F0062 · fuera un niño, El Centurión se encaramó a un olivo silvestre.

fuera un niño, El Centurión se encaramó a un olivo silvestre.  

—Ven, sube. 

Farid tomó la mano de su madre. 

—Quítate las sandalias. 

Los pies de Farid se apoyaron primero en las ramas y luego, en las manos, en los hombros de su madre. Las ramas le arañaban la cara. El pantalón estuvo a punto de caérsele. Quiso decir: Ya basta, quiero bajarme de aquí, quiero volver a casa de mi padre y espero que no lo hayas matado. 

Pero la voz no abandonó la lengua. Se le quedó pegada en el paladar cuando vio, sobre un corcel negro cuyo nombre era Viento del diablo, a un hombre tan majestuoso que opacó incluso el recuerdo de los sueños que tenía con el hombre cuya sangre manchó el vestido de El Centurión. 

Cesó el cansancio y cesó el dolor en los pies. El brillo en la armadura de los soldados de Carlota de Chipre le pareció el brillo de un sol.

Farid había pasado toda la tarde en el mercado de Famagusta. Estaba en el mercado, aún recostado, sintiéndose enfermo, pero le habían puesto polvos en la cara.

Una mujer muy blanca, cara de princesa, muy joven y un hombre de barbas rubias.

—Es hermoso ese muchachito, se ve tan inocente. Será buen amigo de Rashid.

Rashid era otro niño, de la edad de Farid, que iba junto a la princesa. Llevaba con él un monito verde al que alimentaba con pistaches. Se sonrieron.

Miró a Farid y sonrió. —Llévenlo al castillo —ordenó la señora.

Así, Farid fue vendido en el puerto de Famagusta. Los compró una princesa de trece años, la señora Cornaro. Me enternece, le dijo a su esposo, verlo tan pálido.

Farid volvió a cerrar los ojos. Pensó en el Encantador de Serpientes, pero no recordaba nada más. El encantador de serpientes alibiaba en aquella plaza, pero si cerraba los ojos, parecía bailar en el hammam al que lo habían llevado, en la piscina helada, y su sombra se trenzaba con las sombras en el baño. La serpiente se le enredaba en los dedos, iba más allá de su sexo, se detenía curiosa y le olisqueaba el pecho, giraba a través del puente de sus axilas y se detenía en sus orejas donde le murmuraba cosas siniestras. Farid se volvió a dormir.

En lo alto de las cimas de Famaugusta, la princesa se encontraba sumida en una profunda melancolía. Farid, como se llamaba el protagonista de esta historia, sentía que su vida carecía de sentido, se cuestionaba el propósito de su existencia, sus sueños e incluso el amor. Su esposo, descendiente de la familia Cornaro, hacía todo lo posible por complacerla. Le regalaba telas persas y perfumes de Líbano. Incluso le había comprado un mono verde que antes le divertía, pero que ahora pasaba desapercibido ante sus ojos indiferentes.

La princesa se sentía aburrida y nada conseguía satisfacerla. No sentía la más mínima inclinación por complacer a su esposo en los asuntos amorosos. Por otro lado, su esposo se enamoraba cada vez más y deseaba constantemente estar cerca de ella, acariciarla y entregarse a su pasión. El aroma de su piel le resultaba irresistible y el solo mencionar su nombre, el señor Cornaro se imaginaba a sí mismo en su lecho, besando cada parte de su cuerpo.

La princesa, sumida en su nostalgia, suspiraba constantemente y se preguntaba “para qué”. El señor Cornaro, desesperado por complacerla, se preguntaba qué debía hacer para lograrlo, ya que le había comprado todo lo que estaba a su alcance. Su mejor amigo, Don Fabricio, sonrió y comentó que la princesa estaba demasiado consentida, pero no sabía cómo decirle eso al señor Cornaro, ya que no le gustaba escuchar verdades incómodas.

