F0478 · —¿A dónde quieres llevarme? ¿Me han vendido? —pregunté.

—¿A dónde quieres llevarme? ¿Me han vendido? —pregunté.

Me miró muy triste. Se hincó y me abrazó y luego, sacó de un costal de tela unas sandalias y me ayudó a ponérmelas. Salimos fugitivos de la tienda cubiertos sólo por una manta que terminamos de colocarnos mientras caminábamos. Había una luna muy clara en el cielo. Hacía frío, salía vapor de nuestras respiraciones. Jamil se detuvo un segundo. Cantó el gallo. Jamil me tomó la mano y comenzó a caminar conmigo hacia la montaña. 

—¿A dónde vamos? —Le pregunte, pero ella no decía nada.

Subimos por una vereda y aunque se escuchaba el ladrido de los chacales no tuve miedo. Estaba más bien enojado.

—Espera, ni siquiera me has dejado lavarme en el río —grité—¡No soy un niño!—. Ella volvió a tomarme por las muñecas, me miró a los ojos, se quitó el velo para que pudiese ver su cara desnuda y reprochó:

—Quiero que sepas, Farid que ya nunca nos volveremos a ver.

Me quedé helado, pero traté de negarlo.

—Cuando sea esclavo… 

Me acarició la boca y me di cuenta de que tenía las manos manchadas de sangre.

—Tú no naciste para ser esclavo, Farid. Tú eres un druso, eres libre, eres un musulmán.

Me hinqué yo también para abrazarla porque, aunque estaba muy enojado, me conmovía que hubiese comenzado a llorar.

El sueño se fue de un golpe. 

—Vámonos de aquí —decía Jamil en voz muy baja.

Olía agrio su aliento, los ojos brillaban con la luz de la antorcha que llevaba en la mano derecha. Con la otra me estaba zarandeando. No hubo tiempo de digerir el sueño del hombre con casco y crines de caballo. Mi madre me estaba jalando fuera de la cobija de piel de carnero. 

—¿A dónde quieres llevarme? ¿Me han vendido? —pregunté.

Me miró muy triste. Se hincó y me abrazó y luego, sacó de un costal de tela unas sandalias y me ayudó a ponérmelas. Salimos fugitivos de la tienda cubiertos sólo por una manta que terminamos de colocarnos mientras caminábamos. Había una luna muy clara en el cielo. Hacía frío, salía vapor de nuestras respiraciones. Jamil se detuvo un segundo. Cantó el gallo. Jamil me tomó la mano y comenzó a caminar conmigo hacia la montaña. 

—¿A dónde vamos? —Le pregunte, pero ella no decía nada.

Subimos por una vereda y aunque se escuchaba el ladrido de los chacales no tuve miedo. Estaba más bien enojado.

—Espera, ni siquiera me has dejado lavarme en el río —grité—¡No soy un niño!—. Ella volvió a tomarme por las muñecas, me miró a los ojos, se quitó el velo para que pudiese ver su cara desnuda y reprochó:

—Quiero que sepas, Farid que ya nunca nos volveremos a ver.

Me quedé helado, pero traté de negarlo.

—Cuando sea esclavo… 

Me acarició la boca y me di cuenta de que tenía las manos manchadas de sangre.

—Tú no naciste para ser esclavo, Farid. Tú eres un druso, eres libre, eres un musulmán.

Me hinqué yo también para abrazarla porque, aunque estaba muy enojado, me conmovía que hubiese comenzado a llorar.

No hubo tiempo de digerir el sueño del hombre con casco y crines de caballo. Jamil lo arrastró fuera del cobertizo. Y se fueron corriendo hacia el desierto. Había una luna muy clara en el cielo. Hacía frío. Salía vapor de sus respiraciones. Jamil se detuvo un segundo. Sacó de un costalito de tela unas sandalias y ayudó a su hijo a colocárselas. Cantó el gallo en el campamento. Jamil volvió a tomar la mano del muchacho y corrieron lejos del campamento.

—¿A dónde quieres llevarme? ¿Me han vendido? —pregunté.

Me miró muy triste. Se hincó y me abrazó y luego, sacó de un costal de tela unas sandalias y me ayudó a ponérmelas. Salimos fugitivos de la tienda cubiertos sólo por una manta que terminamos de colocarnos mientras caminábamos. Había una luna muy clara en el cielo. Hacía frío, salía vapor de nuestras respiraciones. Jamil se detuvo un segundo. Cantó el gallo. Jamil me tomó la mano y comenzó a caminar conmigo hacia la montaña. 

—¿A dónde vamos? —Le pregunte, pero ella no decía nada.

Subimos por una vereda y aunque se escuchaba el ladrido de los chacales no tuve miedo. Estaba más bien enojado.

—Espera, ni siquiera me has dejado lavarme en el río —grité—¡No soy un niño!—. Ella volvió a tomarme por las muñecas, me miró a los ojos, se quitó el velo para que pudiese ver su cara desnuda y reprochó:

—Quiero que sepas, Farid que ya nunca nos volveremos a ver.

Me quedé helado, pero traté de negarlo.

—Cuando sea esclavo… 

Me acarició la boca y me di cuenta de que tenía las manos manchadas de sangre.

—Tú no naciste para ser esclavo, Farid. Tú eres un druso, eres libre, eres un musulmán.

Me hinqué yo también para abrazarla porque, aunque estaba muy enojado, me conmovía que hubiese comenzado a llorar.

No hubo tiempo de digerir el sueño del hombre con casco y crines de caballo. Jamil lo arrastró fuera del cobertizo. Y se fueron corriendo hacia el desierto. Había una luna muy clara en el cielo. Hacía frío. Salía vapor de sus respiraciones. Jamil se detuvo un segundo. Sacó de un costalito de tela unas sandalias y ayudó a su hijo a colocárselas. Cantó el gallo en el campamento. Jamil volvió a tomar la mano del muchacho y corrieron lejos del campamento.

—Mira. 

Jamil sacó del costalito una caja con monedas de oro. 

—Vamos a largarnos. Somos drusos. No pertenecemos aquí. 

—Estoy cansado. 

Jamil le dio una bofetada. Nunca le había pegado. Farid abrió los ojos, completamente sorprendido. 

—No lo olvides. No quiero que nunca lo olvides. 

—Somos drusos —repitió el muchacho. 

Se miraron un rato largo, el vaho de sus respiraciones era cada vez menos. Está amaneciendo. 

—Quiero que me jures que siempre serán un hombre libre. 

—Si. 

—Quiero que lo jures. 

—Lo juro.

El sol despuntó y ellos todavía caminaban por el desierto. 

——Jamil estoy cansado. 

Jamil volteó para ver el camino largo que habían recorrido. 

——Ya deben estar buscándonos ——dijo. 

Luego se agachó. Puso sus ojos a la altura de los ojos del niño, como siempre que le decía algo muy importante. 

——Somos drusos, Farid. Quiero que sepas eso. Que nunca lo olvides. 

——Pero estoy cansado. 

——Los drusos somos hombres y mujeres libres. 

——Quiero regresar. 

Jamil le dio una bofetada. Nunca le había pegado. Fue tal su sorpresa, que Al-Farid no lloró. La miró con la boca y los ojos abiertos. 

——Quiero que jures que siempre serás un hombre libre. 

Farid trató de reconocerla. Le pareció una extraña. No dijo nada. Entonces, Jamil lo tomó por los hombros y lo zarandeó:

——Júralo, Farid. Júralo por el único Dios. 

Abdel Al-Farid abrazó a su madre. 

——Lo juro, Jamil. Te lo juro, pero no vuelvas a pegarme. 

Jamil se levantó. Lo tomó de la mano y siguieron caminando.

Mohamed se quedó dormido. Soñó con el señor de la guerra en batalla con un Dios de armadura de cuero y crines de caballo que le llegaban al hombro. Músculos terribles asomaban fuera de su armadura de cuero.

