas de la que nació Huitzilopochtli. La Luna y las estrellas, celosas, quisieron matar a su madre, pero Huitzilopochtli nació justo a tiempo para degollar a sus hermanos y asesinar a las estrellas celosas, los Cenzohuitznahuac. Él, el sol, come sangre, el líquido precioso por excelencia; este es el origen de los sacrificios y en torno a él se generó una sociedad mesiánica, una sociedad que se sentía elegida para hacer que el universo girase como debe girar. Al igual que los españoles, los mexicanos del siglo XVI tienen una cosmogonía en la que se sienten elegidos para una misión cósmica. En la tradición mexica, la creación tuvo lugar de acuerdo con el mito de los cuatro soles. El quinto sol es llamado Cuatro Movimiento. Los mexicanos pensaban que el final de dicho sol habría un gran movimiento telúrico. Los mexicanos habían sido educados para el auto-sacriificio. Puest corrían con la pesada carga de alimentar al sol. En los mundos de mitos orales no existe en realidad el más allá. La eternidad es propia de un mundo en el que ha aparecido la escritura.
186
El paraíso, el infierno y la moral son parte de un cosmos en que ha irrumpido ya la escritura. Para los mexicanos, la forma de morir define el futuro de quien muere. Nadie es eterno, finalmente todo se disolverá en la nada, pero antes de disolverse vivirán en otra parte. No se trata de una idea moral como en el pensamiento cristiano. El individuo, haya sido bueno o malo vivirá en otra parte de acuerdo con la muerte que haya tenido. El que muere en su cama va al Mictlán donde el viento corta, si ha muerto por agua, al Tlalocan, territorio de Tláloc lleno de mariposas. El guerrero que muere en la batalla o la mujer en el parto van donde Huitzilopochtli ahí vivirán un tiempo rodeados de colibríes. Los niños que mueren habitan el Chichicuauhtli, un árbol conde maman de chichis cuya leche no se agota nunca. Las concepciones morales mesoamericanas son muy distintas de las cristiianas. La oralidad resulta fundamental para entender estos mundos en que la transmisión se da por la palabra. Por otra parte, los frailes europeos al introducir la escritura en México son capaces de introducir también al dios del amor y el terror. Sólo así deja de tener sentido el sacrificio humano y se impone una moralidad a pesar de que santos guerreros como Santiago serán muy venerados.
Iban camino a la reunión. Pasaron junto a unos muchachos que hablaban de la fiesta que pronto estaría. Yareth iba con su novia Ida. Junto a él iban sus amigos. Mario y Benedicto
187
sólo querían ser condotieros, pero lo acompañaron. Se abrieron las puertas y entraron. Los recibió Farid y les quitó sus abrigos. Los llevó adentro, hasta la biblioteca donde se acomodaron. Antonio, el esclavo ordenó a los sirvientes que trajeran algo de tomar para ellos. Vino del mejor. Nicolás estaba curioso.
Entraron Yareth e Ida. Era una muchacha muy hermosa. Entraron los otros. Entonces lo vio. Poimandrés tenía el aspect de un Júpiter. Pero no. No era la clase de hombre que hubiese pasado desapercibido. Entonces lo vio. Era un judío. Evidentemente aquel hombre era el médico del papa. Y era el asesino. Marcel lo supo. ¿Qué haría con esa información? Sonrió. Ya encontraría algo que le sirviera.
25
Comenzó a llover y el mar gris se encrespó. A lo lejos se veía la Isla en la que todos terminaría tarde o temprano. Caminaban hacia
allá dos muchachos que habían bajado del calpulli para asistir a la fiesta que había preparado
188
el rey de Cempoala para festejar la fiesta de Chicomecoatl la deidad protectora del pueblo. Yareth venía junto a Xel-Ha y Erandi. Entonces lo vieron. Era el rey de Cempoala. Estaba ya muy viejo; venía con Quetzaly y Xcaret. Comienza la bacanal; una fiesta en la que hay pulque y se fuma hierba traída de las tierras de los arahuacos. Había monos de feria y jaguares; pájaros. Mujeres con el rostro pintado de colores azules y rojos, los más llamativos.
Mictlantéotl, el gobernador azteca quería aprovechar para hacer la paz entre dos mercaderes que habían estado teniendo problemas.
——Quiero que tú Ilhuicóatl y tú, Yólotl se den la mano, necesito que haya paz al menos entre nosotros.
——Yo no puedo trabajar con este hombre ——dijo Ilhuicóatl.
——Ahora mismo le vas a dar la mano si no quieres que reparta tus posesiones. ——Está bien. Se abrazaron. Sellaron el pacto.
——Tú ——ordenó Mictlantéatl——. Dime quién es la más hermosa de estas. Yareth tenía que decidir.
——¿Estás diciendo que no me tienes miedo?
——Desnúdense para él ——dijo Miclatneótl.
