F1166 · Hay música en la catedral de México Tenochtitlán. Un muchacho árabe…

Hay música en la catedral de México Tenochtitlán. Un muchacho árabe de quince años que se llama Farid se levanta en sus pies, cierra los ojos y comienza a cantar. 

El maestro de capilla recuperó el buen humor. Sus ojos volvieron a brillar como la primera vez que escuchó la voz de Farid. Se sintió, como él, un niño. La voz de Farid, en la Nueva España, era tan hermosa que los miembros del cabildo parecían borrachos pero sin perder la cordura, Estévez volvió a reír y Zumárraga se sentía también tan contento que tuvo tiempo de imaginarse la empresa de cambiar esta pequeña catedral que habían diseñado los conquistadores en cuanto cayó la ciudad. Pronto, se dijo, La Nueva España tendrá una catedral digna del emperador Carlos, digna de esta voz.

ATONATIUH CONFIESA Supongo que muchas cosas estuvieron equivocadas. Mi padre, Moctezuma trató de cambiarlo. Mi abuelo, Moctezuma, trató de cambiarlo. Pero los príncipes nunca lo dejaron. Le mintieron y eso fue la causa de toda esta revuelta. Los españoles llegaron… Comoun ángel exterminador, dijo Isaac. Un ángel exterminador que trajo la música.

FARID CONFIESA Ahora que me has dicho quien soy, dijo, dime tú quien eres. Soy un cantante y no recuerdo nada desde que hize desde que vi al encantador de serpientes. 

Me gustas, dijo ella. Por qué sonrióIsaac. Te que pensaba que le gustaba por su feminidad. Por eso, justamente por eso se sintió sorprendido cuando la esucchó decir, me gusta tu dignidad.

Se levantó y, aunque se caía de borracho, trató de bailar. El piso lo tentaba aproximándose a él, pero no pensó que fuese una sensación desagradable, al contrario, se sintió feliz en esta situación que le producía risa de sí mismo, una risa que se mezclaba con miedo y ganas de llorar. El piso entonces pareció levantarse y golpearlo en el pómulo que comenzó a sangrar.

Este es el mundo idílico que Farid encontraría entre los cimarrones el de quien baila al ritmo de la flauta mal afinada todo lo contrario del Encantador de Serpientes que miró cuando iba camino de Damasco.

Por la noche, se aproximó a mi una mujer que traía con ella muchos soldados con lanzas. Me hicieron descender del bote. Pregunté a la mujer:

      —¿Quién eres?

      —Aquí la guerra ha terminado. Junto a ella se aproximan los niños y como hay niños hay mucha comida. Me llevan con ellos y me uno a la fiesta. 

Españoles prófugos, tlaxcaltecas prófugos, judíos prófugos. Aquí todos estamos a salvo de lo que nos ha asustado en vida. Todos estamos a merced del dios de mayo nos hemos vuelto paganos.

—¿Contigo han venido los dioses nuevos? —preguntó la mujer que comía un trozo de pierna de cerdo.

—No lo sé.

—La civilización nos va a desaparecer.

Comienza a llover. Los niños me toman de la mano y me llevan hasta un lugar en la selva en que Atonatiuh descansa su majestad. El joven dios me pregunta:

—Dónde naciste

—Nací en el desierto —respondí.

      —¿Cómo era tu ciudad? No lo recuerdo bien. No era una ciudad. Era un campamento de salvajes en el desierto. No vengo a traer la civilización.

      —Vamos a entronar al rey de México.

      Isaac era hermoso. Las mujeres lo estaban vistiendo y él reía.

      —Es verdad que eres un Dios? —le pregunté.

      —Soy solo un hombre —dijo—. Pero he visto el fin del mundo.

      Estas palabras me recuerdan que yo también miré alguna vez el final del mundo.

      —¿Así que has perdido tu condición de dios?

No respondió.

—¿Quién te dijo cómo encontrarme? —preguntó.

      —No le pregunté a nadie. Te encontré nada más.

      —¿Eres acaso un libertador?

      —Soy un cantante.

      —¿Has venido para matarme?

—Claro que no.

La hija del hombre, una niña vino y se desnudó ante mí. Yo le pedí que se vistiera y le ayudé a hacerlo. Fue así, en ese pueblo, que comenzó a crecer la idea de que era capaz de hacer milagros aunque hay un solo milagro en mi vida.

Farid despertó aún lleno del sopor del vino. Habían cantado hasta que cayeron borrachos. Lo había despertado el maullido de un gato. En la habitación de junto dormían su amigo y esta nueva amante. Los iluminaba la luz de la luna de febrero. Era difícil llevar el recuento de los días en estos lugares. Escuchó el maullido de un gato. Había vuelto a soñar con el monasterio. No se lo había dicho a Farid, pero lo que él deseaba era volver a Chipre. Había soñado sin embargo con una enorme ciudad sobre la que volaban copos de nieve. Era una ciudad llena de casas blancas y los templos y las garzas y los copos de nieve eran todos tan blancos que lo había despertado aquel resplandor.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes