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Finalmente apareció en la capilla Alberto. Florián pensó que se habría quedado dormido. Leonel lo reprenderá, pensó. El joven monje se colocó en su sitió. Tenía el sayo mal acomodado. Florián sonrió. Dio la señal y la voz de Alberto comenzó a cantar. Florián hubiese querido detener el rezo porque no es correcto que la voz de un hermano se destaque por entre las otras. Pero no. Aquella voz emergía poderosa, como del suelo, desde los pies. Cruzaba por los labios. Florián cerró los ojos, nada más un instante. En contrapunto con aquella voz grave, la voz de Camilo, el monje más anciano, se destacaba aguda, en contrapunto. Necia. Qué hermosa es la música, pensó Florián. No había nada mejor. Se engañan quienes piensan que esta vida no tiene placeres. Era tan hermosa su voz que los sonidos de todos los otros parecían vulgares. Florián cerró los ojos. Le fascinaba ese sonido que parecía iluminar la capilla; el atrio, las naves y los cruceros. Parecía regar con la brisa de aquel hijo de pescador el jardín de las naranjas, y los caminos de Roma. Era una voz que contenía los atardeceres de su patria en el Mediterráneo, el olor que la madre de Alberto dejó en un trapo viejo que le servía de bufanda. La música vale más que todas las mujeres del mundo se decía el joven monje. La voz de Alberto y Camilo se perseguían desde el suelo hasta el lucernario. Era una voz que venía de los pies, le hinchaba el pecho. Le cruzaba hasta la garganta y salía controlada y muy grave. Si la voz de Camilo alumbraba tenuemente, con colores inesperados, la de Alberto parecía incendiar la capilla, el atrio, las naves y los cruceros. Si la de Camilo parecía regar con una suave brisa el jardín fuera de la capilla, la voz de Alberto era un chubasco que inundaba el sinuoso jardín de las naranjas, los caminos de Roma. Era como la voz del Mediterráneo, el olor que dejó su madre en un trapo viejo que, cuando llegó, le servía de bufanda. Si Florián amaba su destino, Alberto lo odiaba. Y los despreciaba. La voz creció hasta volverse algo más que un canto llano. Era un lamento. Una increpación al altísimo. Un lamento por todo lo hermoso de la vida que, sin embargo, se vaY el abandono. Florián sabía que Alberto no había perdonado a sus padres por haberlo abandonado aquí, en San Alejo. Y sin embargo, los amaba. Y esta contradicción aparente, hecha de dolor y amor resultaba clara e indescriptible en el sonido de esta voz que creció hasta volverse algo más que un canto llano. Era un lamento dirigido al Altísimo. Un lamento por todo lo que es hermoso de la vida y que, sin embargo, se va.

Cuando Alberto llegó al monasterio todos se habían maravillado con su voz. Lionel lo tomó directamente bajo su cargo, como había hecho antes con otro alumno que se perdió.

Terminaron las laudes, Alberto resollaba exhausto.

Alberto caminaba cabizbajo por el jardín. Cabizbajo y solitario. Se sentía muy infeliz a causa de las visiones que lo atacaban. Se dijo que siempre había estado triste. No había sentido algo parecido a la felicidad por más que habían sucedido dos cosas que a todo monje le hubiese elevado los ánimos: su ordenación y la recepción del título de bachiller en teología. Alberto cruzó frente a La Virgen de las Tribulaciones. Normalmente su hubiese detenido a rezar pero se dijo: tienen razón, ese icono te quita la paz.

La música otra vez le había abierto las puertas. Como se las abrió once años atrás cuando llegó al convento en el corazón de la Cristiandad. Porque claro, los jerónimos no lo hubiesen aceptado entre todos aquellos hermanos nobles, pero su madre, una griega necia como pocas lo trajo para entregarlo al convento y salvarlo de mendigar en las calles.

—Escúchelo, por favor. Este niño sabe cantar.