Los esclavos, tras bañarse y ser enjuagados con agua de rosas por un moro, se vistieron con togas blancas y sandalias doradas para dirigirse al mercado de Famagusta. Farid reflexionaba sobre la situación y no sabía qué hacer para complacer a la princesa, pues nada parecía traerle alegría.

Farid se sentía abrumado por el calor de la ciudad. Había comenzado mayo. El calor se le metía en el cuerpo. Su cabeza parecía a punto de estallar. Se encontraba solo y desesperado. Recordó que desde niño, no se había sentido tan mal. Murmuró: 

—Hay una sola cicatriz, excelencia, todos la compartimos. Las otras, incluso la cicatriz de mi castración, no tienen importancia.

Estaba pensando al mirar a Anna, claro, en la cicatriz de la castración. 

Farid había vivido un tiempo en la casa de la señora Cornaro. El suficiente para amarla y para recuperarse. Lo suficiente para conocer al alquimista.

Vivieron en el castillo de los Cornaro en la cima de la ciudad. La princesa, tan joven, moría de tedio.

—El tedio es el precio de la juventud —decía el alquimista.

Y yo era feliz, decía Farid, estar así, todo el día: ser una mascota y tenderme a sus pies blancos y minúsculos. Feliz de aprender una canción y ser con Rashid, parte de un paisaje de azul y verde. Cantar; por primera vez, excelencia. Escuchar la música de Dios y sin saberlo, estar ya al servicio vuestro.

Cuando llueve en Famagusta es fácil tenderse a mirar el Mediterráneo. A la señora Cornaro le gusta tener juntos a sus dos castrati árabes. Tendido junto a Rashid, Farid huele su aliento de piñón y fruta. Los cipreses cambian con el color de la tarde. Refresca el aire del ponentino.

La señora Cornaro tiene trece años. El señor Cornaro tiene cuarenta. Tendidos sobre la hierba, tres niños se ríen y juegan a la gallina ciega.

Ahora Farid está viejo, aunque no lo parece. Y aún lucha por ser libre. Quisiera encallar el tiempo en la cima de aquella montaña. Junto a Rashid y señora Cornaro. Junto al ciprés que reverdece. Volver el tiempo, ser niño, de verdad, no un castrado, por siempre. Ser música. El esclavo que toca la mandolina para que su señora no perezca de deseo y aburrimiento.

—Te has encariñado con el muchachito —dijo la señora Cornaro.

—Así es —concedió el alquimista.

—Te lo regalo.

Fue así que Lucía vendió a Farid y él tuvo que separarse de aquella extraña felicidad que tuvo en la ciudad de Famagusta. Tal vez el único sitio en que, siendo esclavo, se sintió feliz.

Pasearon la ciudad. Solimán acababa de sofocar la revuelta de Janbardi Al-Ghazali y aunque la ciudad vivía aún el miedo a la revuelta y la sofocación, el sultán impuso los reales del imperio otomano y comenzó, con ellos ahí, el gran esplendor de la ciudad de Damasco. Parecía una señal o una provocación. 

Estaban asombrados. La vida seguía después de la revuelta. Farid, sobre todo, nunca había visto tanta gente en su vida. 

Caminaron por calles empedradas. Querían devorarlo todo. Damasco los edificios y las gentes eran tan maravillosos como el sonido de la palabra Dimashq. 

Farid de pronto siente el impulso de verlo todo. Nunca imaginó que pudiera existir tanta gente, tantos edificios, casas, masjids. El Centurión los sigue y de pronto se siente feliz con ellos. Fueron al souq a comprar cosas, pero no las cosas que compraba El Centurión, cuando vivia con los beduinos.

 El souq en Damasco era enorme. Todo era frutas, telas, artefactos: relojes venecianos. Instrumentos de música. Alfombras, cascos que trajeron de Persia. Cimitarras del ejército mongol. 

