El sirviente genovés, ridículamente ufano extendía dos telas amarillas. Descendió del palio un niño vestido del cuerpo de todos.
La concurrencia brindaba y lloraba. Gritaba: El gran turco, el anticristo.
Brindaban todos y comían y fornicaban. Celebraban sin tiempo de hincarse o llorar persignarse o recordar a Jesús. No tenían tiempo ni siquiera de mirar la masacre.
El niño, amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tenía la cara del hambre. La piel se le desbordaba. Se desgranaba y sólo Farid le lloraba vestido de Paje Genovés. Junto a él estaba un nosotros.
Las plumas de la mujer que detuvo la música en la nota más alta se hincaron también para adorarlo. Rojas y azules se inclinaron las plumas. Vibraban como si se lamentaran también de tu destino de canto llano y mares y ultramares que celebran el porvenir.
De pronto, llorabas también. Llorabas por el niño efrit que detuvo la bacanal cuando cayó la daga.
Traicionado por una lágrima incómoda, el muchacho que bajó del palio te penetró, daga y dios y te volvió el alma al cuerpo. Volvió a tus venas y a posarse la voz en tu garganta. Era un demonio vestido de sangre: Rojo sensual, iracundo.
Rieron, bebieron. Lo devoraban. Tan orgullosos.
… detiene la bacanal.
No se arredra ni con el aroma de carne quemada que sube del pasto y la fiesta y las pieles de todos los oficiantes, ni con el silencio de los músicos que detienen los cánones cursis y minimales que atardecieron del saxofón.
Un sirviente, ridículamente ufano, extiende -amarillas- dos telas del techo y desciende a la fiesta un niño; la facha de un niño que viste el cuerpo de todos.
La gente le brinda y un muchacho le llora.
Una mujer, histérica, grita:
-!El anticristo!
Y todos brindamos y comemos. Jodiendo y celebrando, sin tiempo para incarnos o llorarnos, persignarnos o recordar a Cristo; sin tiempo siquiera para evitar la masacre.
El niño amarillo y ufano, pequeño, serio, sin atributos, tiene el rostro del hambre, la piel se desborda, se desgrana, se resiente y sólo un muchacho le llora. Un muchacho vestido de paje y otro: somos nosotros.
Las plumas de la mujer que detuvo el piano en la nota más alta, se inclinan también para adorarlo. Rojas y azules se inclinan y vibran como si también se lamentaran de nuestros destinos y llantos, mareos y celebraciones.
Algo sucede entonces: también el niño comienza a llorar: Llora por él, llora por él; … por él.
El muchacho-genio que detuvo la bacanal toma entonces la daga. Enrojecido de ira y lamento; traicionado por una lágrima incómoda: violante, cachondo, introduce en su vientre un filo plateado, lo penetra de daga y arranca la vida y vuelve el alma a posarse por entre las venas de su garganta.
Es niño vestido de sangre. Se hace rojo, sensual y brillante…
Ríen: lo beben, lo devoran, !Son tan orgullosos!