La cabeza se le infla y
hacia donde gire el pensamiento encuentra una palabra
cristiana, un nombre: Farid, Farid.
—Dime. ¿Quién eres? Niño árabe.
Farid sabe las lágrimas, devora sus lágrimas. Grita pero no
escucha más que ese nombre. Sabe a sal, los ojos se le
derriten, se le parte el cuerpo en dos sobre la madera, sabe
a dolor. Sabe que el agua borró todo y sabe que ahora se
llama Farid.
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