Las esencias confunden los sentidos con olores de jengibre y algarrobo. Todos los colores del mundo. Al niño lo deslumbra el brillo del cobre, el brillo de la manzana verde. ¿Sabes que el caballo de Solimán sólo come manzanas verdes? Comentó Farid. ¿De verdad? Dame cinco, dijo el Centurión. ¿Es verdad que Viento del diablo sólo come manzanas verdes? Claro que sí. Qué dientes tan blancos, dijo de pronto Paulo deslumbrado. Con una sonrisa  tuya puedes encantar a un conquistador. Puedes encantar, incluso al mal. Mira: En el mercado, había un hombre vendiendo halcones.

Se persiguieron por calles estrechas en las que colgaban —como banderas— telas rojas en las terrazas. Cruzaron calles llenas de perros, como si fueran hermanos jugando a perseguirse. Salieron unos metros fuera de la ciudad amurallada y volvieron caminando por entre mujeres vestidas de burkas que traían jarrones en las cabezas. 

Pasaron junto a un grupo de músicos vagabundos. El Centurión les dio dos monedas y luego fueron a sentir el calor de una jarra de té. Eran dos vagos que no se han bañado nunca. Farid vio a El Centurión feliz, por primera vez. No se le fue de los ojos el brillo ni siquiera cuando Farid preguntó: 

—El Centurión ¿dónde vamos a dormir?  

La madre levantó los hombros. Como si fuera un muchacho se puso de pie de un salto y  volvió a la carrera: 

—No vas a poder alcanzarme —gritó. 

Farid fue tras ella, se sintió mareado y le dolieron las piernas cuando subió la pendiente.

 Pero no las cosas que compraron antes, cuando vivían con los beduinos.  

Encontraron el souq y compraron dulces y aguas de colores.

Compraron dulces y aguas de colores. Al niño le deslumbró el brillo de las vasijas de cobre y el sabor de la manzana. Luego, en una plaza desde la que se veía el minarete azul de la mezquita, compraron diminutos pasteles de miel que parecían huevos cubiertos de polvos mágicos. El Centurión devoró tres de un golpe. Farid buscó un lugar donde comer sentado, como si fuera un viejo. Entonces El Centurión metió un dedo en el cántaro que compraron y le embarró la cara de miel. 

El souq era mucho más grande de lo que el niño hubiera visto jamás. 

 A Farid le deslumbró particularmente el brillo de las vasijas de cobre y el sabor de la manzana. 

—¿Sabes que el caballo de Solimán se alimenta sólo de manzanas verdes como ésta que te estás comiendo? —le dijo el mercader. 

Farid se sentía así de grande y poderoso. Como si fuera capaz sobre sus hombros todo el peso del Imperio turco.

Sangre, recordó Farid. 

—¿Que vamos a hacer, El Centurión? 

La abrazó.  

—Ven —dijo ella. 

—¿A dónde vamos?

Se metieron en calles angostas.

—¿A dónde vamos? 

—A verlo. 

—¿A quién? 

—A Solimán. 

Rodearon callejones sin nombre. Atrás del caserío se escuchaban las ordenes de un turco. El Centurión siguió el golpe de los caballos: 

—Por aquí. 

El camino los condujo en sentido contrario. No había forma de volver, perdían la procesión. Saltaron una pequeña verja de madera, un huerto abandonado, flores muertas y fruta podrida. Luego otra vez: 

—El ruido de los caballos. 

—Ven. 

El Centurión corrió. De un salto se subió a un olivo silvestre. Se inclinó hacia el niño: 

—Ven, sube. Es fácil. 

Un pie en las ramas inferiores. Farid subió tras ella. 

—Quítate las sandalias

Farid la mira con duda. 

—Anda, es más fácil.

 Cayeron las sandalias. Los pies desnudos se apoyaron en las ramas. El niño abrazó a su madre. 

—Sube por aquí. 

Farid trepó por encima de ella. Cogió una rama. 

—Apóyate en mis hombros. 

