F0173 · 1515.08 — Fecha: 1515, octubre, 29 Hora: Aproximadamente a las 2:00 de la madrugada Lugar: Una tienda

Esa noche, Atonatiuh tuvo pesadillas. Las palabras de su abuela, destinadas a infundirle fortaleza, lo habían dejado inquieto. La idea de presentarse ante la corte de su prometida, de ser juzgado por ideales superiores de verdad y bondad, pesaba sobre él como un yugo invisible. Tenía razón en preocuparse, pues lejos de sus pensamientos, los padres de Tenepal habían comenzado a dudar de la pertinencia de aquel matrimonio.

Los padres de la joven recordaban el pésimo augurio que había caído sobre el contrato matrimonial: un accidente durante la ceremonia de los voladores que había arrastrado a los danzantes al suelo. Sumado a esto, veían en el príncipe maya, con sus perlas provenientes de las islas del sur, una oportunidad económica mucho más lucrativa que el honor que ofrecía Atonatiuh. Así, en secreto, decidieron romper el acuerdo y entregar a Tenepal al comerciante extranjero. Cuando llegó el momento de votar, lo que debió ser un “sí” se convirtió en un “no” unánime.

Atonatiuh y su abuela emprendieron el regreso a Cempoala sin saber que este rechazo marcaría el inicio de una lucha interna en el joven, una que lo acompañaría toda su vida. La noche del regreso, Quetzalli, preocupada por la tristeza evidente de su nieto, ordenó decorar su tienda con flores cuyo aroma prometía inducir sueños felices. Aunque al principio Atonatiuh logró descansar, los sueños que lo asaltaron no fueron serenos.

En su sueño, Atonatiuh vio a su padre, un hombre cuya memoria había comenzado a desdibujarse, morir y desvanecerse en miles de partículas que renacían en los maizales y los árboles de amate. Luego vio a su hermano Itzcóatl luchando por nacer, desgarrando el vientre de su madre con desesperación. Recordó cómo Itzcóatl había llorado al nacer, y cómo aquel llanto había sido considerado un presagio de larga vida, aunque su destino lo llevó a ser prisionero y morir en lo alto de una pirámide. Atonatiuh, en cambio, no había llorado al nacer, un hecho que siempre lo había marcado con un peso extraño.

En el sueño, también se vio a sí mismo corriendo entre maizales y adentrándose en un bosque, donde un venado de cola blanca lo guiaba con movimientos gráciles. Cuando despertó, no recordaba los detalles del sueño, pero sintió que algo significativo le había sido revelado.

Sin embargo, al recordar los eventos del día anterior, la tristeza lo invadió de nuevo. Fue entonces cuando un aroma de las flores dispuestas en su tienda lo llamó. Se acercó a la más grande y aspiró profundamente su perfume. Cerró los ojos y, sin pensarlo, arrancó la semilla expuesta en su interior y la tragó.

Lo que siguió fue una tormenta de sensaciones. Atonatiuh sintió una energía inhumana recorrer su cuerpo. Quiso salir de la tienda, correr, nadar, bailar bajo las estrellas, pero antes de alcanzar la entrada, cayó al suelo. Su cuerpo comenzó a convulsionarse, y su mente se sumió en un estado de revelación y terror. Vio los astros danzando y colapsando, el ciervo blanco de sus sueños y un hombre abatido junto a un cadáver. Vio una flecha atravesar su propio corazón, una ciudad en ruinas, un sacrificio en lo alto de una pirámide. Se vio a sí mismo, mendigando en un mercado, llevando de la mano al hijo de un rey.

El océano se tiñó de rojo, y el dios Huitzilopochtli se sumergió en sus aguas. Atonatiuh, aterrorizado, sintió que el sol no volvería a salir. Su corazón latía con tanta violencia que estuvo a punto de detenerse. Mientras tanto, su abuela, alertada por el alboroto, buscaba desesperada una hierba para contrarrestar el efecto de la semilla de la Campanilla de la Virgen, una flor legendaria cuya semilla es aún buscada en las selvas de México.

En ese momento crítico, Atonatiuh conoció en su visión a dos figuras que marcarían su destino: Farid y Chimalpopoca. Fue el amor de ellos, aún desconocido, lo que lo salvó de perecer. La semilla, aunque casi le arrebató la vida, abrió su mente a un entendimiento profundo, algo que los monjes cristianos llaman “leer el corazón”. Fue entonces cuando Atonatiuh supo que, aunque el rechazo y la pérdida lo acompañarían, también lo harían la revelación y la inmortalidad.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes