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En cuanto llegaron a Burgos, el condotiero que había contactado a Isaac en Chipre los condujo a una hermosa casa que pertenecía a la condesa de Limonges. Ahí, Alessio durmió por primera vez en una cama rellena de plumas de ganso y se lavó la cara y el cuerpo, conoció la cerámica y los cubiertos, los espejos de azogue y otros utensilios que sólo usaban los nobles y que Farid, quien a pesar de su esclavitud parecía tan refinado, le enseñó a utilizar. Los condes asignaron a quienes serían sus huéspedes a tres sirvientes y no vinieron a conocerlos hasta el tercer día, cuando Isaac volvió de la primera reunión en el palacio. Alessio y Farid no tenían otra cosa que hacer que vivir la pereza de aquella vida de nobles, conociendo su pasado, escuchando las historias de la corte y las preocupaciones de los castellanos que temían que con la muerte de Isabel su país pudiese desmoronarse.