A partir de ese momento Farid caminó más tranquilo. Estaba convencido de que volvería a suceder el milagro del Rey Serpiente. Ella aceptó que pudiese ser verdad lo que yo había dicho. No lo de volver porque ya era imposible. Era verdad que para salvarme no era necesario ni volverme cristiano ni ser libre o hakemita. Me tomó la cara y me dijo que desde que era yo muy niño había tomado siempre las cosas o demasiado a broma o demasiado en serio. Me pidió que prometiese por todas las reencarnaciones del profeta que no la olvidaría y que un día trataría de peregrinar a La Meca. La exterior o la interior. No importa.  Lo entendí entonces. Nunca volvería a oler su cabello de olor a almizcle. Hákim amaba a este sirviente y se puso a llorar, pero él le dijo. No llores, joven príncipe. Las lágrimas salan la tierra. 

Le aseguró que nos veríamos en la última de nuestras reencarnaciones. Lo recordaríamos todo y volveríamos a disfrutar de aquel desayuno de pan y aceite y él volvería a preparar leftaliás para el hijo del señor de la guerra. 

—También volverás a ver a tu hermana —le dijo y en el camino le habló de un hombre que habí. 

Con esa esperanza, Farid caminó hacia Roma, la ciudad del pagano. Se había convertido en un huérfano y le dolía no haberse quedado en Egipto para enterrar a su padre porque, después de su hermana a él, a, a su padre era a quien más había amado.

Aquella madrugada mi madre me zarandeó. Yo había estado soñando con Hákim, el señor de la guerra. Los músculos le asomaban fuera de la armadura de cuero tenía un casco con crines de caballo que le llegaban al cuello. Pensé que estaba teniendo una visión, pero mi madre me ordenó que nos fuésemos. Tenía ya preparada para mí un hato y sus ojos brillaban con la luz de la antorcha que blandía con la mano derecha. Salimos hacia la Bahía y no se me ocurrió que, como me había dicho el ángel, todo se acabaría tan rápidamente. Mi madre me calzó las sandalias, me ayudó a calzarlas porque dijo, subiríamos la montaña. Estuve a punto de preguntarle que a dónde íbamos pero cantó un gallo. Deben haber sido las cuarto de la mañana. Ella me tomó de la mano y escapamos del campamento.

Paulo levanta la tela que cubría la tienda. En la inmensidad del desierto, corre con un adolescente. Las tiendas iluminadas por dentro, parecían parecen anaranjadas y magenta. La música de un laúd se mezcla con el sonido de los chacales. El gemido de la intimidad se mezcla y el viento que golpea contra las telas que estremece la fogata.

—Jamil 

Entonces, el señor de la guerra llama a la madre de Mohamed. Discutieron. Escuchó la palabra Damasco. Cuando volvió Jamil, estaba llorando. Supo que la habían azotado. No quise que te fueras, le dijo y lo abrazó. Mohamed le tocó con mucho cuidado las heridas. ¿Te duele? Si. Hubiera querido lamerlos. Ese hombre, preguntó Mohamed, ¿es mi padre?

Farid cerró los ojos. Sabe que están escapando, pero no sabe de qué. Y sabe que es peligroso. Que el cristiano y él se están jugando la vida. Se dejó mecer por el golpeteó con el cabello de su madre y el olor de su sudor se le metió en los pulmones. Y escuchó el ruido del desierto y miró dentro de sí, en la oscuridad, el rostro del Rey Serpiente porque en un instante se había puesto a soñar. 

En la tienda, el Señor de la Guerra había terminado las discusiones. Habían convenido un precio. Caminaron hacia la tienda de Jamil y cuando la abrieron, encontraron que estaba vacía. 

Medio dormido, el niño escuchó el grito de su padre. Resonaba amenazador y en sueños era la voz del Rey Serpiente. Jamil corrió con el niño a sus espaldas. Se lanzó por el camino contrario al soco porque supo que por allí vendrían a buscarla los vendedores de esclavos. Su idea era viajar a Damasco donde pensó que tal vez encontraría al espíritu de Hakem, el único, el poderoso. En el camino de Damasco también Pablo encontró a Dios.

—¿Me cuentas la historia del Fey Serpiente?

