Manuel y Cristóbal yacían juntos, desnudos en la penumbra de la habitación. El calor de su reciente encuentro aún flotaba en el aire. Manuel, con el cuerpo aún cálido, observó a Cristóbal con una sonrisa, y de repente, comenzó a reírse.
Juan Hernández dijo:
—Mira nada más. El niño árabe resultó todo un hombrecito —dijo el hermano Estévez.
—No lo había pensado —respondió Farid.
—Es que no debes pensar en eso. Es el demonio quien te tienta, ¿entiendes? —dijo el hermano Estévez.
—Como a ti —replicó Farid.
—Como a mí contigo. Eso también lo sabes —dijo el hermano Estévez.
—¿Sabes? Yo de verdad quisiera hacerte feliz —confesó el hermano Estévez.
Juan sonrió y dijo:
—En cambio a mí, me hace daño tu felicidad y, sin embargo… Desde que estás a mi cargo, he compuesto la mejor música de la Nueva España. Quiero ser tu maestro. Por favor. Lo mismo me pidió hoy Pedro de Gante. De pronto, todos quieren enseñarme algo que ya sé. Tienes mucho que aprender de música. Yo también. Podemos aprender juntos. Saber de música. Podrías ser compositor, cantante, lo que tú quieras. Y no te lo pido por la Catedral ni por la música. ¿Por mí? No. Te lo pido por mí. ¿Podría llegar a ser maestro de Capilla? Mucho más que eso. Podrías ser un cantante profesional. Hacer de lo malo bueno. Eso es lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo. Eso es lo que quiero que entiendas —dijo Juan Hernández.
—Yo no creo en Jesucristo. Soy árabe, soy el hermano de Farid. No me llamo Farid, me llamo Farid. Y no me importa que me delates por lo que estoy diciendo. Si fuera un hombre feo, con una voz magnífica. Si fuera el hermano Estévez con mi voz… Estaría, así como estoy. Estaría enamorado de ti —dijo Farid.
—Eso no es cierto. Ponme a prueba. ¿Cuánto valgo? —preguntó Juan Hernández.
—¿Qué? Quiero saber el precio. ¿Cuánto pagó la catedral por mí? —dijo Farid.
—No lo sé. Necesito saberlo. Si me venden de nuevo, ¿cuánto tendrían que pagar? —preguntó Juan Hernández.
—Te lo pregunto de verdad —insistió Farid.
—No lo sé. Mucho. Supongo que mucho. Eres árabe. Eres capón. Cantas magnífico. ¿Cien ducados reales? —respondió Juan Hernández.
—No lo sé. Quiero comprarme —dijo Farid.
—¿Qué? —preguntó Juan Hernández.
—Eso: Quiero comprarme. Tú quieres que cante contigo y yo lo que quiero es comprarme —explicó Farid.
Farid pensó y dijo:
—Hoy que estuve con Pedro de Gante, te extrañé. No lo digo para que te sientas bien. Tal vez me vaya con él. Pero no te lo digo por eso. Te lo digo porque te extrañé. Pero soy un esclavo. Un esclavo que sabe lo que vale. Necesito dinero. Mucho dinero para comprarme.
—Yo no puedo… No tengo dinero, Farid —dijo Juan Hernández.
—Me llamo Farid y puedo ser tu alumno si quieres. No quiero irme con fray Pedro. Me quedo contigo, pero necesito dos cosas para cantar. Dime —dijo Farid.
—Que te dirijas a mí sólo por mi verdadero nombre. Sólo en privado. Si comienzo a llamarte por tu nombre pagano, al que van a llevar a la Inquisición es a mí —advirtió Farid.
Farid asintió y tomó una determinación.
—Está bien. En privado, si quieres. De acuerdo, Farid. ¿Cuál es tu segunda condición? —preguntó Juan Hernández.
—Que me des lo que valgo —dijo Farid.
—Ya te lo he dicho: no tengo tanto dinero para comprarte —respondió Juan Hernández.
—No me vas a comprar tú. Me voy a comprar yo —dijo Farid.
—¿Con qué dinero? —preguntó Juan Hernández.
—Con mi dinero —dijo Farid.
—No entiendo —admitió Juan Hernández.
—Quiero que la Catedral me dé lo que valgo. Quiero vestuario y quiero una celda propia. Quiero que me traten como al mejor cantor de la Nueva España —dijo Farid.
—Tendría que hablarlo con Su Excelencia. Quieres que cante en la catedral. Tendrían que darme todo lo que valgo. ¿Vestuario, una celda? ¿Qué más? ¿Estás hablando en serio? —preguntó Juan Hernández.
—Sí. Yo también —respondió Farid.
—Quiero un sueldo —pidió Farid.
—No hay dinero en la catedral —respondió Juan Hernández.
—Un sueldo. Y la catedral va a estar más llena que San Francisco. Te lo prometo. Con tu música y mi voz, vas a llenar esta catedral de madera. Los indígenas sólo vienen por la música. Sólo vienen a escucharme. No les interesan, ni aquí ni en San Francisco, sus doctrinas. Vienen por la música que hacen los blancos. Quiero un sueldo. Si lo hablo con Su Excelencia y él acepta, yo también quiero algo a cambio —dijo Farid.
—Tómame cuando quieras —dijo Juan Hernández.
—No. No es eso. Lo que quiero es que escuches la música que hacemos los blancos y que me permitas decirte quién la hace —dijo Farid.
—La haces tú —respondió Juan Hernández.
—No. La hace Jesucristo —dijo Farid.