F0655 · 1528.20 — 1528, noviembre, 3. Al caer la tarde. Ciudad de México. Farid inclinó la cabeza y besó el borde del

1528, noviembre, 3. Al caer la tarde. Ciudad de México.

Farid inclinó la cabeza y besó el borde del vestido de la marquesa con la reverencia con que un condenado besa la mano de su verdugo. Sus labios tocaron la tela con el temblor de quien reconoce su destino en el aroma de la seda y el peso de la mirada ajena. La mujer lo observó con una sonrisa apenas dibujada, la certeza de quien sabe que los hombres pueden ser poseídos sin necesidad de cadenas.

—Dicen que tienes una gran voz —murmuró, y Farid no supo si hablaba de él o de otro, de un fantasma que habitaba su cuerpo.

—Canta algo —ordenó la marquesa.

Se incorporó, tragó saliva, abrió la boca. Y cantó.

Siempre le sorprendía su propia voz. Como si no le perteneciera. Como si lo atravesara desde un lugar más allá de sí mismo. La marquesa sonrió.

Le dijeron que ahí viviría, que tendría comodidad, que recibiría un estipendio. Aunque fuera esclavo.

—Serás el maestro de música del heredero —le informaron.

Farid sintió que algo en su interior se desgajaba en silencio. Pensó en Roberto, en lo que le había dicho sobre la música, sobre la libertad. En lo que había escrito sobre la Virgen.

Había despertado enloquecido, con la fiebre de los sonidos devorándole el pecho. La música no era para expresarse; era para desaparecer en ella, para volverse el instrumento.

—¿Aceptas?

No era una pregunta. Era una orden. Farid asintió.

Había sido un niño obsesionado con los sabores. Luego, con el saber. Ahora, con los sonidos. Lo concreto cediendo a lo etéreo, el tacto al eco, la materia a la fe. Y eso lo estaba enloqueciendo. Sentía que algo se le trepaba por el pecho, una necesidad animal de huir, de arrancarse la piel y salir corriendo.

La marquesa lo notó.

—Sufres —dijo, con la calma de quien no espera respuesta—. No quiero que sufras. Aquí lo pasarás bien.

Se instaló en el palacio de los Estrada. Llegó hasta donde un esclavo podía llegar. Y no era suficiente. Le ofrecieron un trago. Lo bebió sin pensarlo.

Y después, escapó.

Tarde sobre la laguna, el agua café y verde, el cielo derramándose en llamas sobre el horizonte. Subió a una chalupa, se deslizó entre los canales, se internó en la ciudad líquida. Un muchacho indígena lo acompañaba. Al caer la noche, se bañó en la laguna. No tenía dónde dormir. Buscó refugio en un monasterio, en el límite de la tierra de nadie. Una enfermería, frailes atendiendo a los enfermos.

Al amanecer, escapó de nuevo.

Tomó rumbo a Cuautla. Preguntó por el camino. Lo miraban como se mira a los locos. Y quizás lo era. No sabía qué buscaba ni por qué huía. Pero huía.

Cantaba mientras andaba, siguiendo los senderos de los indígenas, viendo a los españoles que iban y venían entre Veracruz y la ciudad. Algunos ya llevaban la orden del marqués, el título de encomenderos, la certeza de su dominio.

Farid sudaba y pensaba. Era difícil caminar sin saber qué se quería.

Dos noches después, en un pueblo donde la guerra había dejado su firma en fuego y cenizas, se detuvo a beber en el río. Las casuchas ardían, los caballos patrullaban el desastre. Un hombre gritaba:

—¡Salgan todos! ¡Hay fiebre!

Soldados españoles y tlaxcaltecas mantenían el control. Eran más que los rebeldes, más que los indígenas. No eran salvadores, eran la peste misma.

—¿Dónde está el capitán del pueblo? —preguntó Farid.

Un soldado lo miró con desconfianza.

—¿Quién eres tú? Te he visto antes. ¿Eres uno de los muchachos del coro?

Farid asintió. No importaba. Apareció el comandante español.

—Este pueblo está infectado —dijo, como si la palabra bastara para dictar sentencia.

Un sacerdote daba misa en medio de la masacre. El Cristo de madera parecía mirar la escena con indiferencia. Los caballos comían entre los cadáveres.

Farid no se sintió horrorizado. No sintió nada.

Los soldados bebían. Un joven indígena aprendía a tocar la guitarra, el capitán español reía. Se asaban pedazos de carne de vaca y cerdo, traídos desde la ciudad.

—¿Cómo llego a Veracruz? —preguntó Farid.

—¿Tienes un ejército?

—No.

Rieron.

—Puedes atravesar el Chichinautzin. Si sobrevives, nos cuentas qué tal.

Farid tenía miedo de que le hicieran preguntas. Su acento griego lo delataba. Pero en la guerra, nadie preguntaba demasiado.

—Vamos al río de aguas sulfurosas —dijeron algunos soldados—. Dicen los indios que tiene poder.

Caballos y hombres se metieron en el agua, mientras la selva observaba. Farid los vio moverse bajo el cielo rojo. Un espectáculo por el que valía la pena morir.

Los indígenas huían a las montañas. Los caballos saltaban entre el lodo. Farid miraba sus crines, sus patas, su propia sombra reflejada en el agua. No sabía si recordaba o si soñaba.

Un joven indígena se le acercó.

—¿Conoces el pueblo donde apresaron a mi padre?

—Tal vez.

—Estos son los traidores —dijo el joven—. Quememos el puente.

El capitán español dio la orden. La guerra se tragó otro pueblo.

Farid vio la destrucción sin pestañear. Flechas incendiarias, disparos, cuerpos cayendo. La selva ardía.

No mató a nadie. Lo juró.

Pero sintió la violencia llenar su pecho como un fuego sagrado.

El capitán se sumergió en las aguas termales, riendo como un niño en un charco.

—¡Este pueblo tiene buen azufre! —exclamó, como si la guerra fuera solo un paseo.

Farid entendió, en ese instante, que llegar a Veracruz era atravesar un infierno en llamas.

Al amanecer, los refuerzos españoles llegaron.

—Estos indios han vivido en el engaño —dijo un soldado—. Pero tenemos escapularios para ellos.

Más fuego. Más destrucción.

—Capitán —dijo Farid—, quiero ir al norte.

—Llévate a este muchacho contigo. Que te sirva de guía.

Así consiguió a Ihulcatl, un joven indígena que lo condujo hacia la selva.

El río les ofreció su cauce. Evitaron los caminos de los hombres.

—Ese es Ehecatl —susurró Ihulcatl, señalando el viento entre los árboles.

—No. Los dioses han muerto —dijo otro.

Farid no respondió. Solo miró el río.

El agua reflejaba la noche.

El mundo seguía ardiendo.

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