Jamil mecía al niño que buscaba su pecho, le habló de una guerra que tuvo lugar en el desierto, muchos años atrás. Fue una guerra, según dijo, que libraron las serpientes contra los hombre fieles a Dios.

Hace muchos años hubo una guerra entre hombres y serpientes. El rey serpientes había dominado a todas las bestias del mundo, pero estaba enojado porque los hombres no le rendían tributo. Estaba celosa la serpiente de la compañía que se hacían el primer hombre y la primera mujer. Vivía disfrazado ocultándose de nosotros y de sí mismo. Iba dejando sus máscaras hechas de pieles que se despegan. Iba dejando en el desierto como un despojo su cuerpo. 

Farid había sobrevivido a la mordida de una serpiente y desde que estuvo tan enfermo y afiebrado ella no había dejado de amarlo.

—En aquel tiempo —le decía su madre— las serpientes no se arrastraban como ahora. Eran altas como los hombres, tenían brazo y pierna. Hablaban entre ellas con un siseo. Robaban a los hijos de los hombres para devorarlos. Y los hombres eran ciegos y sordos, no sentían y n sabían nada. Las serpientes entraban en el campamento de los hijos fieles de Dios y engullían a los recién nacidos.

El rey serpiente estaba celosa de la compañía que se hacían el primer hombre y la primera mujer. Se ocultaba también de sí mismo. Iba dejando en el desierto un despojo de su cara. La serpiente era grande y tenía garras. Entraban ella y sus huestes. Eran altivas, tenían armas y corazas y con una sonrisa grande mataban a los recién nacidos.

En aquel tiempo no había música. Los ojos de los hombres estaban cerrados y todos éramos esclavos de la serpiente. La piel se nos iba cayendo en el desierto y no sabíamos de nuestra desnudez.

En el valle, donde el campamento se extiende en focos de colores.

Cuando la serpiente estaba a punto de destruir 

Subimos la colina. Apenas tuve tiempo de mirar al campamento allá abajo. Las tiendas se iluminaban con distintos colores y en la bahía en la que aprendí a nadar la luna iluminaba el mar verde en que mis hermanos y yo nos sumergíamos buscando tesoros. Me pareció verlos todos desde allá arriba. Eran solo nostalgias porque me sobresaltó la visión de una flota militar. Eran ellos, los turcos quienes habían lanzado el cañonazo que aquella tarde nos sobresaltó cuando nadábamos por entre los corales. Acechaban la isla. Mi madre fuimos por donde van los lobos, pero no tuve miedo. Mi madre comenzó a explicarme lo que había sucedido. Hákim se negaba a que escapáramos. Estaba convencido de que podría pactar con los jefes turcos o venecianos. Quien quiera que se quedase con nuestra bahía. Mi madre y yo sabíamos que los turcos no nos permitirían vivir junto a ellos porque nosotros creemos en la reencarnación de Hákim y no en la dinastía del profeta. Para ellos no tiene importancia que también nosotros oremos dirigidos a La Meca y tengamos todo nuestro amor puesto en Alá.

Siguió un camino muy largo subieron la montaña donde le dijeron que vivían los monos, pero el griego le dijo aquí dicen que vivió Adán. 

Cada paso en el desierto es un nunca. Nunca vas a volver atrás.

El Griego se quedó dormido y Farid pensó que escaparía. Incluso pensó en matarlo, pero su padre le había dicho, sigue los mandamientos y aún no tenía razones para dudar en todo lo que le había dicho. Los vio a sus dos visiones. Al ángel y a la vieja. 

 las chozas iluminadas por dentro, parecían parecen anaranjadas y magenta. La música de un laúd se mezcla con el sonido de los chacales. El gemido de la intimidad se mezcla y el viento que golpea contra las telas que estremece la fogata.

