F0288 · —¿Es hora? —Preguntaba el Evangelista.

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Alexander estaba bañando a un hombre muy viejo. Al principio, Miguel creía que era Isaac, pero descubría que hablaba de lugares distantes, de civilizaciones orientales que habían crecido en la selva y en la que se escuchaban saltar los changos sobre los árboles. Era un apóstol, uno de los discípulos de Jesús. Miguel sabía que era Juan, el discípulo amado, el que se había recostado en el pecho de Cristo como él se había recostado en el pecho de Alexander. Alexander llevaba una túnica amarilla y rota, estaba lleno de piojos y era un niño que no había cambiado nunca. Un inmortal.

—¿Es hora? —Preguntaba el Evangelista.

Alexander decía que sí y le daba la mano para levantarlo, pero entonces entraba por la ventana una presencia muy brillante era un muchacho que se sentaba a los pies de la cama del viejo Juan. Era Farid. Estaba desnudo, tenía los ojos de niño y se recostaba sobre Alexander quien comenzaba a decir: estoy muy cansado de haber muerto tanto. El santo le agradecía haber vuelto y le decía a Farid que no volvería a morir. 

Miguel despertó. Habían dejado las Canarias. A esta hora se habrían internado ya en el mar Atlántico, con rumbo del Nuevo Mundo. Sólo se escuchaba el crujir de los maderos y el ronquido de los marinos. A lo lejos escuchó también un canto que venía de las entrañas del barco. Miguel fue hacia la cubierta llena de animales. Comenzó a rascarse las piernas. Desde que salieron de Sevilla, una epidemia de piojos los había atacado. Con eso y el movimiento del barco era casi imposible dormir. Se sorprendió cuando un hombre lo llamó por su nombre. 

—Miguel —le dijo— ¿quieres?

Era un hombre que dijo llamarse Francisco. Junto a él estaba el hombre que fumaba y que dijo llamarse Felipe. Le pregunto que por qué se había levantado de madrugada y Miguel le contó que había tenido un sueño extraño. 

—Debe ser —comentó Francisco—, a causa de las personas que te acompañan. Ese viejo brujo es un diablo.

Nunca nadie había expresado tan claramente algo que Miguel sospechaba ya. Se quedó mirando el mar y olfateando el humo que lanzaba aquel marinero. Recordaba su sueño. Le sorprendió que el canto de aquellos esclavos fuese en castellano. Cantaba el muchacho que si se hicieran cálamos con todos los árboles de la Tierra y se hiciera tinta con el mar y otros siete mares, no se agotarían las palabras de Alá. Alá, decía, es poderoso, crearnos no le cuesta más que sostener un grano de arena. Alá todo lo escucha y todo lo ve.

—¿Qué es eso? —Preguntó Miguel señalando al objeto de madera que lanzaba humo.

—Es un tabaco que queman los nativos del Nuevo Mundo para alejara a los moscos y matar a los piojos.

Olía bien. Se mezclaba aquel olor con el de los pollos y los cerdos en el barco y con el aire del mar que era muy refrescante. Comenzó a quedarse dormido. Volvían a venir las imágenes de Alexander que le decía alguna cosa. A la mañana siguiente lo recordó. Alexander le había dicho que en efecto, Isaac era un brujo y Farid, su esclavo era inmortal.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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