F0995 · Tuvo un sueño extraño. Farid quería alargar lo más posible la…

Tuvo un sueño extraño. Farid quería alargar lo más posible la cita con el ángel. No tenía interés en conocer las razones detrás del prodigio que lo había encerrado en aquel cuerpo, y mucho menos quería que le dijeran quién era. Tenía tiempo.

Había ocurrido una vez, muchos años atrás, que Marta colocó una imagen del niño Dios en el centro de la mesa donde Juan representaba la última cena de Cristo. Uno de los más fanáticos quiso reprenderla, argumentando que su religión prohibía la reproducción de seres humanos, especialmente cuando se trataba de un Dios. Sin embargo, Juan levantó la mano y le dio un beso en la coronilla de aquella imagen. Ese gesto hizo que muchos se separaran y dejaran de ser cristianos.

Juan era un hombre de costumbres. Antes de dormir, en su celda, bendecía a Teófilo y a Farid en nombre de Jesús, y siempre pedía que bajaran la intensidad de la bujía para ahorrar sebo. En una de esas noches, se recostó en su catre, colocó la nuca en un ladrillo envuelto en piel de vaca que servía de almohada, y miró al techo. Entre las vigas, flotando sobre moronas grises, contempló el principio del mundo, que a su vez era el final.

Lo interesante, sin embargo, es que por primera vez Farid pudo ver lo mismo que el santo. En el techo, también vio la historia del mundo: la destrucción del templo, la refundación de Israel y la vaca roja que se utilizaría para purificar la zona donde ahora se levanta la mezquita dorada.

―¿Es hora? ―preguntó Teófilo.

No sabía exactamente qué quería decir, pero imaginaba que se refería a que el santo estaba a punto de tener otra visión. Debían estar preparados. La última vez que tuvieron visiones, los tomó desprevenidos y Farid tuvo que arrancarse la mejor de sus camisas para que Teófilo pudiera escribir una carta profética, que posteriormente se perdió en el mar.

Efectivamente, había llegado la hora, pero no era la hora del santo, sino la hora del esclavo, la hora de Farid. Las visiones comenzaron a venir sobre él. Por la ventana entró un muchachito que se sentó al pie de su catre. Estaba desnudo, con el pelo un poco largo que apenas rozaba sus hombros. Tenía los ojos negros y era muy delgado. El muchachito lo abrazó y Farid, acostumbrado al cariño de vivir entre cristianos, abrió los brazos y se recostó en su pecho, escuchando su corazón.

―Estoy cansado ―dijo Farid.

Y el muchachito sonrió.

―¿Qué dices? ―preguntó Teófilo.

El santo le ordenó que se callara.

―Estoy cansado ―dijo Farid a la aparición―. No quiero volver a verlo.

Se refería al rabino, a Cristo.

―Ten la certeza de que vas a volver a verlo, niño del desierto ―le dijo el ángel. Convencido de que era verdad, cerró los ojos y quiso llorar. 

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