Las ramas le arañaban la cara. El pantalón estuvo a punto de caérsele. Quiso decir: Ya basta, no me interesa ver al turco, pero la voz se le quedó adentro. Separó de su cara una rama y vio, primero, las patas, luego las crines, la piel negra, el pelambre blanco. Viento del diablo resopló. Sobre de él caballo, Farid vio a un hombre tan majestuoso que opaca incluso el recuerdo de aquel hombre que golpeaba a su mamá. 

Cesó el cansancio. Cesó el dolor de los pies. El brillo de la armadura de Solimán era el de un único Dios.

—Nunca viste nada así —se dice Farid en el coro catedralicio. 

No ha podido opacar el recuerdo del turco, ni siquiera la imagen de otro conquistador. Hace unos días Farid vio pasar el cortejo de Hernán Cortés. El marqués también se veía grandioso, caminando en su caballo Molinero.

Los pies desnudos de Farid se apoyan en las ramas. El niño se apoya en el hombro de Farid. Sube por aquí. Farid sube por encima de Farid. Apóyate en mis hombros. 

Cesó el cansancio. Cesó el dolor de los pies. El brillo de la armadura de Solimán era el de un único Dios.

—Nunca viste nada así —se dice Farid en el coro catedralicio. 

No ha podido opacar el recuerdo del turco, ni siquiera la imagen de otro conquistador. Hace unos días Farid vio pasar el cortejo de Hernán Cortés. El marqués también se veía grandioso, caminando en su caballo Molinero.

Las ramas les arañan la cara, el pantalón está a punto de caer. Entonces, los niños separaron una rama y vieron primero las patas, luego las crines, la piel negra, el pelambre blanco. Viento del diablo resopló. Sobre el caballo, Farid vio a un hombre majestuoso. Cesó el ruido de Damasco. El brillo de la armadura de Solimán era el de un único Dios.

Un piquete de soldados otomanos entra a Damasco. Sigue la guerra contra el infiel Janbardi Al-Chazali. Farid lo mira y todo se olvida: El hambre, el dolor de piernas. La muerte de El Centurión. ¿Te gusta? Preguntó Farid. Sí. 

Bajaron del árbol. Damasco en estado de sitio y ellos son dos prófugos felices que corren y se persiguen por las calles empedradas de la ciudad.

—Si van a la Jerusalén yo puedo llevarlos —dijo el Centurión. 

—¿De verdad?

—Somos un grupo de soldados. Libres. No trabajamos para ningún príncipe o sultán. 

Farid se imaginó uno de ellos. Es agradable la imagen: guerreros Centurións y libres que vagan por el desierto a voluntad. Dueños de sí mismos, entregados a aventuras a merced de la mano del Uno.

—La Jerusalén. ¿Está lejos? 

—Muy lejos. 

—¿Puedes llevarnos? 

—Claro que sí. 

El hombre se acercó a Farid. Tanto que sintió su aliento. 

—Conocemos todos los caminos del desierto. Hemos llevado y traído peregrinos durante diez años. 

—¿Diez? 

—Casi tantos como los tuyos. ¿Cuántos años tienes? 

—Once. 

—Once —repitió Dalí— estás muy chico. 

—No —Te sentiste herido, Farid, pensabas, no soy un niño, puedo proteger a mi madre. 

—¿No estás chico? 

—Claro que no. Soy un buen musulmán y voy con mi madre a La Jerusalén. 

Dalí sonrió: 

—Muy bien. Tal vez estás en la edad perfecta. 

El Centurión se limpió una gota de agua que se deslizó de la frente hasta su pestaña, se levantó, golpeó las manos y un par de esclavos se aproximó para entregarles a él y a Farid, hermosas batas de seda blanca y unas babuchas bordadas con un gusto tan fino que daba pena pisarlas. 

Farid se terminó de vestir primero. No tenía sandalias. Se miró los pies desnudos un rato largo. El Centurión se acomodaba la cimitarra y el chaleco frente al espejo. Farid sonrió. El Centurión sonrió también. 

