F0189 · Farid, su eterno compañero, permanecía a su lado, su rostro iluminado por una tristeza que parecía eterna.

—¿Cómo se perdona lo imperdonable? —preguntaba Atonatiuh, años después, mientras contemplaba las ruinas de lo que una vez fue su hogar.

Farid, su eterno compañero, permanecía a su lado, su rostro iluminado por una tristeza que parecía eterna.

—No se perdona —respondió Farid con voz baja—. Se carga. Como un peso que nunca desaparece.

La decisión de Cortés de destruir la ciudad no había sido una explosión de ira ni una consecuencia de la batalla. Había sido un acto calculado, una forma de borrar el pasado y erigir un nuevo orden sobre las ruinas de lo antiguo. Pero en ese acto, algo más profundo había muerto.

—No fue solo una ciudad —continuó Atonatiuh—. Fue una idea. Un sueño. ¿Cómo pudo destruirlo?

Farid suspiró, su mirada fija en el horizonte.

—Cortés no veía una ciudad. Veía un obstáculo. Y para los hombres como él, los obstáculos no se admiran. Se eliminan.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes