Con cada paso que daba, Farid sentía la creciente necesidad de encontrar algo más allá de lo que veía. Había abrazado la idea de que el mar le ofrecería la paz que anhelaba, pero en el fondo sabía que la verdadera batalla estaba dentro de él.
En las noches, mientras la espesura lo envolvía y el murmullo de la naturaleza era su única canción de cuna, Farid hablaba en susurros a la Virgen de la Tribulación. Era un diálogo íntimo, una confesión que mezclaba esperanza y desesperación. Se prometía a sí mismo que no se detendría hasta alcanzar el horizonte, hasta encontrar el significado de su viaje.
Farid, el errante, se había convertido en un hombre en movimiento perpetuo, un espíritu que buscaba redención en cada paso, en cada amanecer, y en cada bosque que cruzaba. Su travesía era más que un camino; era un acto de fe, un intento desesperado de reconciliar su alma con el mundo que lo rodeaba.