Y sí. La música había abierto las puertas de San Alejo. Habían venido desde España donde su sangre había comenzado a ser peligrosa. La música le había dado un hogar.

—Escúchenlo cantar, por favor.

Había sido tanta la necedad de su madre que, temeroso, el portero llamó a Lionel quien era el encargado del coro. El abad entró con dos pupilos.

—Canta —ordenó su madre—.

Y Alberto miraba ausente el ataúd que bajo el altar guardaba las reliquias del monasterio.

—Muchacho —advirtió Lionel—. No me habas perder el tiempo. Dice tu madre que sabes cantar.

Alberto se levantó tranquilo y dijo en castellano:

—Si sé, pero no me gusta cantar.

—Gente necia —dijo Lionel. Y estaba a punto de irse cuando Alberto comenzó a cantar. El sonido de su voz era claro y perfecto. De inmediato Lionel sintió en ella los atardeceres de aquella tierra. Las historias de marineros y árabes que están a punto de perder el califato.

Cuando terminó, dijo el niño:

—No me gusta cantar, pero es mi obligación ante Dios.

Leonel dio a Florián la orden de que le enseñara la habitación de los novicios y le hablara de sus obligaciones en el convento. Lionel se había ido sin despedirse y Alberto estaba tan asombrado que no tuvo tiempo de decir adiós a su madre. La puerta se cerró al interior de la capilla y ella se quedó agradeciendo al icono del santo que había conseguido que los religiosos mantuvieran a un hijo cuya vida peligraba en el reino de Isabel.

—No llores —le dijo Florián.

Fue la primera vez que, Florián para consolar a su amigo, lo llevó hasta la imagen de La Virgen de las consolaciones donde pasó el tiempo hasta que Alberto se quedó dormido en el pecho de Florián.

A partir de aquel día Alberto perdió su nombre castellano. Su madre había conseguido llegar a Santa Sabina un quince de noviembre, fiesta de Alberto Magno y por eso le dieron ese nombre.

A los muchachos nobles en el monasterio les tenía sin cuidado el origen morisco de un muchacho que sabía cantar. No lo despreciaban ni por ello ni por el color de su piel, lo despreciaban, en cambio porque era taciturno y había algo que no se sabía si era orgullo. Entre los jerónimos de Castilla, Alberto simplemente no hubiese sido admitido. Allá no se admitía a nadie sin una minuciosa investigación para asegurar que el nuevo monje no tuviese en sus ancestros a un bastardo, un moro o un judío.

Gracias a la música Alberto fue educado como si su familia hubiese regalado a los jerónimos una cuantiosa dote. Y en efecto, la dote era esa voz que se destacaba de todas y que parecía iluminar el vacío cuando los monjes se ponían de hinojos delante del cuerpo de Dios.

Fue por su voz que Luis Méndez La voz del joven Alberto había llamado la atención no sólo del papa, también de Luis Méndez quien se interesó, primero, por su origen cordobés. En su calidad de espía del papa Inocencio, Luis Méndez venía al monasterio de San Alejo. Cuando le pidió a Lionel que cantara para la boda que tendría lugar con Inés, Lionel se mostró suspicaz. Consideraba suya esa voz en la que había practicado novedosos ejercicios para evitar que desapareciera cuando llegara a la pubertad. Y en efecto, la voz de Alberto había madurado, pero aún conservaba aquel sonido agudo y glorioso que le hacía parecer un castrato. Los jerónimos lo exhibían como si fuese un relicario que contiene la voz más hermosa de Roma.

Daniel QUE ES ALBERTO había nacido hacía once años el 8 de agosto de 1510. Vivía en la bahía de Héctor en el extremo oriental de la isla de Chipre donde la familia Paleólogo había dejado hacía mucho tiempo un destacamento de soldados que al mando de Joaquín un hereje arriano, cultivaban la verdadera religión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando Daniel aprendió a hablar las palabras le parecían guijarros preciosos que le permitían atrapar el cielo y el Mar Mediterráneo.