189
Yareth entró en la tienda, se desnudó. La primera de ella comenzó a besarlo, desde los pies hasta los muslos, introdujo su lengua en el ombligo. Él se arquea y la toma del cabello; entonces ella sale. Entra entonces la otra mujer, utiliza la luz de la vela para que con sus telas cambie el color de su piel mientras comienza a desnudarse, su cabello y cuando él está a punto de tocarla sale. Entonces entró la tercera. Se sentó y comenzó a desnudarse como si fuera un trámite cualquiera. Tonalli completamente desnuda se aproximó a él y le dijo.
——No te preocupes.
Se hincó y metió la boca entre las piernas de Yareth y por encima del pantalón le dio pequeños mordiscos a un sexo que estaba a punto de reventar.
Afuera, gritó Mictlantótl
——Se acabó. Ha comenzado la pirotecnia tropical. El verdeazul muerde las ramas del árbol.
Entró a la habitación Tecólotl.
Se desnudó frente a Atonatiuh y le dio un beso ligero. A diferencia del de Tonalli, el de Tecólotl era un beso tierno, amoroso. Se sentó en sus piernas. Besó las mejillas del muchacho, la frente, los ojos.
190
——¿Qué sucede? ——preguntó Tecólotl, poniéndose el cabello detrás de la oreja— —. ¿No quieres tocarme?
——Si te toco ——dijo Atonatiuh——, Mictlantéatl va a matarme. Tecólotl sonrió y su sonrisa la hacía verse todavía más hermosa.
——Diles a todos quién tiene el cuerpo más hermoso del Nuevo Mundo y tú y yo
encontraremos, lo prometo, nuestro lugar y nuestro tiempo. El fuego comenzó a correr de arbusto en rama. Comenzó a encenderse un árbol y más. Nadie lo ha visto. Todo es escenario de un bacanal. Muy borrachos, drogados, a quien le importa. Corren los pingueros.
Entró Metztli.
Afuera se escucha una música muy ligera. Metztli se sentó en la cama y dijo, sin desvestirse.
——Confía en mí. Atonatiuh se sentó junto a ella. ——Yo confío, dijo el muchacho. ——No vamos a hacer nada ——¿No?
191
Atonatiuh había mordido el anzuelo.
——No. Hubo un instante de silencio. Metztli rió.
——Soy perceptiva, hay una muchachita que te gusta. Se llama Ílhuitl. ¿Es cierto? ——Es cierto
——Voy a entregártela. Ella no te va a traer ningún problema si la tocas.
——Claro que no. Es la mujer de uno de los hombres de Miclanteótl.
——Claro que no ——respondió Metztli——. Mictlantecutli no va a hacer nada
contra ti si estás bajo mi protección.
——¿Crees que Ílhuitl podría interesarse en mí? ——preguntó Atonatiuh.
——Tú eres un niño y yo puedo hacer lo que quiera. Ahora dime, Atonatiuh ¿quién
es la más hermosa de todas aquí?
El fuego había comenzado a pasar en las copas secas de los árboles.
——Ha sido difícil, pero la más hermosa es Meztli. Todo chasquea. Todo termina de quemarse. El jagüey más grande se enciende y todo.
Todo chasquea. Se ilumina el
192
cuerpo del muchachito. Ellos se estrechan en un último espasmo que extiende el blanco sobre sus estómagos y el fuego sigue saltando en las ramas de los jagüeyes.
Al otro lado del mundo también había presagios. Moctezuma era el emperador después de la muerte violenta de su antecesor, Ahuízotl. En la ceremonia de su ascenso al trono se sacrificaron cien mil muchachos y niños, muchos de los cuales venían de la tierra de Tenépatl y Atonatiuh. Y en cuanto subió al trono Moctezuma, comenzaron los prodigios: apareció un cometa, se incendió el templo del dios Huitzilopochtli y un rayo cayó en el templo de Xihutecuhtli a pesar de que llovía. Quienes tuvieron la oportunidad de observar el prodigio decían muchos años más tarde que el agua parecía enfurecer al fuego, pero lo mas inquietante es que no se había escuchado el ruido de ningún trueno. Solo sus efectos. Llovieron estrellas y el lago volvió a inundar la ciudad de Tenochtitlan, como no sucedía desde la muerte de Ahuízotl. Había, y esto durante muchos años se siguió recordando y repitiendo una mujer que desde las zonas del norte hasta Cuauhtemalan, desde las tierras de Totonacapan hasta las playas al oeste de la ciudad de Tenochtitlan gritaba, ¿qué será de mis hijos? Tenemos que irnos muy lejos, pero ¿a dónde los llevaré? Nada de ello había intrigado realmente a Moctezuma hasta que una tarde llevaron a su despacho repleto de códices y mapas estelares
193
a un extraño pájaro deforme en cuyos ojos el emperador se vio a sí mismo y a un hombre blanco y barbado que llevaba en la mano derecha una serpiente símbolo de todo lo que se arrastra, pero en la derecha un águila, símbolo de lo que vuela, lo sagrado. Y en la conjunción de lo que simboliza el arriba y lo que simboliza el abajo, Moctezuma supo que aquel hombre sería el conquistador de Tenochtitlan, la tierra que había sido fundada exactamente aquí, en este lago cuando el rey Tenoch encontró a un águila venciendo a la serpiente, símbolo de su pueblo emigrante desde que salieron de Aztlán. Antes de que Moctezuma pudiera salir de su despacho para meditar, el sirviente le dijo que en todo el imperio estaban naciendo criaturas con dos cabezas, monstruos que anunciaban la destrucción del universo, el fin del Quinto sol.
