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Miguel se unió a los frailes que habían comenzado a tratar de evangelizar a los pocos indígenas que venían a sus misas. Ninguno lo hacía en realidad por iniciativa propia. En el interior de la Isla se encontraban los rebeldes contra la tiranía de Velázquez y los que estaban en este nuevo asentamiento eran esclavizados o traidores que habían escapado hacia estos asentamientos por miedo. Con aquellos monjes, Miguel no tardó en volver a acostumbrarse al horario propio de la vida religiosa. Se levantaba en cuanto hacían sonar la campana de maitines y se unía a Bartolomé de Olmedo, el fraile de la Merced para hacer con él la lectio divina. Isaac había comenzado a interesarse por las hierbas de este nuevo lugar y por un astro que aquí se veía especialmente bien: Marte.
En los talleres de lo que sería la nueva catedral de Cuba, Miguel comenzó a trabajar con unos hermosos niños indígenas a los que enseñó las artes del canto llano y el contrapunto. Por su parte, de Juan Díaz aprendió un nuevo arte: la composición. El pergamino era muy apreciado, pero ellos lo tenían en abundancia y escribían canciones para la misa, para la religiosidad. Miguel se daba cuenta de algo, sin embargo, necesitarían un cantante pero el único que hubiese podido servir para ello estaba en ese momento embelesado en una única empresa, hacer que la duquesa Cornaro lo amara. Con aquellos modales refinados y la expresión de sufrimiento, Farid se había transformado en uno más de las mascotas que retozaban con Lucía en su nuevo jardín de las naranjas. Ninguno de los dos tenían interés ni en los afanes científicos de Isaac ni en las ambiciones musicales de Miguel. Vivían en su propio mundo dejando pasar el tiempo.<!$Scr_Ps::0>