Daniel era tartamudo. Leía en casa de su abuelo y vivía para leer historias de caballeros. Ahí se olvidaba de los alumnos. Nada podía imaginar que era una princesa porque a cambio de ser tartamudo podía hacerse invisible. Así podía evadir las preguntas estúpidas en la escuela y las burlas.

Se volvía una hermosa princesa, pero un día miró sus fantasías volando sobre su cabeza. Como si alguien mirara una melodía sobre un piano. Entonces Daniel sintió un pensamiento ajeno que penetraba su mente.

Cuando llegaron, después de varios días en un barco que los llevó desde Sevilla hasta el puerto de Ostia, comenzó la caminata hacia el monasterio. Ahí sucedió la transmutación. Cuando llegaron a San Alejo, la madre dijo:

* * * §

Cuando se abrió el portón de Santa Sabina y Alberto entró por el camino de tierra roja, cuando fue por el sendero de pinos detrás del cual se adivinaban las cúpulas de Roma y a la izquierda, en el jardín detrás del huerto de naranjas imaginó la capilla de la Virgen de las Tribulaciones, Alberto lejos de sentir nostalgia tuvo la inquietante sensación de que nunca se había ido de ese lugar. No era algo desagradable, pero había pensado mucho en los últimos dos años con respecto a lo que sentiría al volver. Un hermano que cuidaba el jardín lo saludó exactamente como si se hubiesen visto para el oficio de la hora media y Alberto, sintiéndose fuera del tiempo caminó hacia el scriptorium del maestro de capilla recordando la primera vez que recorrió este camino.

En aquella ocasión sí que sentía algo particular. Venía de la mano de su madre. Habían recorrido un camino muy largo desde Chipre hasta aquí. La familia había ocupado todo el oro de la cosecha para salvar al menos a uno de los suyos porque sabían que pronto la isla pasará a ser parte del Imperio Otomano. Al entrar por el camino de tierra roja no había sentido nada especial, el monasterio no lo había abandonado nunca, por más que ahora se las diera de lector de Platón y buscase en los libros que traían los judíos hasta la Casa de Dante los más contrarios a la doctrina cristiana. El monasterio estaba en él y no tenía razones para suponer que había algo malo en ello; en cuanto a su madre, pensar que ella y sus hermanos menores, que su hermana y su padre hubiesen podido haber muerto le llenó de una ternura que conforme más caminaba más se transformaba en dolor.

Se detuvo a esperar fuera de la capilla como había esperado cuando vino con su madre a pedir a los monjes que lo aceptaran. En aquel tiempo Alberto era tartamudo. Todos se burlaban de él, pero su madre había tenido un sueño y tozuda como era, estaba convencido de que el ángel que le había hablado en sueños había dicho la verdad.

Frente a esta puerta, Alberto recordó que había preguntado tartamudeando a su madre que qué sucedería si no lo aceptaban.

—Te aceptarán dijo la madre y cuando vino el abad para decirles que no podría aceptarlo, arrojado por un impulso que no sabía de dónde le vino dijo tartamudeando:

—Puedo cantar.

Los jóvenes hermanos se rieron. ¿Cómo iba a poder cantar aquel tartamudo?

Pero había sucedido un prodigio. En cuanto el abad le dijo canta. Su voz se transformó y Alberto, aunque lo había olvidado, vivió un milagro porque su voz dejó de ser gangosa y tartamuda. Impresionó sobre todo al maestro Nicolás cuando lo trajeron y después de escucharlo dijo:

—Claro que puede cantar.

Cuando algunos años después le preguntó a Florián que cómo era posible que hubiese cambiado su voz, su maestro de música le dijo:

—Tú no querías ser monje, pero cantar es tu obligación ante Dios.

—Te aceptarán —contestó él aunque estaba consciente de que tendrá que inventar buenas razones para que lo aceptaran. No era suficiente un milagro.

—El niño sabe cantar.

Fue la música la que abrió para Alberto las puertas de aquellos monjes rancios que no aceptaban gente sin blasones. La música abrió los portones de la salvación y la locura. Porque al tiempo que crecía en él el arte de la música, crecían también las incertidumbres y una extraña sensualidad.

Con los ojos cerrados recordó. El hermano portero había querido echar a los dos vagabundos, pero la madre de Alberto había insistido:

—Escúchelo, por favor. Este niño sabe cantar.

Y sí. Cuando Nicolás lo escuchó, recordó las liturgias en Constantinopla desde donde su familia había escapado. Un muchacho sin linaje, como Alberto, no tenía un lugar en el mundo. Pero la música le había dado un lugar.

—Escúchenlo cantar, por favor.

Había sido tanta su necedad que temeroso, el portero llamó a Nicolás quien era en aquel tiempo el encargado de la gramática y el canto llano.

Alberto lo mira entrar junto a dos de sus pupilos. Uno de ellos se llama Fabricio.

—Canta, Alberto. Canta —dijo Nicolás.

Alberto se extraño de que entendiese aquel idioma aunque con un acento que, por alguna razón le sonó petulante. Se quedó primero como ausente mirando las reliquias, La Virgen de la Tribulación.

—Muchacho —advirtió Nicolás—. No me habas perder el tiempo. Dice tu madre que sabes cantar.

Alberto se levantó tranquilo y dijo en castellano:

—Si sé, pero no me gusta cantar.

Nicolás resopló. Fue el hermano Fabricio, quien conocía el castellano, quien tradujo. Nicolás gritó.

—Gente necia. Fuera de aquí.

El portero estaba a punto de llevarse a rastras a la madre y a Alberto cuando este dijo:

—No me gusta cantar, pero es una obligación ante Dios.

Alberto creía en Dios en aquel tiempo. Antes de las clases de teología era un asunto tan evidente como el cielo y el agua. La respuesta los heló a todos. Nicolás lanzó una risita burlona y se aproximó a trancas ante el niño quien de pronto pareció muy alto y hermoso.

—Antes de rechazarlo, eminencia, permita al niño cantar.

Lionel había ordenado a los hermanos que dispusieran la silla. Los muchachos se sentaron a los pies del maestro quien preguntó al extraño:

—¿Por qué quieres aprender a cantar?

El muchacho se levantó y con un hermoso acento griego dijo:

—Yo no quiero aprender a cantar.

Ilías se levantó y dijo:

***

Cuando terminó el canto, Alberto se había tranquilizado del todo. La música tenía la capacidad de abrirle todas las puertas. Le había abierto la puerta del convento.

Había sido tanta su necedad que temeroso, el portero había llamado a Leonel quien era a la sazón el encargado de la gramática y la enseñanza de la música de los novicios. Como en aquel momento Leonel estaba enseñando a Florián los secretos de las tablas con las que se compone el puntus contra punctum le pidió fastidiado que viniera con él.

—Dices que tu niño sabe cantar —le dijo a la mujer de aspecto vulgar que lo esperaba en la capilla.

—Sí que lo sabe.

Su hijo se había quedado mirando curioso y ausente el ataúd que bajo el altar guardaba las reliquias de San Onofre. Estaba en cuclillas, como se ponen los pastores para estar cómodos cuando cuidan sus ovejas y muerden una pajilla.

—Y tú —le gritó Leonel—, ¿qué piensas? ¿Es cierto que sabes cantar?

Alberto se levantó tranquilo. Dijo.

—Si sé, pero no me gusta cantar.

Leonel resopló. Aquel niño no sólo era vulgar, era necio. Hizo un gesto con la mano y el niño comenzó a cantar.

—¡Vete pues! ¡Marcos todavía debe estar cerca, en el bosque, no me hagas perder el tiempo!

Pero el extranjero se puso a cantar: “Ven, santo espíritu, riega lo que es árido, endereza lo que está torcido, limpia todo lo sucio”.

