F0126 · Inés era delgada, de una belleza discreta pero contundente, con el…

Inés era delgada, de una belleza discreta pero contundente, con el cabello trenzado al estilo de Castilla, un hábito que había conservado desde los días en que compartió su vida con Luis. Luis Méndez de Sotomayor, su primer amante, había marcado su existencia con contradicciones profundas: el amor más significativo que había conocido, pero también la fuente de su mayor dolor.

Luis había llegado a Roma tras la guerra de sucesión en España, buscando refugio de un pasado plagado de intrigas y batallas. En esa ciudad, donde el aroma de los cipreses se mezclaba con la corrupción de los palacios, intentó reconstruir los fragmentos de su vida. Lo acompañaban Inés y su hijo, Garci, de apenas cinco años. Roma les ofrecía promesas que nunca se concretaban del todo, un espacio donde el tiempo parecía suspendido y las sombras de las traiciones acechaban constantemente.

El círculo en torno a Luis incluía al señor de Aguilar, Alfonso, quien había llegado siguiendo las instrucciones de un testamento que aún se conserva en la Real Academia de Historia. El documento, solemne y meticuloso, establecía que Alfonso debía ser tutor y protector de Garci, no solo de sus bienes, sino también de su integridad, en un mundo que se mostraba dispuesto a devorarlo.

Don Alfonso cumplió con esa promesa con la misma diligencia con la que terminó por convertirse en amante de Inés. Su relación, una mezcla inusual de complicidad y dolor, añadió nuevos matices a la compleja red de relaciones que rodeaba a Garci. Inés, consciente de los peligros que acechaban a su hijo, desconfiaba de todos: del navegante delirante que murmuraba sobre tierras lejanas, del paje cuyas miradas furtivas la inquietaban, y, sobre todo, del monje cantor que aparecía ocasionalmente en las cenas organizadas por Luis.

Fue en una de esas veladas cuando Inés conoció a Alberto. Luis lo había invitado para deleitar a los presentes con su voz, acompañado por el pequeño Farid, cuya interpretación del duduk llenaba el aire de melancolía. La música, como un lamento tejido con el aroma del vino y los murmullos de los asistentes, resonaba en el salón. Algo cambió en Inés aquella noche. La voz de Alberto, profunda y contenida, parecía tocar partes de ella que creía enterradas. Farid, con su mirada baja y su presencia etérea, añadió un misterio que no podía ignorar.

Mientras Luis continuaba con sus engaños, su relación con una mujer judía se convirtió en el epicentro de rumores. Las personas cercanas a Inés insistían en que debía denunciarlo, pero el odio que sentía hacia él no era un odio que buscara acción. Era un odio transformado en hielo. No deseaba justicia ni venganza abierta. Era algo más oscuro, algo que encontró inesperadamente en las pocas palabras y la voz serena de Alberto.

El monje cantor no era imponente, pero su presencia irradiaba una calma que Inés no sabía si detestaba o anhelaba. Sin darse cuenta, comenzó a pensar en él más de lo que quería admitir. No era amor, no todavía. Era algo más sencillo y más peligroso: una tregua. Alberto, sin buscarlo, se había convertido en un refugio para el alma desgarrada de Inés, atrapada entre la traición de Luis y su propio anhelo de encontrar algo que la redimiera.

A pesar de todo, su lealtad no estaba en juego. Cada acción, cada decisión, giraba en torno a proteger a Garci. Su hijo era el único legado que le quedaba de Luis, la única promesa de un futuro donde los errores del pasado no se repitieran. Mientras Roma seguía siendo un teatro de intrigas y pasiones, Inés avanzaba, paso a paso, con la certeza de que, al final, solo su hijo importaba.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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