Isaac suspiró. Aquí, en Roma, tiene ganas de perdonar a Europa. Ha mirado a la virgen de los peregrinos. Imposible no perdonar, no sentirse conforme con uno y decirse, todo está bien.
Hay un niño. Es un mulato. Un esclavo del desierto que escapa. Le duelen los testículos porque lo han castrado. Sabe, o cree saber que se llama Isaac. Nada más. No sabe qué hace en Damasco ni conoce la salida hacia el desierto. Le sangran las ingles. Cuesta caminar. Ha ido dejando tras de sí un caminito de sangre. Isaac. Niño del desierto, trece años, delgado, tanto. Músculos casi pegados al hueso, cuerpo de quien trabaja y carga fardos, manos de quien enciende fogatas y cocina carneros: Sabe lo inevitable: vienen por ti. Van a encontrarte. Inútil correr. Detrás del pensamiento, una voluntad terrible murmura: “¿Para qué?” “¿Para qué corres?” Van a cazarte. Tal vez por eso detuvo la carrera en la Plaza del minarete.
Todo se calla en la plaza del minarete, frente al niño mago que danza con una serpiente. No hay respuesta al “para qué” más profundo de todos, al que pregunta por todos los otros. No hay más que hacer, Isaac: detenerse ante el mago asombrado como quien siente de pronto el efecto de una hierba o una bebida. Volver al inicio de la memoria, a lo más primigenio: aire, tacto, aquí: pies y un viento que sopla las ingles, la cicatriz y los ojos y las mejillas. Hemos llegado Isaac, al principio del tiempo: Dios niño baila con la serpiente. Él se desviste. Se desviste de nada. Duele cada “¿por qué?”, “¿para qué?”
La serpiente se enrosca, evade, vuelve a donde pertenece. El encantador recibe los aplausos, la gente lanza monedas. Se ha desvestido de Nada, de serpiente. Viste un traje bordado de tiempo. Es un traje blanco y delgado, tanto que sangra con cada “¿para qué?”
¿Sufría, padre? Escribió Isaac muchos años después. Mucho, me dolían las ingles y era como el rey pescador que, herido en el sexo, es incapaz de oficiar Santa Misa sin sentir un dolor que arrebata y quema. No podía querido padre, saber en ese tiempo que el dolor es la forma que ha escogido Nuestro Señor para comunicarse con nosotros. Lo sé, padre, usted me lo ha dicho:¿si se comunicara a través de la belleza, quién sería salvado? ¿Y a través de la razón? ¿Y a través de la indiferencia? ¿Y la alegría? ¿Y la felicidad?
Isaac recargó la mejilla en el puño. Perdió la vista más allá de las ventanas. Mordisqueaba el cálamo y sus dedos jugaron con la flama de la vela. Es que hay cosas que uno no debe contarle a un amante, se dijo.
Amado mío. Necesito pedirte que me devuelvas la libertad.
Había que ir atrás en el tiempo y la geografía. Muchos años atrás. Desierto de arena y memoria en los que el geógrafo o el historiador más avezado perdería la noción del tiempo y la redondez del mundo. Infancia de niño que corre por callejones de Damasco, quién sabe de qué.
Son las siete de la tarde en Roma. Han comenzado a sonar las campanas del monasterio de san Ejidio.
Uno ya está maltrecho, uno ha perdido las ganas y uno se tiene dentro del puño. Se mira de cerca la muerte y es claro ¿para qué?
Hacía tiempo que Isaac Ángel Conmeno se había hecho el propósito de evadir la provocación de esta pregunta. Pero el enemigo es cómplice de la nada. Sabe introducir en el deseo más puro un “para qué” que sólo Dios responde, y sólo si se pregunta en el estado correcto.
Isaac ha estado muriendo. Ahora es evidente. La herida se está abriendo. Es evidente que morirá. Y quiere morir libre.