Se ha querido atribuir a Moctezuma la inocencia de un niño que en estos presagios confirma una mentalidad poco evolucionada. Personalmente creo que las reformas políticas que estaba llevando a cabo el líder de los mexicas en 1505 estaban lejos de ser inocentes y tenían la finalidad de hacer transitar el imperio entre lo que Marx llama el modo oriental de producción y un sistema feudal. Moctezuma fue el primer emperador mexica que intentó crear una línea de sucesión que recaería en su hijo, Chimalpopoca de quien se dice que murió muy niño, durante el escape de los españoles. Aquello sucedería, mucho tiempo después, claro. Por lo
194
pronto, para crear esta línea de sucesión, común en Europa y otros imperios de tipo de producción feudal, Moctezuma estaba teniendo que enfrentarse con las castas guerreras y sacerdotales. En un imperio que desde que llegó al Anáhuac había tenido que mostrar la fuerza tanto al interior como hacia el exterior de la ciudad estado de Tenochtitlan, Moctezuma tenía que mostrarse más poderoso que todos los hombres en su imperio. Comenzó a adquirir un aura de nobleza que lo distinguía de todos los otros militares y de sus sucesores, Moctezuma era el hijo del sol en su advocación de Huitzilopochtli, el dios guerrero que había conducido a su pueblo desde Aztlán hasta estas tierras, el niño que en la segunda lámina del Códice Boturini va en la espalda de su madre que lleva en su tocado a una serpiente. Y esa serpiente. Ese animal totémico los había guiado, probablemente desde los desiertos del norte hasta el Valle de México donde fueron lanzados a un pedregal y obligados a comer a su animal totémico a la serpiente, algo equivalente al canibalismo y seguramente el origen de esta práctica ritual que, sin embargo, en 1504 había comenzado a transformarse. Moctezuma no era ya el jefe de un clan, era un rey y había comenzado a comportarse como tal para escándalo de los conservadores que por ello y no por el movimiento de los españoles en el Este comenzaron a tener miedo. Si Moctezuma hubiera conseguido hacer transitar a Mesoamérica del modo de producción asiática hacia el modo de producción feudal, si los
195
europeos hubieran llegado cincuenta años después ya durante el reinado del hijo de Moctezuma, Chimalpopoca, probablemente la conquista se hubiera parecido más a la del Japón. Y lejos de lo que se piensa hubiera sido mucho más traumática. Y hubiera habido más muerte y desolación.
Cuando Isaac y Farid llegaron a la casa que Luis Méndez tenía preparada para ellos, y cuando el Señor del Carpio se sentó con ellos frente al enorme comedor en cuyas paredes colgaban las imágenes de sus antepasados sólo pudieron llegar a una conclusión pueril: que la tierra temblaba porque temblaba. Ni el señor del Carpio ni Isaac quien había venido también a recibir a su esclavo y a su sirviente estaban convencidos de que algo pudiese significar un temblor de tierra. Isaac notó con gusto que el esclavo y el antiguo monje se llevaban bien; que crecía entre ellos un amor que consideraba noble. Lo levantó y tanto Farid como Alberto pensaron que brindaría con ellos cuando Isaac dijo:
—El mundo es mucho más grande de lo que pensamos.
A ninguno le importaba, a decir verdad, el tamaño del mundo. Así como estaba, lleno de los mares que habían visto, de la gente en el puerto y de los misterios que seguramente se ocultaban en el mar Mediterráneo parecía suficientemente grande como para desear algo más.
196
No tenían idea de lo que les esperaba al otro lado del mundo, pero por lo pronto más que investigar el mundo tendrían que acostumbrarse a la hermosa mansión de tipo románico que a las afueras de Toledo había sido la mansión de los Señores de las Salinas desde que el título había sido instituido tres siglos atrás.
Y fue así como llegaron el monje y el esclavo a la Tierra de los Conejos, a Hispania, el fin del mundo, de la predicación de Pablo, la tierra en que predicó y murió Santiago el Mayor, pero a la mañana siguiente, cuando Farid despertó descubrió con desconcierto que Alberto lo estaba mirando con una sonrisa macabra. Como si quisiera darle un beso o asesinarlo. El muchacho árabe se sobresaltó, pero Alberto no dijo nada. Se levantó y abrió las cortinas.
—¿Qué me mirabas —preguntó Farid.
Alberto no respondió nada. Comenzó a tararear una canción pagana que había aprendido en el convento. Entonces Farid con sonrisa triste respondió a su propia pregunta.
—Sé por qué me miras —dijo—. Con todas las patrañas que has escuchado entre monjes y alquimistas estás convencido de que soy inmortal.
Alberto sonrió, pero el esclavo no pudo ver su sonrisa. Afuera se miraba la tierra de Toledo, verde y pedregosa, llena de misterios de alquimia, geografía y Grial.
197
26
Miclanteotl habla con Yareth
—Hiciste lo correcto. Si en algún momento te interesa descubrir el este, no dudes en venir a verme.
Yareth se inclinó, pero Miclanteotl, en un gesto inusual se aproximó para tomarlo por los brazos. Lo llevó hacia sí y lo abrazó en un gesto que significaba que lo había tomado como su hijo.
—Trabajas para mí —le dijo.
Para el dios de todo lo que se encuentra al fondo del mar. Quetzalli le da un beso en la comisura de los labios y se llevó las manos al corazón.
Miclanteotl subió a su palio. Quetzalli le llamó. Corrió los velos y salieron del pueblo. Yareth sonrió extasiado con el aroma de aquella mujer. Y con la posibilidad de conseguir lo que le había prometido. Corrió tras ellos, subió a uno de los muros y los vio llegar hasta la playa donde se irían a internar en el misterioso mar. Con ellos iba Iyali. Y se prometió que
198
nunca dejaría de amarla. No recordaba que aquella mañana había prometido que nunca dejaría de amar a Sicarú.
Cuando bajó se encontró con ella. Sicarú venía junto a sus amigos Yetzel y Quinantzin. Y Yareth no se dio cuenta de que ella le había lanzado una mirada de dolor.
Miclanteótl le dice a Yared que venga con él al norte, navegando. Necesita hombres para poner en orden a toda la zona.
—Han llegado viajeros.
Los viajeros no eran, como podría creerse, los españoles o los genoveses. Eran los chinos. Al mando de Zheng He.
27
Nunca había visto un mar tan hermoso. Ahí estaban los restos de la nave de Zheng He. Yetzel y Quinantzin viajan en una piragua. Se detienen en un mercado. Yetzel mira a una hermosa muhacha. Los corredores del mercado están llenos de peces, de imágenes, de animales salvajes que se venden y se cambian aquí. Yetzel aún parece un niño. Toma de
pronto una fruta y se la mete en el manto. El vendedor se le aproxima. —Suelta eso. Deja mis boniatos.
199
El vendedor blande frente a ellos una vara de castigo. Toma a Yetzel por el brazo. Quinantzin lo sigue mordiendo una fruta. Cuando el hombre está a punto de soltar sobre de Yetzel la vara, entra a la tienda Yareth seguido de Naolin, Imari y Tonahuac.
Yareth se dirige al vendedor.
—¿Tienes algún problema con Yetzel? ¿Sabes que es mi hermano?
—Estaba robando.
—¿Es eso verdad, amigo? Yetzel sonríe.
—Por supuesto que no. Yareth se aproxima al vendedor.
—Mi amigo niega que sea verdad lo que tú estás diciendo. ¿A quién debería creer? —Pues…
—Es falso que te estuviera robando, porque ahora mismo nosotros te vamos a robar. Yareth lanza un golpe sobre el mercader.
—Yo te estoy robando. ¿Lo entiendes? Yareth suelta un golpe sobre la fruta, toda se cae. La gente comienza a levantar lo que
puedan. Quinantzin camina por entre los objetos caídos y recoge alguno.
200
Entonces aparece Altétl con sus hombres.
—¿Qué está sucediendo?
Los dos muchachos se miran retándose.
27
Yareth y Mawadi se miran. Suenan los cuernos. La gente de Mawadi ordena que nadie se meta. Yareth mira con el rabo del ojo que Yetzel se aproxima por detrás al hombre que está cuidando a Mawadi. Lanza un grito, Yetzel asfixia por detrás al hombre de Mawadi quien rueda por el suelo con el muchacho de la costa.
—No sabes con quién te estás metiendo —dice Altétl.
—Es verdad —responde Yared—. No sé.
—Soy el dueño de todas las islas. Al decir esto se incorpora sobre sus pies y comienza a soltar golpes. Altétl se aprxima
y Yared le da un golpe en los testículos que lo levanta del suelo. Llegan refuerzos, los hombres de Mawadi lo tienen completamente rodeado. Yared
está rodeado. Altétl se aproxima y le suelta un puñetazo. Yared trata de responder, pero Altétl lo esquiva, le toma la mano y lo golpea en el vientre. Utilizando la fuerza de su contrincante, Yared se da la vuelta y por la parte de atrás golpea la cara de Altétl.
