F0617 · 1521.13 — 1521, abril 9 — Tlaxcala, tarde La escena en la que Farid canta en bodas y bautizos dentro del

Roberto había recibido la carta con el sello lacrado al amanecer. Las palabras estaban impregnadas de una urgencia que parecía atravesar el tiempo: le pedían que viajara a México. La evangelización en Veracruz había sido un éxito, y ahora necesitaban alabarderos que encabezaran las liturgias con música, ese arte que transformaba corazones con más eficacia que cualquier sermón.

Habían llevado a Farid a Tlaxcala, a la corte de Xicotencatl, donde las tensiones entre el orgullo indígena y la imposición de las nuevas costumbres cristianas eran palpables. Allí, bajo el sol inclemente y las miradas inquisitivas de los nobles tlaxcaltecas, Farid había cantado. Sus cantos, resonantes y profundos, llenaban bodas y bautizos, mientras los indígenas pedían al obispo que entonara el Ave María o los salmos de acción de gracias.

Roberto lo observaba con orgullo, admirando cómo la voz de Farid podía unir mundos opuestos. En los momentos de intimidad, lo hacía recortar su cabello hasta el ras, para que pareciera más joven, más inocente. Farid sentía aquella devoción como una mezcla de afecto paternal y posesión, y aunque a veces le inquietaba, la aceptaba sin cuestionamientos.

—Pronto iremos a Puebla —le dijo Roberto una tarde—. Es una ciudad que los españoles han fundado en el camino entre Veracruz y México.

Farid no entendía del todo por qué debían marcharse, pero escuchaba atento. Sabía que en Tlaxcala algo más profundo estaba sucediendo. Los rituales antiguos, dedicados a dioses expulsados del paraíso, comenzaban a renacer. Las historias de Uxumuco y Cipáctonal, amantes cuyo deseo había disgustado a los dioses, corrían como un susurro en las calles.

Mientras tanto, la nobleza mexica, lejos de los preceptos cristianos, continuaba entregándose a sus placeres. Los palacios se convertían en escenarios de encuentros clandestinos; las descendientes de Moctezuma coqueteaban con descaro, desafiando las expectativas de sus esposos castellanos. Los conquistadores, otrora vencedores, comenzaban a ser tratados como vulgares intrusos en una sociedad que los toleraba con desgano.

Farid, Juan y la traición

El agua corría con un murmullo hipnótico alrededor del acueducto. Farid, de pie, había dejado que sus pies se hundieran en el frescor líquido. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos lo invadieran: las manos de su madre lavándolo antes de rezar, el aroma del pan recién horneado, una dracma encontrada en la arena años atrás. Por un instante, había sentido una felicidad pura, pero pronto llegó la tristeza, como una sombra inevitable. Aquello que amaba no volvería jamás.

Cuando regresó al interior, fue conducido a una habitación donde Jorge Estévez, en bata de seda china, lo observaba con una mezcla de admiración y lujuria.

—Es cierto lo que dice Cornaro —dijo el hombre, su voz cargada de ironía—. ¡Qué hermosos sois!

Farid entendió entonces que había sido traicionado. Miró a Juan, su antiguo amado, con incredulidad y dolor. Todo estaba claro: Juan lo había llevado hasta ahí, dispuesto a entregarlo como un esclavo, capaz de cumplir cualquier favor que le pidieran.

—Desnúdense —ordenó Estévez.

Farid supo en ese momento que Juan jamás había estado con la princesa Comneno. Los celos lo habían transformado en un enemigo, y ahora Farid no sentía más que un vacío gélido entre ellos.

La misión de Cornaro

Años después, Cornaro, un mercader italiano con intereses en Veracruz, había llamado a Eneas, otro joven esclavo de la casa, para encomendarle una misión.

—Te acompañarás a Tlaxcala —le dijo—. Allí tendrás una reunión con Hernán Cortés y te encontrarás también con el señor Estévez.

Eneas, lleno de orgullo, aceptó la tarea. Se había convertido en el favorito de la casa, y aquella misión confirmaba su posición privilegiada. Ordenó a un sirviente que preparara sus mejores ropas: un sombrero adornado con una pluma turquesa, mallas de seda blanca y el arete que había recibido como prueba de amor de una dama de la casa. No se despidió de la abuela Inés, sabiendo que no necesitaba palabras para asegurarle su lealtad.

Identificación del capítulo y fecha:

• Capítulo II-3

Fecha: 1520-1521

Inconsistencias históricas:

1 Tlaxcala y la evangelización: Aunque Tlaxcala fue un punto clave en la historia de la conquista, los detalles específicos sobre el resurgimiento de rituales prehispánicos podrían requerir una mayor precisión histórica.

Personajes como Cornaro y Estévez: Los nombres y roles de estos personajes parecen más simbólicos que históricos, lo que podría interpretarse como una licencia narrativa.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes