F0263 · Cortés condujo su

Ya en el valle miramos el Popocatépetl y el Ixtlazíhuatl. De noche el volcán resplandece amarillo y blanco e ilumina con sus llamas el horizonte en el que se esconden los esqueletos de árboles calcinados. Los pueblos caen sepultados bajo su mortaja de lava.

Cortés condujo su 

ejército, en la última y más difícil etapa de su histórico viaje, 

por un camino cubierto de nieve que pasa un punto a tres mil 

metros de altura entre los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl. 

El ejército español había engrosado sus filas con los 

tlaxcaltecas, encargados de transportar la artillería y despejar 

el camino, que había sido obstruido por órdenes de Moctezuma. 

Las huestes de Cortés llegaron a Amecameca, al pie del 

Popocatepetl, en donde siguieron recibiendo adhesiones de 

mexicanos sojuzgados; arribaron a Ayotzingo, junto al lago de 

Chalco, y el 18 de noviembre del año 1519 hicieron su entrada a 

México Tenochtitlan.

El contingente de Cortés había caminado hasta el cerro de la estrella. Se detuvieron a comer y con el Oud Farid los entretuvo. Comenzó a cantar una canción y luego de la comida llegaron hasta una caverna en la que estaba uno de los ídolos que custodiaban la ciudad. Tenépatl misma se aproximó y puso ahí la cruz. Se santiguó y comenzó a rezar. Luego tomó a Cortés por las manos y lo llevó hasta la cima donde pudo verla. Maravillado Cortés miró Tenochtitlan.

Se dispuso a comer en el bosque. Había ordenado que vinieran los caballeros jaguares y los caballeros águila para verlos competir. Se sentó junto a su joven esposa. Frente a él estaban Tecuichpochtzin y Chimalpopoca, sus hijos predilectos. Comenzó la pelea y el joven rey miraba extasiado la justa. Disfrutaba la destreza la elegancia. Le distraía de las noticias de que Cortés se había reunido con Xicomecóatl quien le había abierto su ciudad y le había proporcionado soldados para hacer una fortaleza.  ¿Qué hubiesen hecho sus antepasados? Xicomecóatl había tenido la osadía de negarse a pagar los impuestos. Este muchacho al que pronto vería era el último de aquel pueblo. Los soldados acababan de detenerse en la pelea. Uno de ellos había lanzado al otro al suelo y cogió una piedra con la que le reventó la cabeza. La joven esposa del rey lanzó una risita nerviosa y los soldados que seguían al emperador lanzaron un grito que el pequeño Chimalpopoca imitó entusiasmado. Estaba además esa mujer. Sus espías se lo dijero. Había sido hija de uno de los príncipes en el este y había sido regalada a Tabascoob. Ahora ella estaba informando a los navegantes del este de los graves problemas por los que atravesaba la ciudad que fundó Tenoch. Era posible que el dios negro siguiese apoyando a esta ciudad que tanto había sacrificado por él. La ciudad que había construido sobre un lago la ciudad de los dioses. La que alimentaban con su sangre. No era un buen momento para lanzar una expedición punitiva contra Xicomecóatl. La esperanza, por extraño que pareciese, permanecía en sus enemigos los tlaxcaltecas. Ellos los vencerían. Ellos no los dejarían venir. Podía seguir el consejo de sus sabios y seguir llenándolos de regalos, mantenerlos lo más lejos posible, pero era inevitable. Ellos habían venido del norte y habían vencido al reino de Azcapotzalco. Este era el destino del mundo matar y morir. Como el soldado que en este momento se había convertido en un despojo.

Toma del suelo una roca y con ella le rompe la cabeza a su contrincante. Se levanta y mira sonriendo al emperador a quien sólo así se le quita el miedo a morir. Allá, al otro lado del bosque las tierras no están tranquilas y Cortés había sido recibido por Xicomecóatl el jefe de Cempoala. Había recibido a los embajadores de Moctezuma y había desayunado con ellas, les había regalado medallas de oro con un San Jorge.

En el jardín de las luciérnagas, Atonatiuh trataba de serenar su pensamiento y, a pesar de que Nautli trataba de ser agradable, había descubierto con desconcierto que estaba enamorado de Tenépatl. Le gustaba justamente esa incapacidad de hacerla suya que no refería exclusivamente al momento actual. Nunca había podido hacerla suya. Nunca lo había sido y por ello había parecido tan indiferente. Este hecho produjo en él un inusitado coraje, un ánimo particularmente valeroso. Se sentía más fervientemente deseoso del sacrificio que nunca y cuando supo que venían los extranjeros se indignó. 