201
—Que nadie lo toque —grita Mawadi.
Uno de sus hombres le lanza una vara de guerra. Yetzel le lanza a su hermano una daga.
—Muy hombre con esas armas.
Yetzel trata de rebanar el estómago de su opresor, pero Altétl se guira y se lo arrebata; lo mira.
—Los hombres no necesitan de armas. Te voy a destruir con mis propias manos.
Lanza al suelo la daga y se aproxima. Comienzan a pelear a puño limpio. Los dos muchachos pelean el uno contra el otro con manos desnudas. Los hombres de Altétl se aproximan al igual que los de Yared. Uno y otro lanzan vítores.
Aparece entonces el padre de Altépetl, el rey de Bimini. Arahuaco. Arahuaco da a los otros una señal. Rodean a Yared y a Altétl. En cuanto Arahuaco da la orden, todos ellos caen sobre los muchachos y la gente que los apoya, les ponen un saco en la cara y ellos caen prisioneros.
202
27
Mawadi despierta junto a Yareth. Los dos muchachos se miran extrañados. Mawadi se retuerce, intenta desatarse. Yareth lo mira un poco más tranquilo. Escupe.
Se abre la puerta de la bodega; un río de luz más calmados aunque inyectados de odio también. Entra Wannadi, la luz ahuyenta a los animalejos que están en la choza; brilla el oro. Wannadi se acerca a Mawadi.
—Así que este totonaca te golpeó. Mawadi se revuelve furioso. Quiere desatarse y vengarse. Yareth lo mira burlón. —Dile a tu padre que me mate porque si logro escapar voy a terminar con todo su
clan. Wannadi sonríe. Se aproxima a Yareth. Le da un par de golpecillos en las mejillas. —Claro que te voy a soltar. Necesito saber qué tan cierto es lo que han dicho de ti. Lo sueltan. Sueltan a Yareth quien se lanza contra Wannadi.
—Me parece —dice— que eres bueno para pelear con chicas. Yareth se va poniendo furioso. Se le lanza al vientre, trata de golpearlo, peroWannadi
a pesar de ser mucho mayor, lo esquiva. Lo hace enojar, le da golpes pequeños y humillantres en la cabeza y en la cara. Yareth suelta un puñetazo que Wannadi detiene con la mano.
203
Entonces le dobla el codo y lo lleva hasta el suelo. Yareth se retuerce de dolor. Le golpea en las costillas y lo lanza al suelo. Yaeth se queda inconsciente. Cuando está por salir, su hijo Mawabi quiere salir también. Su padre le toma el brazo y lo arroja junto a Yareth.
—Este muchacho pelea bien. Lástima que sale de quicio con facilidad.
28
Yareth despertó en una choza amplia. Es la casa de Mawadi. Hay esclavas a sus pies. Rezan y cantan. Sus heridas están vendadas; a su lado está Mawadi, Mareado, Yareth alcanza a ver a Mawadi. Junto a Mawadi, hijo de Wannabi, está Marwari, una hechicera que lo mira en cuanto despierta.
—Vaya. El dormido despierta. Y tú… vas a traer problemas. Puedo saberlo. Wannabi se aproxima a Yareth.
—Bienvenido a casa —le dice. Lo abraza. Yareth nunca ha sentido una piel tan recia y al mismo tiempo tan suave al
tacto. Huele a aceite. Huele bien. Mawari comenta.
204
—Cualquiera que sea capaz de sostener un pleito con mi padre es miembro de esta familia—. Además, eres amigo de Miclateótl, ¿no es así?
29 Hay fiesta en el pueblo de Wannabi. Cantos salvajes; desciende un enorme pescado que los hombres cortan y comen. Comienzan a beber licor fermentado. Acanora es esposa de Wannabi. Es agradable, muy morena, de caderas muy amplias.
—¿Y si nos negamos a trabajar contigo?
—Puedes hacer lo que quieras —responde Wannabi—. Si lo que me estás preguntando es que si voy a matarte, no. A menos que vuelvas a entrar sin permiso en alguna de mis islas.
La sonrisa de Yareth es amplia; tiene los dientes muy blancos. Accede. Mawadi le sonríe. Los antiguos enemigos muy rápidamente se han convertido en grandes amigos.
Bromeando le pregunta al jefe de la tribu:
—Y a este —señalando a Wannabi—, ¿si puedo golpearlo? Wannabi come su pescado, las esclavas le sirven agua fresca. —Todas las veces que quieras. O puedas.
205
Wannabi ríe de buen humor.
—Las que puedas. No te va a ser fácil. Los dos jugando se amenzanan, pelan los dientes como si fueran jaguares y sueltan la
carcajada.
