F0591 · —No existe Dios, Alberto. No existe Dios.

Paseaba por un trigal en el que encontró a Farid semidesnudo, sangrante, iluminado por el color naranja del sol. A lo lejos escuchó un bramido. Era un toro que lanzaba cornadas por las calles pedregosas de la ciudad. Enternecido, Alberto se aproximó a Farid quien zurcía muy triste un sayo que se había deshilado: su sayo. Farid se sentía tan triste que tuvo miedo. Más cuando Farid levantaba la cara y le decía:

—No existe Dios, Alberto. No existe Dios. 

El monje despertó sudoroso. Aquella certeza, que Dios no existe, lo golpeaba con la misma fuerza con que lo había golpeado la consciencia de que ella, sin él era feliz. No sólo no había Dios. No había absolutamente nada en que existiese por fin y de una sola vez un para siempre. Se sintió solo. Se levantó y caminó hasta el scriptorium, talló la yesca y encendió una vela. Miró la sábana blanca sobre su cama. Así enredada parecía una serpiente, una suerte de cuerda que lo estaba invitando a colgarse. Se sentó junto a ella. Sólo. Sin sabiduría, ni Dios ni ella. A dónde se había ido la sensación de placer que había sentido un poco antes. Estarás en el mismo lugar oscuro en que se encontró su padre. Cerró los ojos y se miró a si mismo, colgado en las vigas. Creerían todos que se había arrepentido de los amores adúlteros, que por eso se había suicidado. Que crean lo que quieran, se dijo y por alguna razón comenzó a llorar porque supo que estaba enamorado, realmente enamorado de ella, de María de Solier. Entonces, de un golpe, sin que nadie hubiese podido preverlo, entraron dos hombres del marqués. Se aproximaron a él y le colocaron una capucha en la que se encontró de pronto como flotando en esta situación en la que sabía que se había metido. Comenzaron a golpearlo. Luis Méndez pidió a sus hombres que lo golpearan con violencia pero sin ruido y él extrañamente se sintió feliz. Ellos lo matarían. Cerró los ojos. Volvió a ver a Farid. Estaba ahora en el jardín de la Virgen de las Tribulaciones.

—No existe Dios —volvió a decir—. No tiene ninguna importancia que vayan a matarte.

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