Ardería el templo de madera que habían levantado al centro del palacio de Axayácatl y en el que realizaban sus sacrificios blasfemos. Morirían envenenados. Tenochtitlan se levantaría en torno a su único emperador.

A una discreta distancia de la mesa del emperador, un grupo de músicos hizo sonar flautas y cuencos. Era una delicada melodía la que vivificaba la tarde.

—¿Así que lo has escuchado padre? —dijo Cuitláhuac cuando terminó la comida y ya el bosque se había hecho un poco gris— El mismo quiere sacrificarse, por la ciudad, por ti, por Ometecutli, el único Dios. Los extranjeros, sería una blasfemia para ellos mismos tratar de impedir un sacrificio que ellos mismos enseñan…

Los esclavos hincaron antorchas alrededor de las mesas y pusieron incienso para que la tarde oliera bien y para alejar a los mosquitos.

—Tenemos noticias de los espías —interrumpió Ayauhtli— Cortés es un fugitivo, las huestes al otro lado del mar lo están buscando.

—No estoy convencido —comentó Tepeyohtli— de que una alianza con los enemigos de Cortés nos funcionara mejor que las alianzas que ya tratamos de hacer con los tlaxcaltecas. Tenemos, como ha hecho saber el padre Moctezuma, que conseguir la supervivencia de la institución imperial antes de pensar en echarnos al cuello a otra serpiente mucho más fiera, mayor.

—Cortés es un juguete. Lo han utilizado —dijo Cuauhtémoc—, los tlaxcaltecas lo están usando para adueñarse de nuestra ciudad, nuestro grano, nuestras calzadas.

—No —contestó Cuitláhuac— Cortés es más ambicioso que todos los tlaxcaltecas juntos. Es él quien ha utilizado a los príncipes de Tlaxcala. Es tan ambicioso como la puta que viene con él.

Todos se sorprendieron cuando Atonatiuh se levantó  y lanzó un grito contra el ambicioso Cuitláhuac:

—No uses ese lenguaje delante de mi padre el emperador.

Cuitláhuac clavó sus ojos en los del muchacho. Muy retador:

—¡Vaya! Así que el joven dios que ahora tiene el privilegio de sentarse a la mesa de los gobernantes de Tenochtitlan y mirar a los ojos al emperador de México, se cree lo suficientemente importante como para decirme a mí lo que puedo o no puedo decir.

—Te lo digo yo —dijo Ayauhtli—. No uses ese lenguaje delante del emperador.

Moctezuma golpeó la mesa. Los músicos dejaron de tocar. Lanzó un grito y efectivamente, en la mesa sintieron los asistentes que salía de su garganta todo el poder de México.

—Soy yo quien dice quién y cómo deben hablarme. Sigo siendo, no sólo el rey de la ciudad. Soy el jefe de los ejércitos y el sacerdote mayor de esta ciudad que, si no cuidamos, se va a hundir en los estertores del sexto sol.

Tomó un poco de aire y más calmado, con aire retador lanzó sobre Cuitláhuac:

—Estoy al tanto de tus conspiraciones.

Cuitláhuac bajó los ojos.

—Inclínate —ordenó el rey.

Cuitláhuac se lanzó a los pies del emperador.

—¿Es verdad —preguntó Moctezuma— que conspiras?

—De ninguna manera —contestó el príncipe—. He puesto a mis ejércitos en alerta para levantarse contra los extranjeros en caso de que dieras la orden. Nada más.

—Conoces sus armas. Estuviste aquí cuando delante de Yoxtli nos informaron de sus perros y sus cañones. De la dureza de sus espadas. Sabes lo que significa tan solo pensar una revuelta contra unos hombres que, no hemos podido hacer otra cosa, se han adueñado de la ciudad.

—Tendríamos que robar el conocimiento de la fabricación de sus armas de fuego —dijo Yoxtli.

—Podemos vencerlos padre —dijo mirando hacia el suelo el príncipe Cuitláhuac—. Si me permites…

—Hemos llegado a Culhuacán —recuerdas. Y luego: el ombligo del mundo, la ciudad de templos que quiere devorar la laguna. Pirámides teñidas de azul y sangre un tufo de mierda. Es enorme y es macabra la gran Tenochtitlan.

Después de tantas privaciones, pasamos la noche en El Cerro de La Estrella.

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