30
A partir de aquel día Yareth y los hombres de Veinte Aguas se hicieron dueño de toda aquella región de islas cuya belleza es hoy difícil imaginar. Se volvieron hombres respetados y las madres deseaban que sus hijas se relacionaran con ellos. Yareth era un jefe justo que repartía entre los suyos el cacao porque a menudo volvían a Veinte Aguas donde Yareth contemplaba al pequeño Atonatiuh que había crecido. Su madre no hablaba con él porque se avergonzaba de que hubiese abandonado la educación tradicional del pueblo y cuando él llegaba se iba a la terraza a contemplar la montaña y cómo Quetzalcóatl bajaba para fertilizarlo todo.
31
Yareth cuando volvió se encontró con aquella muchacha que vendía pájaros en el mercado y que estaba destinada a volverse la esposa de un campesino.
206
Tenépatl miraba el mar con nostalgia. Ahora, por primera vez en mucho tiempo se sentía triste. Incluso el mar gris de su patria ella lo imaginaba hermoso. El muchacho a quien lo habían entregado, el muchacho que no había querido decir su nombre lo había llevado hasta una casa junto al mar. Ahí estaba él. Adentro. ¿Por qué le estaban haciendo eso? La princesa había pensado que la habían entregado a la esclavitud. Le extrañaba que ahora viviese ahí en esta cabaña como si fuera la esposa de un macehual y aunque antes no hubiese podido imaginar un destino más triste para ella, tan llena de sueños de grandeza y amor, era verdad que había comenzado a desearlo. No a quererlo. Deseaba que él viniese y estuviese con ella. Que la penetrara con el afecto y el ardor de la primera vez.
—Ven —ordenó el muchacho. Tenépatl se desnudó y entró al mar con él. Nadó por debajo del agua, entre los peces. Saboreó el agua salada y recordó que antes de morir su padre le había hablado de aquellos pueblos bárbaros. Este muchacho, sin embargo, no le parecía bárbaro. Cuando llegó hasta él le dio un beso salado y comenzó a hablarle en su lengua. Una lengua que ella había comenzado a entender. No sólo eso, por las tardes, aquel hermoso muchacho le enseñaba a hablar con propiedad y le mostraba las partes del discurso, la gramática de su nuevo pueblo. Nunca hasta entonces Tenépatl había extrañado a nadie, pero ahora se encontraba dividida entre la tristeza
207
que le producía el recuerdo del mar gris de su infancia y el deseo de este cuerpo joven y hermoso que la aproximaba a sí, la mecía como a una niña, le alisaba el cabello y le besaba, primero la frente, luego los ojos y finalmente la boca.
—Ábrela un poco más, le dijo. Así le gusta a él.
—¿A quién le gusta?
—Ábrela y permíteme chupar tus labios como si fueran una fruta. La niña cerró los ojos y se entregó por primera vez en su vida al éxtasis de un beso y al toqueteo en el agua que la mecía. Él condujo la mano de ella hasta su propia desnudez y entonces, realmente sintiéndose amada comenzó a gemir, a desear y se olvidó de todo y a partir de ese día dejó de extrañarlo todo.
Se dijo que no tenía caso sentir ni dolor ni nostalgia. Atrás había quedado el pueblo de su padre, el de sus hermanos y el de aquel muchachito que ahora recordaba con gusto, su prometido. Ilhuítl y ella se sentaron en la cabaña junto a la playa. Tenía hambre y devoró los pescados que él había cocinado junto a la playa. Le parecieron deliciosos aunque, una vez que estuvo satisfecha, sintió un poco de vergüenza ante la posibilidad de haberse vuelto ya, en tan poco tiempo, una de esas esclavas a las que sólo les interesa comer. Estaba
208
amaneciendo y el cielo gris estallaba con púrpuras que invitaban a la pereza, a volver a la cama. Ilhuítl la invitó. La condujo con una suerte de candor de recién casados y ella volvió a sentirse consternada. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué no habían terminado por entregarla directamente con Tabscoob? Tomada de la mano él la dirigió a la alcoba desde la que se escuchaba el mar y se tendió desnudo junto a ella. Así estuvieron los dos mirando el techo un rato hasta que amaneció por completo.
—¿Nunca has sido tú quien toma la iniciativa? —Preguntó Ilhuítl. Tenépatl se sonrojó. A pesar de su carácter, la sola idea de ser ella quien se insinuase a un hombre le producía malestar. Aseguró que nunca se hubiera permitido desear algo que, en el fondo le producía asco.
—¿Acaso te produjo asco? Ilhuítl lo pregunto mirándola a los ojos, seduciéndola. Le tocó la boca con los dedos y ella, sin querer, cerro los ojos. Él se aproximó para besarla y ella abrió los labios como había aprendido, como para permitir que se transformaran en fruta y él pudiese chuparla. Cuando abrió los ojos, Ilhuítl estaba otra vez recostado boca arriba, desnudo. Su sexo estaba listo para la batalla, pero era evidente que no iba a moverse hasta que ella tomara la iniciativa. Realmente lo deseó. Deseó seguir besándolo y entonces aún vestida se aproximó a su boca y
209
fue ella quien chupó sus labios y su lengua. Cerró los ojos y permitió que él le dirigiera primero las manos hasta el sexo y luego la cabeza y la boca. Nunca había hecho algo así, pero le complació más de lo que hubiese podido imaginar.