Ilías se detuvo en el umbral de la puerta. Se puso rojo. Los orificios de la nariz se le abrieron y las venitas parecían a punto de reventar.

El muchacho cantaba tranquilo. Detenía la lengua en el paladar, prolongaba las consonantes.

Detenía la lengua un poco en el paladar, y prolongaba alif, yaah y waw. Acentuaba ciertas vocales, a veces discreto y a veces profundo y, sobre todo, con delicadeza en sus facciones, en sus manos y en su corazón hacía entender que no estaba cantando palabras humanas

Fabricio se sentía incómodo. No había sentido eso nunca. Eran celos. Lo odiaba porque sabía cantar, porque le estaba quitando el amor de Brendan.

Su voz no cambiaba, pero crecía el odio de Alexander y en la misa la gente venía, conforme venía la gente. Un día en que fue al pueblo, escuchó a Paulo.

Comenzó a cantar. Y el sonido de su voz era claro y perfecto. Nicolás recordó entonces la liturgia, los atardeceres en el monasterio de Constantinopla, el mar de su patria, las historias del Veneto y la corte de Constantino. Recordó incluso a dos muchachos que, en una bahía se persiguen bajo el fondo del mar.

—¿Qué está cantando? —preguntó Fabricio.

—No lo sé. Respondió la madre. Son cosas. Que él inventó.

—Cosas —repitió Jorge cuando le tradujeron la respuesta.

* * * abrió la boca y comenzó a cantar muy suavemente. De su garganta emergió el salve. Y era un sonido que parecía iluminar el rostro del niño aterrorizado por los ángeles que le mostraban los instrumentos de su tortura. La música lo había salvado. La música le había abierto las puertas de esta orden en la que sólo solían admitir a nobles o gente muy adinerada.

Alberto cantaba con mucha seriedad. Siempre lo había sido, desde que llegó a vivir con los Jerónimos nueve años atrás. Y a decir verdad, sus facciones habían cambiado poco. En aquel tiempo tenía once años. Su madre prácticamente lo arrastró hasta la capilla en la que no se permitía entrar a los legos y le gritó al abad de aquel entonces:

Decepcionada la madre de Alberto estaba a punto de tomar la mano de su hijo para volver por el camino de tierra roja que lleva hacia la salida del monasterio, cuando Nicolás ordenó a Fabricio que le enseñara la habitación de los novicios y le explicara muy someramente sus obligaciones. Ya mañana se enterará. Hoy es día de san Alberto, ese será su nombre.

Salió sin despedirse y Alberto sintió que Fabricio lo tomaba de la mano y lo conducía hacia el interior de San Alejo. Y era tal su asombro que no tuvo tiempo de decir adiós. La puerta se cerró.

Se dio cuenta cuando Fabricio lo condujo hasta el jardín de los naranjales.

—No llores —le dijo el otro monje. Le puso una mano en el hombro. Van a volver a Hispania.

Fabricio tenía los ojos azules y el cabello castaño. Había nacido, según le dijo, en las tierras de los Hohenstaufen. Se había unido a los jerónimos de la obediencia lombarda casi tan niño como Alberto aunque él sí era noble. Un tío suyo llegó incluso a ser caballero del emperador.

Fue la primera vez que, Fabricio, para consolar a aquel pequeño castellano, lo condujo hasta la imagen de La Virgen de la Tribulación donde pasaron juntos el tiempo hasta que Alberto se quedó dormido en el pecho de su nuevo amigo. Así se había dormido Juan en el pecho de Cristo mil cuatrocientos ochenta años atrás. Frente a ellos estaba La Virgen de la Tribulación.

