Alberto, desde su habitación, miraba nevar. Estaba sorprendido con toda esa blancura porque nunca había visto nevar, se quedó extasiado. Miraba fuera de la ventana como si se hubiera cumplido la promesa de algo que ni siquiera sabía que podía desear. Farid quien hacía sonar el Ud en la sala del castillo del Señor de las Salinas le habló de un niño que nunca había visto
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llover. La primera vez que el cielo se puso gris y que comenzaron a sonar los truenos, el niño pensó que el cielo se le vendría encima y tuvo tanto miedo que estuvo a punto de suicidarse para no tener que asistir al encuentro con los ojos de Dios. Alberto se rio y le dijo que eso no era posible. Se trata seguramente, comentó de una historia de viejas que te han contado cuando eras niño.
—No —respondió Farid—. En realidad me sucedió a mi.
La sonrisa de Alberto se volvió un gesto de ternura. Imaginó a aquel muchacho del desierto en Chipre, donde sabía que había sido comprado y lo imaginó mirando el mar. Debe ser hermoso, se dijo, ver el mar por primera vez. Lamentó no haber tenido nunca el placer de ver al mar por primera vez. El, Alberto, había nacido junto al mar y en el mar había aprendido a jugar. Pensó en Fabricio. Fabricio tampoco había conocido el mar hasta que ya era mayor. Toda su infancia la había vivido en los bosques bárbaros del norte, escuchando historias de lobos y brujas que en el bosque devoran el corazón de los niños que desean consagrar sus vidas a Dios. Por primera vez en mucho tiempo, Alberto tuvo ganas de rezar las laudes pero el libro de plegarias, quién sabe dónde lo había dejado. ¿Qué estarían haciendo sus hermanos? Los imaginó embriagados con el incienso, con la ilusión que imaginaba infantil de sentirse cerca de Dios cuando él, Alberto después de aquel periodo platónico que
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tanto le había enseñado, había llegado a la conclusión de que Dios no existe. Y no sólo eso, es pernicioso creer en él.
Ni siquiera en aquel mes de Miclanteotl 1492 en que el papa Inocencio estaba a punto de recibir la primera transfusión de sangre.
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