Porque se sintió en control. Por primera vez se supo en control de la fuerza de un hombre. Con el miembro de Ilhuítl, escuchando sus gemidos y sintiendo las caricias en su cabello, sintió un calor en el vientre que nunca había sentido, un deseo rapaz. Porque ella era dueña de su placer, ella era capaz de dominarlo con este gesto que, quién sabe dónde había aprendido que era humillante. Había tenido que cambiar de condición. Convertirse en la esclava de este muchacho para descubrir que lejos de ser humillante, lo que estaba haciendo le proporcionaba el control de toda la fuerza del hombre. Y él lo agradecía, como un bebé que consentido recibe por fin todo el amor que necesita. Ilhuítl se incorporó un poco, sólo lo suficiente para murmurarle palabras de deseo y amor sin que a ella le resultara incómodo seguir chupando. Luego la levantó como si fuese un muñeco de poco peso y la penetró con ella cabalgándolo. Sin necesidad de pensarlo. Sin necesidad de recibir instrucciones, Tenépatl se deshizo del vestido y lo besó, lo arañó discretamente, como para asegurarse de que aquellos pectorales, aquella piel, el cuello curvándose, los ojos entrecerrados eran suyos.
210
¿Aquello era lo que Ilhuítl llamaba tomar la iniciativa? Lo encontró complaciente. Tan complaciente como cuando se había entregado frágil y juguetona, tan complaciente como cuando aprendió a entregarse con algo de dificultad y violencia. Durante todo aquel tiempo Ilhuítl aprendió las muy diversas formas de hacer lo mismo, de seguir el mismo juego que comenzaba por un desayuno y terminaba en un orgasmo a veces gritón y a veces callado. Porque había tantas formas de dar y recibir placer que ella jamás lo hubiese pensado, tantas que llegó incluso a sentirse feliz en la extraña condición que la vida le había puesto, la de no saber qué estaba haciendo ahí, en esta casa en la que no había otra actividad que no estuviese relacionada, de una u otra forma con placer capaz de entender semejante reverso de fortuna. Seguía como amar y seducir. Incluso comer e incluso los actos más vulgares de la existencia humana tenían en esta cabaña frente al mar una todo lo que se escondía y todo lo que se mostraba de su cuerpo y de su mente servía para ser amada.
Alejados de la ciudad en aquel paraje idílico a menudo escuchaban a lo lejos los tambores de los caníbales pero Tenépatl pensaba que aquel hombre la protegería porque era gentil y fuerte. Tal vez demasiado gentil. Cuando fue arrancada de su casa pensó que dejaría de ser tratada como princesa y sin embargo, aquel hombre la trataba así. Desde que se le había enseñado a
211
tomar la iniciativa, después de un paseo por la playa, volvía y se le metía en el lecho amaba su olor por la mañana y había dejado de sentirse una esclava. No era tampoco una princesa porque había aprendido a ser una mujer que, cuando hacía el amor era más dueña de sí misma; más dueña de su cuerpo que nunca y sin embargo, pasó el tiempo. Ilhuítl comenzó a parecer mucho más serio. Hasta que Ilhuítl le pidió que no olvidara que ella era una esclava de Tabscoob. Aquel nombre la golpeó con una suerte de irrealidad. Porque lo real era este lugar aislado completamente del mundo. Aquí, donde había aprendido a olvidarlo todo, volvía a escuchar ese nombre. Siguieron haciendo el amor pero él cada día se mostraba más distante y ella, claro, lo amaba más. La última noche que pasaron juntos, después del placer del encuentro, él la besó. Le dijo que era un esclavo y que no valía la pena de ser amado. Ella sonrió y le dijo que no le importaba. Allá afuera estaba la selva. Los dos juntos eran fuertes y listos, encontrarían la manera de escapar como la primera pareja de todas las trampas que en el mundo plantaron los dioses. Lo besó. Le pareció todavía más hermoso. Un dios o la máscara de un dios, la reliquia de un pasado ya muerto. Esa noche, durmieron abrazados y él confesó como si fuese algo muy vergonzoso.
—¿Sabes, Tenépatl? Yo también soy un esclavo. —Lo sé.
212
Lo que no sabía era que él había sido enviado aquí por el mayordomo de la corte para enseñarle a amar al rey.
—Pero me has enseñado a amarte a ti.
—No. Te he enseñado a amar tu cuerpo.
Tenépatl se sintió traicionada.
—Entonces ¿todo ha sido falso?
—Yo también extraño al muchacho que me entrenó. Vivimos juntos en esta cabaña y ahora que lo veo no me dirige la mirada.
