F0597 · —Te gustará La Casa de Dante —había dicho Fabricio.

Aquella noche, después de Completas, Alberto se aproximó a Fabricio. Le dijo que en una semana se iría. Seguiría siendo un diácono, según le dijo Lionel, por lo pronto quedaba suspendida su ordenación. Fabricio se sorprendió con la noticia casi tanto como Alberto pero trató de ocultarlo para que no se le notara ni la tristeza ni el miedo. Durante once años no había tenido otro amigo, nadie con quien hablar de las cosas que en realidad le interesaban: la política romana, el devenir del mundo, el futuro de herejías como las de Savonarola cuya carta Tristitia obsedit me, los dos monjes habían leído y comentado en secreto. Caminaron en silencio por los jardines del convento y se perdieron por el lugar de los naranjales. Era el camino de tierra roja que conduce a la Virgen de las Tribulaciones y al mirador. No se dijeron nada. Se quedaron en silencio mirando a la ciudad y a la Virgen como habían hecho nueve años atrás cuando Alberto, desolado, vino a vivir a San Onofre. Y como aquella vez, el joven novicio se recostó en el pecho del maestro de coro y lloró. Escuchaba el latir del corazón de su hermano de modo similar a como Juan había escuchado durante la Ultima Cena el corazón de Dios.

Aquella noche Alberto no pudo dormir. Daba vueltas sobre su estera y todo lo sucedido se mezclaba en una imagen única, extraña, el batir del corazón de su hermano, la fama de Jorge Comneno el creador de grimorios y el ahorcado junto a la Virgen de las Tribulaciones. ¿Un alquimista? Se preguntó. ¿Qué es un alquimista? Como todos los hermanos en San Onofre había escuchado hablar de la Casa de Dante. ¿Le había gustado conocer el castillo? Tenía un aspecto malévolo. Y había fama de que aquí se reunían toda clase de personajes que, se sospechaba, conjuraban para poner y quitar cardenales. En realidad en este sitio se reunían con la puntualidad de los herejes cada jueves magos y cartógrafos para conjurar en contra de la religión. Y habían conseguido por fin colocar uno de ellos en el trono papal. Alejandro VI había sido visto en la Casa de Dante. Alberto no pudo evitar sentir curiosidad y un poco de orgullo ante la idea de que pronto pertenecería a este grupo selecto de conspiradores. Como sirviente, claro, como cantante, pero podría verles las caras.

—Te gustará La Casa de Dante —había dicho Fabricio.

Alberto no contestó. Sabía, como todos, que viviría como un noble, pero Alberto no estaba seguro de que en ese momento de su vida eso era lo que deseaba. 

—El padre Lionel desea, sin embargo que te prevenga contra las ideas heréticas que pudiesen haberse introducido en nuestra orden.

—Hermano —preguntó Alberto— ¿has sido tú quien ha pedido que me vaya de aquí?

Fabricio se levantó de un salto. Se sentía triste y ofendido. Y era una mezcla tan extraña de sentimientos que no sabía como controlarlos. Estuvo a punto de llorar cosa que, por supuesto, hubiese considerado particularmente impropia.

—Por supuesto que no. Todo ha sido tal como te ha sido dicho: Jorge Comneno desea que te vuelvas músico en su capilla particular.

—Pero ¿por qué yo? 

—Todo mundo sabe que tú eres el mejor músico de los jerónimos.

Fabricio bajó los ojos.

—Puede que yo sea un buen músico y conozca el arte del contrapunto, Alberto, pero tu voz no la tiene nadie en la cristiandad.

Era mentira. Aunque en ese momento ninguno de los dos podía saberlo. Y se quedaron ahí, frente al icono bizantino pensando que era cierto. Que Alberto era el mejor cantante de Roma. A decir verdad, el mejor cantante de Roma volvía a la casa de Dante y volvía borracho. Era un muchacho árabe con los ojos color de aceituna. Montaba un hermoso caballo negro: Viento del diablo. El muchacho árabe era Farid y, esclavo de Jorge Comneno. Cabalgando por entre mendigos, borrachos y prostitutas, cantaba una pasacaglia vulgar. Y había sin embargo en ese sonido todo el futuro de lo que serían las folías. No sólo Colón había encontrado un mundo nuevo, los artistas y los músicos encontraban también territorios vírgenes que nadie hasta entonces se había atrevido a investigar. Y los borrachos y las prostitutas; los muchachos de la calle miraban admirados a este árabe que paseaba por entre ellos como un príncipe por la calle de los bastardos cantando como lo que era: el más grande cantante del mundo.

Y eso que el mundo, como habían demostrado los exploradores castellanos, aragoneses y portugueses era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Lo regaban cientos de ríos. Estaba lleno de dioses que se escondían en montes y cavernas. Dioses que fecundaban plantíos en pueblos que nadie en Roma hubiese podido imaginar.

—¿Qué es un alquimista?

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