* Bartolomé de las casas salió de la casa de hacienda. Un muchacho taíno se aproximó para ofrecerle agua y él se lavó pero entonces miró en aquella cara el rostro del esclavo que muchos años atrás su padre le había entregado. Era el mes de noviembre, estaba por comenzar el Adviento, la espera de la natividad. Bartolomé acarició la cabeza del muchacho que se lanzó a correr por el campo en busca de su mamá. Un día antes había conversado con su socio y había llegado a una determinación importante. Renunciar a todo es, según se dijo, el único sentido de seguir a Cristo. Si la voluntad del Altisimo era esa, él, Bartolomé, tenía la obligación de dejar su herencia. ¿Qué haría después? No lo sabía. Era el año de 1511 y se sintió muy en paz. Sabía las consecuencias que se desprenderían del sermón que estaba a punto de decir en La Española. Sabía que se volvería enemigo de todos los encomenderos, de los capitanes y los nobles. Ningún habitante en La Española querría volver a hablar con él, pero estaba convencido de que su lado estaba la justicia. El sermón, en efecto le causaría problemas. ¿Qué habría sido de su joven esclavo? Cuando fue llevado a Europa, se le exhibió como a un animal y sospechaba que al liberarlo no había hecho otra cosa que asesinarlo. Su padre se había molestado cuando tuvo que firmar el decreto de manumisión pero había cumplido lo que consideraba un capricho de su hijo. Y aunque Bartolomé no lo sabía, aquel muchacho había vuelto a La Española y se había unido a la resistencia en la nueva isla que habían comenzado a poblar y que muchos años después sería conocida como Cuba. Ante un notario Fray Bartolomé había firmado los papeles por los que renunciaba a toda sociedad. Aquella agua que el muchachito le regaló era lo último que recibía como señor de aquella tierra. Pronto sería un fraile y nada más. Comenzaba a atardecer y se sintió liberado. Salió de la hacienda para dirigirse a la ciudad donde diría su sermón de Adviento. Se puso la capa porque comenzaba a hacer fresco y miró a lo lejos el mar que había comenzado a ponerse color púrpura .
En la noche, el olor de los árboles del Nuevo Mundo, mezclado con aroma de mar lo hizo sentir inspirado. Al mismo tiempo, se gritaba “largad las amarras” y el barco con Isaac y Farid abandonó las Islas Canarias y se adentró en el misterio del Mar Océano. Después de la misa seca, Farid cantó una canción. La gente, agotada volvió a su rincón en la cubierta, abrazaba sus pertenencias y conforme el mar se hacía grande, cada uno de ellos se hacía pequeño. Agotado con el cansancio que da el sol de la mañana, Farid se abrazo a sus piernas y se quedó en popa mirando la espuma que dejaba su paso en el mar. Era un olor sofocante, de desesperación. Entonces Farid escuchó un canto. Era un canto que, por alguna razón le parecía familiar. Farid bajó del castillo de Popa y se dirigió hacia una escotilla. De ahí venía el canto. Tardó un tiempo a acostumbrarse a la oscuridad de allá abajo. Eran hombres y mujeres. Eran esclavos. Por la ventanilla de aquella bodega se metía el agua de sal, pero uno de ellos, atado al palo al centro de la prisión, cantaba su libro sagrado. “Si se hiciera tinta de todas las aguas del mar, no terminarían de escribirse los prodigios de Alá.” El barco entró hacia una nube y en poco tiempo se oscureció. El muchacho no dejaba de repetir en honor de su Dios. Justo ahora que Farid se sentía parte de su nueva condición de cristiano, venía este muchacho a recordarle lo que él era de verdad. Un árabe del desierto, un muchacho castrado por los cristianos. El hijo de un hombre del desierto que hace mucho comenzó a adorar al enemigo de Dios. La serpiente que hace esclavos. Pero había algo más. Algo que lo consternaba y le producía dolor en el estómago. Aquel canto y la imagen de este muchacho que trataba de mantenerse erguido y digno, enfrentando a la muerte con la certeza de que el destino es el paraíso, Farid reconoció al muchacho que había muerto durante la castración. Recordó también aquello que le decía su madre: “reza para que el miedo a la muerte se transforme en amor.” Había que hacerlo, pero ¿a qué Dios hay que rezar? ¿Son acaso todos los dioses el mismo? Comenzó a llovisnar y el agua fresca bañó la cabeza del esclavo en la bodega del Santa Lucía, pero él no dejó de rezar.