F0907 · Apenas había comenzado a anochecer. El encargado vino a encender las…

Apenas había comenzado a anochecer. El encargado vino a encender las lámparas de aceite. Me dieron ganas de escapar, pero me senté y me quedé dormido. ¿Alguna vez vas a dejarme? Veía bajar lentamente la luz sobre la Iglesia de la Virgen Dolorosa. La luz se detenía en la cara tuya. Y eras tú esta vez quien me preguntabas, ¿qué vas a hacer el día que me muera? Sonaba a lo lejos un laúd. Olía a pino, a Navidad. Eran más o menos las siete de la tarde. Se acercaba a nosotros una mujer. Nos daba un tomín y acariciaba tu cabeza. Temblabas de frío. El sol seguía moviéndose y comenzaba a calentarnos. Eran las diez de la mañana y de pronto no estabas ya. Pensaba yo y respondía a la pregunta tuya. Cuando mueras voy a buscarte, respondía por fin. En el sonido del laúd me llenaba de nostalgias y te extrañaba casi tanto como en vigilia. Volvías y en mi revelación yo sabía que había pasado ya toda la tarde. Te acostabas en mis piernas, te acariciaba el cabello que se veía más dorado con el sol de la cinco. Sólo podía decir eso, buscarte. Y de pronto el sol se ponía muy rojo y a mí, no sé por qué, me daban ganas de llorar. El color del cielo se mezclaba con un mar de púrpura que devoraba el día. Ahora, una mujer acariciaba tus cabellos dorados. ¿Qué voy a hacer sin ti? Me preguntaba. Tú dormías. Yo te besaba la frente. Era un beso casto, infeliz. Tu cuerpo temblaba y yo entonces me encontraba en una iglesia completamente vacía. En el ábside, no había cruz, pero había un hermoso espejo con marcos de plata en el que me veía reflejado muchas veces. Mis pasos retumbaban en las naves vacías. Estaba ahí, en la iglesia y sin embargo estaba yo en el pozo de Nuestra Virgen de las Tribulaciones. Estaba yo dormido y por alguna razón podía verme desde todos los ángulos. La selva rompía el ábside y las ramas escapaban. Me veía rodeado de árboles, ángeles y aves. El leopardo corría hacia mí, se echaba a mis pies. Aquel era el jardín del Edén. No sé cómo lo sabía yo. Los ángeles se transformaban en diablos. Sonó la campana de vísperas. Escuchaba yo la voz: Adán fue tentado por la ley, el Caín fue tentado por la envidia, tú eres tentado por la vanidad. Se abrió la laguna de Tenochtitlan y miré allá abajo los corazones de todos los sacrificados. Traté de despertarme. Imposible. El íncubo estaba sobre de mí. Envuelto en todo aquel verde quise descorrer el velo de mi interior para ir hacia dios. Desperté muy sobresaltado. Decidí volver a mi celda y decirles a todos que estaba enfermo. No había visto a Dios, pero me había encontrado conmigo mismo. Me había dicho que debía huir de aquella ciudad.

Inconsciente de las desgracias que sus amores furtivos estaban causando más allá de lo que hubiese podido prever, Jorge se había quedado en el jardín de quien ahora lo consideraba su peor enemigo. Trataba de meditar. Miraba el árbol agitándose con las vibraciones de un viento del sur, cálido y húmedo que estremeció las hojas que comenzaron a caer. En aquel estremecimiento, Jorge creyó sentir que todo estaría bien. Que podría salir victorioso de cualquier enredo en el que se metiera. Y era consciente de que en Castilla, un monje metido en cuestiones de adulterio efectivamente podía terminar muy mal. Aún así se sentía purificado por la nobleza del placer que había sentido en la alcoba de la marquesa. Se sentía purificado por la inocencia que tanto le sorprendió de sí mismo la primera vez que, golpeado por tanto placer, se desplomó sobre el seno de María de Solier sintiéndose un niño, un muchacho sin otra nobleza que la voz con la que había cantado, sin otra nobleza que su propia debilidad. Y supo, de manera fugaz que estos amores le causarían la muerte, pero le tuvo sin cuidado a pesar de que cada día le resultaba más evidente que era incapaz de creer en la vida futura no ya como el hermano Florián. No tenía ni siquiera la fe de Farid quien había encontrado en Farid un sentido al largo trayecto que lo llevó desde su casa en el oasis, por el desierto, hasta la casa de su castración y su esclavitud. Y con todo y todo, pensó que la muerte no debía ser un lugar tan malo. Estaré, se dijo, en el mismo lugar que mi padre. Tal vez sea un lugar oscuro, pero estaré con él. Esta idea, volver a ver a su padre, le quitó el miedo a morir. Igual llegará para todos, se dijo, con pasiones o sin ellas. El final de aquel viaje que Farid quería prolongar hasta el otro lado del mundo y que él sabía se estaba acabando aquí. En este castillo sevillano. 

Escuchó una carcajada. Al otro lado de la casa del marqués, María de Solier estaba riendo. Jorge sonrió con amargura. Él que había pasado tanto tiempo pensando en ella y ella era feliz.

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