Como en los tiempos en que la escuela había tenido al noble qari llamado Moisés, el Abbás se levantaba temprano. Después de las abluciones enseñaba a los niños, no sólo a cantar: enseñaba todo wajib: cada pequeña obligación, cada pequeña lucha santa que implica ser musulmán. Pero Rashid se perdió a si mismo en el extranjero y, enamorado de su belleza se fue de que lo único real era esta abominación: te quiero porque te quiero. Y no me interesa ya si sabes cantar. Y eso era justamente lo que Abbás vio en él. La santidad. Ilusionado por haber encontrado al cantante del Libro, pensó incluso en la posibilidad de reabrir la escuela y llevar a los muchachos a la mezquita azul de Damasco para rehacer su fama perdida.

***

A partir del día en que entró al monasterio, Alberto perdió su nombre griego para que todos recordara que su familia lo regaló al convento de San Alessio un quince de noviembre, fiesta de Alberto Magno. A los muchachos nobles de San Alessio les tenía sin cuidado que aquel muchacho nuevo supiera cantar. No lo despreciaban por griego, pues había muchos, exiliados como él de las guerras en el oriente. Lo despreciaban por pobre. Y Alberto crecía en orgullo y en cinco años se había vuelto más serio y más arrogante que todos aquellos novicios que pertenecían a la obediencia lombarda y habían prometido humildad y sencillez, pero pertenecían a las familias más ricas de la Cristiandad. Entre los jerónimos de Castilla, Alberto simplemente no hubiese sido admitido. Allá no se admitía a nadie sin una minuciosa investigación para asegurar que el nuevo monje no tuviese en sus ancestros a un bastardo, un moro o un judío.

La madre de Alberto era una joven muerta de hambre qiue había venido a roma empujada por la guerra. Alberto era un niño sin atributos. Ella pensó en entregarlo al monasterio de San Alessio y lo llevó. Pero resulta que estaban buscando a un cantante.

Su madre, Elena, le cantó una última canción en el bosque frente al monasterio. Esperan la última noche. y Alberto se quedó dormido. Alberto sabe que no volverán a verse y recuerda mirándola dormida la historia que le contó.

Alberto había emergido de este desierto, de esta condición, de esta perdición. Pero Dios había querido sacarlo de ahí quién sabe por qué. Había atravesado el desierto y lo había conducido hasta esta ciudad celeste en la que entregaba al más pequeño de sus hijos un don.

Había sido tanta su necedad que temeroso, el portero había llamado a Lionel quien era a la sazón el encargado de la gramática y la enseñanza de la música de los novicios. Como en aquel momento Lionel estaba enseñando a Florián los secretos de las tablas con las que se compone el puntus contra punctum le pidió fastidiado que viniera con él.

—Dices que tu niño sabe cantar —le dijo a la mujer de aspecto vulgar que lo esperaba en la capilla.

—Sí que lo sabe.

Su hijo se había quedado mirando curioso y ausente el ataúd que bajo el altar guardaba las reliquias de San Alessio. Estaba en cuclillas, como se ponen los pastores para estar cómodos cuando cuidan sus ovejas y muerden una pajilla.

—Y tú —le gritó Lionel—, ¿qué piensas? ¿Es cierto que sabes cantar?

Alberto se levantó tranquilo. Dijo.

—Si sé, pero no me gusta cantar.

Lionel resopló. Aquel niño no sólo era vulgar, era necio. Hizo un gesto con la mano y el hermano portero estaba a punto de sacar a rastras a la madre de Alberto cuando éste dijo:

—No me gusta cantar, pero es mi obligación ante Dios.

Florián recordaba ahora que soltó una risita burlona, que Lionel se giró para mirar de frente al muchacho vulgar y necio que, además, era tan arrogante. Iba a gritarle, pero Alberto cantó una nana que había aprendido de su madre muchos años atrás, cuando vivían en Famagusta, el puerto veneciano de Chipre. Y cantó en Véneto. Y era su voz tan hermosa lo miró sorprendido, le dijo a la mujer que lo aceptaría en el convento a prueba de que se acomodara a la rutina de los rezos y el estudio y le pidió a Florián que le enseñara todo lo necesario para comenzar el noviciado. Fue entonces que la madre de Alberto se dio la vuelta y sin despedirse de nadie salió de la capilla para volver a la ciudad.

La madre lo miró muy sorprendida:

—¿Qué le ha pasado a tu voz?

Nadie le dio importancia. Alberto fue admitido en San Alessio. Fabricio llevó a Alberto al jardín de los naranjos para explicarle cómo era la vida conventual. Pero el muchacho griego estaba preocupado por su madre.

—Se habrá embarcado en Ostia —le decía Fabricio a su nuevo alumno cuando le explicaba las tareas del monje aquella noche—. habrá vuelto a Grecia.

Le quitaron su nombre griego y le llamaron Alberto porque su madre lo había dejado en San Alessio un quince de noviembre. Y nobles o no, a los jerónimos de San Alessio les importó poco que aquel muchacho griego fuese tan serio que parecía más arrogante que el de más alta alcurnia de todos ellos. Los jerónimos de la obediencia lombarda habían prometido humildad y sencillez. Eso los distinguía de sus hermanos que en la Castilla de Isabel la Católica no se permitían admitir a nadie sin hacer antes una minuciosa investigación para asegurarse de que el nuevo monje no tuviese en sus ancestros a un bastardo, un moro o un judío. En el Aventino, Alberto fue educado como si su familia hubiese entregado una dote. Su dote era su voz. Y la voz atraía a los benefactores que amaban las misas bien aderezadas con telas e inciensos caros, con juegos de luz y la oscuridad, de silencio y música, de vacío y presencia de Dios

*** A pesar de la diferencia de edad, Alexander se había vuelto un amigo y una suerte de padre para el joven monje, el pequeño, tartamudo Miguel. Alexander se había sentido muy orgulloso con la buena recepción que la voz de su alumno había tenido entre los monjes que lo celebraron mucho y le pedían que cantase los salmos. Aún en los días más tristes de febrero todo parecía iluminarse en cuanto él comenzaba a cantar. La primera vez que Miguel cantó los salmos durante la plegaria nocturna, caída la noche, el padre Lionel vino a verlos hasta al pozo de las tribulaciones, donde se reunían a estudiar. Trajo con el un laúd y le pidió que lo acompañara a cantar una canción que le recordaba su infancia, tierra adentro en Macedonia donde nació. Uno y otro monjes venían con él porque su voz les traía a memoria todo lo que amaban de la niñez y por alguna razón les hacía olvidar las tristezas. En esa voz estaba el mar verde en la Bahía de Héctor, donde nació Alexander, las montañas escarpadas de Macedonia, los corales en las Islas del Egeo, el olor del pan caliente en Venecia y un amable esclavo andaluz. El olor del cabello de una madre y el miedo a los chacales.

Cuando dejó de cantar, el abad se quedó mudo. Y Galaad exhalaba como si acabara de correr una carrera. Se limpió con el dorso de la mano una gota de sudor. Alexander siguió enseñando a los niños que venían y a los jóvenes monjes el canto gregoriano y el modo de enunciar las palabras del Evangelio. Se arrodillaba frente a la imagen de San Lucas y no sabía ya qué pedir porque la única persona con la que realmente había hablado en ese tiempo no eran Dios o su madre. Era Miguel quien en ese momento volvía a cantar canciones paganas en camino de una Castilla que había comenzado a vivir el luto. La reina había enfermado y se había retirado ya a Medina del Campo. Todos en la Península vivían temerosos de la sucesión y hubo un terremoto que presagiaba que todos los males terminarían por caer sobre España. Por una parte estaba una reina de la que se decía que estaba loca porque se negaba a confesarse y rezar, el rey Fernando no estaba interesado en otra cosa que no fuesen las Guerras en Italia y Carlos el pequeño duque de Luxemburgo no había cumplido aún los cuatro años y había sido educado en el norte, en Flandes, lejos de España donde comenzaron a planearse traiciones y revueltas. Una vez llegados a Sevilla descansaron dos noches en una venta en la que Isaac volvió a revisar los apuntes que tenía escrito sobre astros y los mapas de Cipango y Catay. Aquel día a la hora de sexta volvió a hincar una vara que le entregó Farid y volvió a hacer mediciones. Volvió a su habitación en la venta muy consternado, pero a la hora de nona, poco antes de las vísperas, reunió a sus dos acompañantes y les pidió que cantaran para él una canción.

Había sido verdad que, cuando Alberto descubrió con asombro y molestia que había llegado a la pubertad se sintió sucio, pero no tuvo en aquel entonces ninguna inclinación sexual y además, su voz no se había perdido.

Meditando en ello caminó por el naranjal. Llegó a la capilla y cuando estuvieron todos reunidos, Fabricio, en su calidad de director del coro, respiró y levantó las manos: Deus, en adjutorium meum intende, cantaron los barítonos. Alberto, respondió con voz de bajo: Domine, ad adjuvandum me Festina. Siguió el punto y contrapunto.

La voz de Alberto había mejorado. Era aún más potente. Entonces lo vio. Miró los ojos del abad y supo que aquella historia de Alexander se la había contado para prevenirse a sí mismo. Era Lionel quien se modo insensato se había enamorado de Alberto. La clave estaba en algo que había dicho en torno a un beso. Alberto, como un iluminado adivinó por fin que quien había traicionado a su amante era Lionel.

Y siguió rezando. Cuando terminó la contemplación de los cuatro misterios,

Ya termina el sermón al abad don Lionel. Desciende del púlpito.

al centro estaba el hermano Florián esperando que los monjes se agrupaban. Había comenzado el otoño. Y a pesar de que era tan temprano hacía calor. En Roma, se dijo Florián sintiendo un cosquilleo en la espalda, sólo hay dos estaciones: invierno e infierno. Sonrió. Le gustaba esa expresión. En pocos días la ciudad volvería a sumirse en el frío. Como cada año. A diferencia de Alberto, Florián era un muchacho de origen noble a quien sus padres habían puesto en el convento para que no tuviese necesidad de luchar por la herencia con su hermano mayor. Y él había aceptado su destino con la convicción de quien hace las cosas pensando en Dios. Había venido a Roma desde el imperio Austriaco porque su familia quería que se educara en el monasterio más elegante de la ciudad. Y, en efecto, San Alejo lo era pues en aquel tiempo los jerónimos eran conocidos en toda la cristiandad por sus costumbres relajadas y elegantes y los nobles del mundo dejaban a sus hijos a las puertas de sus conventos para darles educación. Habían pasado ya cinco años desde que vinieron a dejarlo a Roma y Florián sentía ya que la ciudad era suya.

Esa noche después de la cena, Nicolás me pidió dos cosas, que comiera y que al día siguiente entonara el salmo en misa. Tú me salvaste, Alexander, le dijiste al maestro Nicolás que no podría cantar canciones frente al Santísimo porque yo era un hereje. Tenían que darme un nombre y los dos me llevaron a la Iglesia de Agia Sofía y me bautizaron. Era noviembre. Tú me salvaste, Alexander. Antes de dormir recé a mi nuevo Dios y le pedí volver a ver a Jemil. No sucedió nada, pero el ángel de Dios vino y me arrancó los sentidos y así libre de cuerpo me miré volando sobre sobre un mar de monstruos marinos en el que yo bajaba hasta el fondo. Ahí, en el cieno, encontraba una caja en la que estaba todos los tesoros del mundo. Era tu pecho y en ellos toda la sapiencia de Dios, el nombre de los astros y el nombre de todas las piedras. Los nombres ahí, al fondo del mar, se transformaban en voz y la voz se transformaba en palabra y habiéndome apoderado de la joya de la música que es salmo y es rezo, yo levantaba el vuelo hasta el fin del mundo. Canté el salmo en el monasterio de Agia Sofía poco más de dos años.

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