—Jamil

El ángel sonrió. De Farid amaba su orgullo, su dignidad. Parado ahí en lo alto del risco parecía otro pequeño ángel. Y lo vio. Se miraron. El tiempo suficiente para que Farid se hiciera consciente de que no estaba soñando. Miró los colores, como si por primera vez los viera, el rojo y el azul, el amarillo, el magenta. Había colores cuyos nombres no sabía. Tuvo que inventarlos. El color de la Luna nostálgica que se levantaba detrás de él, en el risco y que le daba un insaciable deseo de grandor y pureza. Comenzó a cantar. La creación se mantuvo en silencio. Para que él le pusiese nombres a todas las cosas.

Se puso a cantar. Como cantaría en Constantinopla, en la caída de México Tenochtitlán, en el fin del mundo. 

Al día siguiente, después de beber el té de la mañana, sentamos sobre un trozo de tela con la simplicidad con la que me tendía en la playa con los hijos de los pescadores. Pasaron las nubes y se encendieron las estrellas.

—¿A qué va un druso a Agia Sofía? —pregunté.

—Para volverse monje.

—¿Quieres que me vuelva cristiano?

Jamil, mi madre, se incorporó. Me tomó por los hombros y dijo:

—Prométeme, Farid, prométeme que algún día irás a La Meca y que siempre serás un buen musulmán.

—¿Cómo quieres que sea monje cristiano y fiel musulmán?

Jamil lanzó una carcajada. Me abrazó. Me atrajo hacia su pecho y dijo:

—No lo sé. Es verdad, no sé.

Nos quedamos callados otro rato largo y luego pedí:

—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?

Bajábamos de la colina y arriba, en el campamento se quedaba el aullido de lobos. Yo preguntaba a mi madre si eran soldados del enemigo. Aquí, en Chipre, están mis primeros recuerdos, en esa playa que hoy es un puerto en que los niños se lanzan al mar desde un pesquero en que ondea la bandera turca, es un mar calmo y verde azul, muy salado y claro;  tanto que desde la superficie se miran los peces y las monedas de todos los imperios que cruzaron de oriente a occidente en busca del lugar donde se pone el sol. Nicosia, Bahía del Apóstol, Famagusta, el puerto en que lucharon griegos y turcos, la ciudad del rey bastardo que nos permitió escapar de Damasco y asentarnos en la isla de Bernabé, hijo de la exhortación y amigo de Pablo. Muy niño aprendí que los venecianos nos habían permitido asentarnos ahí porque ellos, como mi padre son Hákimitas. Creen en la esclavitud y no en Cristo, creen en la reencarnación y no en el cuerpo glorioso. Yo también creo en la reencarnación, la sé y sin embargo también sé que cuando Él vuelva le regalará a esta piel tan cansada un cuerpo en el que nunca tendré miedo. Seré feliz. En aquellos años yo podía llamarme también Hákimita sin faltar a la verdad: deseaba, más que cualquier cosa, ser un esclavo. Hay muchas formas de esclavitud, como sabes y todas las he vivido en estos quinientos años en que Dios no me ha llamado a la cueva del ónix y la resurrección. Tenía once años, pues, y en el atardecer de la playa de Héctor, cuando los mosquitos comenzaban a picar, me solazaba mirando en lo alto cómo se encendían las antorchas del campamento. Eran globos de muchos colores, amarillos y azules, una guitarra y el canto de las mujeres que rezan al sol. LA CUEVA EN LA MONTAÑA ES LA CUEVA DE ADAM QUE ES LA CUEVA DEL SIN OLVIDO EL LETEO 

por los que el viento borra las huellas en la arena y el grito del Señor de la Guerra se fue perdiendo a lo lejos porque caminaban en sentido contrario. Hacia el soco donde necios habían pensado que ella se iba a refugiar. 

El Uno se regocija en el canto llano y, a un tiempo, sigue a Jamil y Farid. Detrás del alminar más alto de Damasco los mira también Al-Debarán, la estrella vehemente que persigue a los peregrinos. En las manos de Dios están los confines de la tierra. Él cuida a los suyos, aquí y en lo alto de las montañas.

Camino de Damasco, Pablo cayó cegado ante la imagen de Dios. Es una ciudad sagrada para árabes y cristianos y es también, la capital más vieja del mundo. Tiene sesenta siglos sobre el desierto. Mucho tiempo para Farid, que en 1451 tiene siete años y no ha sido bautizado. 

Al-Farid, en aquel tiempo se llamaba Abdel Al-Farid, que significa Sirviente de quien todo perdona. No recuerda haber ido más allá de la colina donde el souq en el que las mujeres compraban telas y perfumes. Al-Farid no ha escuchado nunca la voz Farid ni sabe lo que es el bautizo ni le preocupa la redondez de la tierra. No conoce el sabor del castellano ni sabe la existencia del mar, ni la música, ni Jesús, ni México, ni el sonido de la palabra catedral. 

Para Al-Farid que tiene cinco años, decir más de veinte es como decir todo el tiempo del mundo. 

Jamil lo baña y le besa el cuerpo en un río muy cerca de la casa del hombre musculoso que en las noches regañaba a Jamil: 

——No consientas tanto a ese niño, que lo vas a volver afeminado. 

Al-Farid se metía en el regazo de su madre. Se dejaba acariciar por ella y creía firmemente en todo lo que decía. Tanto, que algunas de las cosas que le dijo, todavía las sigue creyendo. Todavía tiene esperanza, por ejemplo, en que Jamil haya renacido como el perro que mataron los niños. Que haya renacido la muchacha que lo bañaba en el río, hija ya de un gran conquistador. Espera que todavía le gusten los pasteles con polvo blanco. Espera disfrutarlos con ella, tendido a sus pies renacido, tal vez, en el cuerpo de un monito verde que será su única mascota. Imágenes. El sabor de los pastelitos en Damasco, por ejemplo: la almendra al centro y el crujido de la masa que se desmorona en la lengua y arrastra un manantial de sensaciones que vienen una detrás de la otra: almendra, sal, miel, muerte, polvo, perro, piedra, castración.

Abdel Ghaffâr, que significa Sirviente de quien todo perdona, no fue nunca más allá de la colina donde se ponía un mercado lleno de perros. No ha escuchado nunca el nombre de “Farid” ni piensa que hubiese forma de desposar un nuevo nombre con un rito de agua. Farid no sabe que la tierra es redonda y el castellano no existe. No existe todavía el mar ni la música ni Jesús ni México ni el sonido de la palabra catedral.

La luz del sol camina muy lento sobre la piedra en la calle.  Las hormigas se esconden a su paso.   La ciudad comienza a llenarse de ritmos que golpean a destiempo, mujeres que caminan, judíos y nazarenos que negocian bajo el ojo protector del soldado otomano. 

Lenta pero severa y caliente el sol despierta a Farid que se frota los ojos. ¿Dónde estamos? ¡Ah! Damasco. 

Jamil ya se ha levantado. Conversa en el establecimiento de enfrente con un pastelero de cuerpo alargado. En cuanto ve que Gaffar se despierta, Jamil viene junto a él. 

——Toma. 

Le entrega un dulce de granada.

Abrí los ojos en una espaciosa caverna de paredes oscuras. Eran de ónix de las que emanaba una luz natural. Me sentí protegido en ese paraíso terrestre en el que no es necesario cargar el peso del cuerpo. Las rocas calcáreas se habían vuelto candelabros de luz. Al centro de la caverna había una pequeña laguna alimentada de arroyos tintineantes.

            —Ven —ordenó el ángel—. Come Aléteia.

            Me ofreció una manzana verde. Y se me abrieron los ojos. En mis torrentes entró la inmortalidad.

            —Bebe del río —dijo el ángel.

            Tuve miedo, sobre todo porque habiendo comido la manzana verde de la aléteia tuve el conocimiento del bien y del mal. Una cosa es estar acostumbrado a los prodigios y otra muy distinta mirar el río del sin-olvido en el que se calma toda la sed que produce entender la verdad.

            El ángel, impaciente con mis dudas cogió mi cabeza y la sumergió en el río Leteo. Adentro abrí los ojos. Vi al fondo las ondinas que cantaban canciones que aprendieron de Dios antes de la creación del tiempo. Abrí la boca para cantar con ellas, pero en lugar de cantar, bebí.

            Todo esto lo recordé muchos años después, en otra extraña aventura que tal vez tendré tiempo de contarte. Cuando el agua del Leteo me llenó la boca, vi la luz, el soplo, la tierra, el parto. Sentí olores: leche, cabras, sebo, sudor, ruido y llantos. “Escucha Farid, la historia del Rey Serpiente.” Llanto. “!Que comas, te digo!” Una risa y por fin “!no! Había vuelto a nacer.

Recostado en el pecho del Ángel, el hammam se transformó en una caverna que tenía al centro una alberca de agua color esmeralda.  

            —Ven hacia aquí —dijo La Virgen—. Y bebe.

            Farid se inclinó para beber. Lo rodearon toda clase de seres misteriosos  y bebió como un perro. Entonces, miró alrededor de él a toda clase de seres misteriosos, pero divinos que bailaban entorno a misterios que nunca serían develados.

Su corazón batió tan rápido que supo que iba a morir. Y no le importó porque se sentía cansado. De tantas persecuciones de tantos amores, de haber vivido tanto a pesar de ser tan pequeño. Se miró a sí mismo en la biblioteca del apóstol, cantando. El El lago se transformaba en todas las ciudades que conocería, jardines, fuentes y naranjales. En uno de ellos miró a La Virgen de la Tribulación. 

            En el cieno del río encontró una caja en la que estaba todos los tesoros del mundo. Era tu pecho y en ellos toda la sapiencia de Dios, el nombre de los astros y el nombre de todas las piedras. Los nombres ahí, al fondo del mar, se transformaban en voz y la voz se transformaba en palabra y habiéndome apoderado de la joya de la música que es salmo y es rezo, yo levantaba el vuelo hasta el fin del mundo. Quedó atrás el rugido del dinosaurio, el primer asombro, el héroe,

guerras y guerras que traen aquí. Quedó atrás el milagro del esclavo del Centurión y Roma. Cruzó el desierto, la 

 Roma y Constantinopla eran engullidas por el mar y Farid tenía que viajar más lejos, hasta una ciudad en la que volaban las garzas blancas: México.

            —No tengas miedo, no morirás.

            Farid sonrió. No hay frase de amor más grande. No morirás. Se recostó en su pecho y murió, si bien, claro, no murió.

Cuando uno sabe que va a morir duelen más las despedidas que el pecho. Me bañó una cascada de tiempo a través de la cual pude ver que Juan se había incorporado sobre su cama. Teófilo decía mil cosas, me hablaba movía la boca y luego volvía a escribir indeciso entre mirar o narrar. “Santo de olores amargos, querido Teófilo”, pensaba yo, “voy a extrañar el verde del te de la prisión, el pan y el vino. Voy a extrañar tu sermón bobo y profundo y aún la almohada de piedra que usaba cuando tú te metías al baño a cagar.”

Detrás de la ventana hay un mar color de violeta, tus ojos.

Farid sube al caparazón de una tortuga y cruza el océano.

Pelícanos música.  

—Pronto despertarás —dijo el ángel. 

            Farid se miró a sí mismo siendo parido, aprendiendo a decir mamá; sintió en la lengua el sabor dulce de un piñón y el placer de ser bañado en agua ligeramente caliente. 

            —Despierta —dijo el ángel.

            —Ahora entiendo —contestó Farid sonriendo—. Eres Dios.

            Y despertó.

Miraba las ciudades del nuevo mundo y a los habitantes de Cipango y Catay. Toda la geografía que había aprendido con Farid y todo el amor que había aprendido aquellos once años se resumían en esta ciudad que contenía todo aquello que no debe olvidarse. Alberto se vio a sí mismo siendo parido, cuando aprendió a leer, cuando peleaba con sus hermanos. Sintió en la lengua el sabor de la leche Florián era lo que más amaba y al mismo tiempo lo que más odiaba. Cuando despertó supo que siempre había sido así. Lo mismo había sucedido con su madre, la amaba con la misma intensidad con que la odiaba y este contraste lo único que producía era una inc moda sensación de culpabilidad.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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