Había dentro de mí el deseo, amor mío, las ganas de verte. El amor es previo. Ya amaba todo lo que eres mucho antes de conocerte. Todo el camino que comienza en Damasco me trajo hasta esta herida que cierra por fin porque cierra conmigo.
¿Qué revela esta misteriosa inmortalidad del encantador de serpientes? Se dice que para no morir basta con no desear. El encantador de serpientes no sabe amar. El amor es lo único anterior a él. Por eso cada vez necesita aprenderlo.
Rey mío, amado mío….
Me has pedido que escriba la historia tuya que es la historia mía. La historia de David y la historia de mi amor por tí. No sé si lo haces porque estés triste.
Yo he sufrido, padre. Este trayecto a Roma ha sido casi tan largo como aquel camino que seguí en el sentido opuesto al de Cortés: desde Tenochtitlan hasta Cuba, buscando olvidar el horror de un mundo que me estaba matando.
Eneas se detuvo como deslumbrado por una antorcha. El niño, el encantador de serpientes, bailaba con una boa. A los pies del niño otra serpiente reptaba sobre un tapete que había sido tejido a base de rezos. Los niños y los soldados miraban el acto del encantador de serpientes. Farid, de pie sobre el charco rojo, sonrió. Un hombre hacía sonar una zampoña.
¿Cómo llegué aquí? Isaac canta. Y mientras hace música todo adentro se serena de tal forma que hay tiempo y espacio para pensar: ¿Cómo llegué aquí?
¿Cómo llegué aquí? Estás corriendo de un hombre. Duele. Da vergüenza saber que la mancha de sangre en la túnica es porque te han cortado los testículos. No sabes cómo lo sabes porque no hay nada detrás de esta imagen. Sabes, sin embargo, que hay una cicatriz ahí que se ha abierto. Y no importaría nada si no supieras que traes adentro otra cicatriz: amado mío, ¿también tú vas a morir? Todos Isaac, todos vamos a morir. Esa es la única cicatriz. Todas las otras, las más humillantes. Incluso la cicatriz de la castración, todas las otras son arañazos. Sólo hay esta: Amado mío, también yo voy a morir. Todos vamos a morir.
Ahí estaba, un niño bailando con una serpiente. Las paredes de la masjid le parecieron tan altas que parecían construidas por el dios del río con enormes bloques de color turquesa. Y en lo más alto estaba escrito: tú morirás, Mohammed, ellos morirán. Sólo el Altísimo no morirá. Isaac se detuvo asombrado. Caminó sin darse cuenta. Vio al mago bailando con esta boa y a sus pies un tapete rojo tejido de plegarias.
***
Isaac se detuvo como
el conejo que cazan deslumbrándolo con antorchas. Vio al mago
desnudo, bailando con una boa. A sus pies un tapete rojo,
tejido a base de plegarias y un círculo de niños y soldados
que miran el acto. Los más, sonrientes, comentan cosas y
lanzan monedas. Otros, como Isaac, miran con devoción. Un
viejo detrás del muchacho tocaba una zampoña de sonidos
ambiguos que con el baile traía a presencia el encuentro de
lo sutil con lo descomunal.
La serpiente escala el cuerpo del niño. La piel del
ofidio y la piel del niño son una. Una se extiende en la
otra. El muchacho toma la cabeza de la serpiente y la besa.
La serpiente se arrastra a sus pies, el muchacho de hinojos
comenzó el trayecto que lo había llevado hasta ahí, hasta Sevilla, al lugar del plus ultra. Frente a esta imagen se selló su destino. No era la inmortalidad. O tal vez sí. Era la esclavitud. Estaba esclavizado ante esa imagen La serpiente se arrastra y parece lamerle el pecho, el estómago, gira por sus axilas por la espalda. La gente aplaude y lanza monedas, pero Farid no la escucha. No escucha ni a su madre ni la tonada de la zampoña está absorto con ese movimiento que parece testigo de que el caos se somete a la belleza de un joven Dios.