Ella trató de levantarse fúrica, pero él la tomó de la muñeca y la atrajo con fuerza hacia la cama:
—Eres una esclava —dijo el— . Y la única manera de dar placer al emperador es sentirlo. Sentirlo realmente. Ilhuítl los había entrenado a todos, a los muchachos y a las muchachas de un rey que tenía fama de amar el placer de la carne más que los otros. Más incluso que el de la guerra. Tenépatl, seducida por completo, se tendió en la cama y le dio placer, lo abrazó y lo besó, le hizo todo lo que deseaba y los dos se enlazaron en una batalla que por primera vez Tenépatl supo que iba a ganar. Había dejado de pensar en la verdad de lo que había sucedido;
213
en la verdad de lo que aquel muchacho le había dicho. La única verdad, después de todo, era lo que estaba sintiendo. ¿A qué otra verdad podía aspirar un esclavo? A la verdad de su cuerpo. Al aquí y ahora del roce de la boca, del aroma de la piel, de la explosión de humores y dolor y felicidad. Vas a amar al rey, decía Ilhuítl como si estuviera rezando al dios del calpulli. Lo amarás cuando él te diga y nunca estarás triste. Porque lo amarás cuando él ame a otra mujer, lo amarás cuando ya no te ame a ti, lo amarás si te quiere y si no te quiere. Lo amarás si finges o no finges. Lo amarás cuando sabes que miente y cuando sabes que dice la verdad, porque la verdad no importa a los esclavos. Esto es lo primero que tienes que saber. Para un esclavo no existen los hechos sino los chismes, no existe otro poder que el de murmurar en las orejas del rey. Y no importa lo que murmures, importa que le produzca placer. Esta era la paradoja, aprender a quitarse la ropa, disfrutar la desnudez de su cuerpo, enredarse en sus piernas, lamer como una serpiente cada parte del cuerpo de aquel hombre hermoso que estaba queriendo tener, seducirlo, hacerlo sentir frágil, subir por las costillas y hasta las axilas y, como la serpiente frente a la mezquita azul, someterse sometiendo de placer. Poseer dejándose poseer, murmurar mentiras y chismes, dirigir el mundo desde un lecho, desde el placer de quien sabe decir las mas sutiles palabras de amor.
214
Él la quería y siempre le había prometido que se la llevaría a vivir con él al otro lado del mar. Le hablaba de aquellos exploradores de ojos rasgados y de las bestias marinas que había visto nadar bajo su balsa.
—¿Por qué me ves así? —le preguntaba Yareth. Y ella respondía:
—Porque eres un crminal. Y eres muy hermoso. Se besan. Los otros muchachos van a sus calpullis, a sus chozas y cada uno de ellos
es feliz porque sienten que los dioses están con ellos.
32
Con Ilhuítl, Tenépatl aprendió primero a amar, pero aprendió también el idioma de los dioses, la astrología. Luego de cenar salían a contemplar las estrellas y él dijo:
—No hay nada que Tabascoob ame más que hablar de las estrellas. A decir verdad a la niña poco le importaba lo que amaba Tabascoob. Ella había encontrado aquí en este lugar inesperado, este lugar que parecía tan alejado de todo lo otro una serie de sensaciones que no sólo le habían dado placer, le habían dado la sensación de que vivir valía la pena. Le gustaba la simplicidad con la que transcurría la vida con este muchacho, se
215
acostumbró a despertar de madrugada y sentirse segura por el único hecho de que a la luz de la noche lo miraba junto a ella, en la cama de plumas que él había colocado junto a la ventana. Detrás de la tela que servía de mosquitero, alcanzaba a ver su silueta, escuchaba un ronquido sereno. A veces soñaba. Balbuceaba en un idioma desconocido que a ella le parecía el lenguaje de un príncipe misterioso cuya belleza se mezclaba con el sonido de la selva por la noche: el ritmo del cucú y de los insectos. Pero aún el jaguar sonaba amigable en esas noches. Y cuando él se levantaba para venir a ella, el placer era tan intenso que rápidamente se entregaba, se frotaba. Lo besaba, le lamía el cuello y metía sus dedos por el cabello lacio y corto como el de un niño. No había ya ningún dolor, sólo placer y comida y vivir como en un país hecho de todo lo que hace que la vida valga la pena. Él tocaba una flauta y se tendía con ella desnuda porque el aire era cálido y los protegía, leían los astros y le hablaba del futuro, un futuro que prometía ser mejor de lo que ella hubiese podido imaginar. Lo decía extrañado, como si él mismo no creyera en sus palabras, pero ella, recostada sobre su pecho, acariciando su estómago y más abajo, jugando con aquello que más le gustaba de él, le creía. Porque pensaba que esto era justamente el futuro y no pensaba que hubiese nada mejor. Acariciarlo así, sin miedo ni vergüenza, sin culpa ni memoria. Sólo deseo.
216