Te sentiste tan pequeño junto al gigante, Farid. Te cohibiste y qué vergüenza pensarlo ahora. Qué vergüenza haber deseado tan fuerte que ojalá que aquel hombre fuera tu papá.

Desde la hostería del Azul, Farid mira el alminar de la masjid. Sólo su fuerza vertical con inscripciones coránicas que Farid no puede leer. Es enorme y de turquesa. Parece un mosaico de vidrio que rompe la monotonía de los techos rojos en la ciudad. Hay viento. Vuelan telas en los balcones de las casas. El niño imagina que se lanza y sabe cómo volar. Vuela sobre Damasco y va hasta donde la mujer que hierve té de menta. Dan ganas de gritar que mañana nos vamos a La Jerusalén porque somos buenos musulmanes y el hombre que asesinó mi madre no será ya más nuestra sombra de mala suerte.

En el nicho del mihrab, hicieron oraciones. Cuando era de noche y se encendieron faroles.

Farid y El Centurión oraron en la mezquita de los Omeya, comieron pescados del Nilo con aceitunas. Durmieron bajo el minarete y el almacín lanzó el rezo de medianoche.

“Vámonos”, dijo El Centurión, muerta de miedo con

la idea de tener que responder a los otomanos de la mancha de

sangre en su vestido.

Desde la hostería del Azul, Farid mira el alminar de la masjid. Sólo su fuerza vertical con inscripciones coránicas que Farid no puede leer. Es enorme y de turquesa. Parece un mosaico de vidrio que rompe la monotonía de los techos rojos en la ciudad. Hay viento. Vuelan telas en los balcones de las casas. El niño imagina que se lanza y sabe cómo volar. Vuela sobre Damasco y va hasta donde la mujer que hierve té de menta. Dan ganas de gritar que mañana nos vamos a La Jerusalén porque somos buenos musulmanes y el hombre que asesinó mi madre no será ya más nuestra sombra de mala suerte. 

—¿Vas a quedarte viendo fuera toda la noche? —preguntó El Centurión. 

—Si.

Hoy, toda esa ciudad ha desaparecido. Pertenece a Turquía. Viví en Famagusta, en la hermosura de sus palacios, los últimos años de la dominación veneciana. Y estábamos haciendo planes. El dinero que tenía Felipe nos parecía un tesoro así que pensamos comprar tal vez un barco. Entonces escuchamos los cascos de los caballos.

Era el duque. La gente se lanzó hacia el camino donde sus soldados nos detenían. ¿Qué ibamos a hacer? Al paso del príncipe Antonio, la gente abría sus balcones y comenzaron a empujarnos hacia atrás. 

Los soldados que volvían del este traían prisioneros asesinos, mamlûk, bahríes y burÿíes que parecían poseídos por el espíritu de la guerra. Sin embargo, había sido más grande el poder de la cristiandad y las patas de los caballos del príncipe golpeaban las piedras al ritmo de los tambores.

Me fascina el ritmo del trote de los caballos. Es el origen de toda música. Son todavía más elegantes que los caballos árabes adornados en colas y crines con piedras brillantes.

Ven, me dijo Felipe y me arrastró.

—¿A dónde vamos? Nos metimos por calles angostas y: Vamos a verlo. ¿A quién? ¡Al magnífico!

Rodeamos callejones de prostitutas por caseríos donde lloraban los niños muertos de hambre. Atrás del caserío se escuchaba el grito de las maniobras del turco. Felipe nos fue guiando por la calle siguiendo el ruido del casco de los caballos.

—Por aquí. 

El camino nos condujo en sentido contrario y de pronto, la multitud nos cerró el paso. No había forma de volver. Estábamos perdiendo la procesión. Saltamos entonces la verja de una casa y cruzamos un jardín por entre flores muertas y fruta podrida. Espera. ¡Es por aquí! Otra vez: el ruido del casco de los caballos.

De un salto, Felipe subió a un olivo. Se inclinó hacia mí y dijo: 

—Dame la mano. Salta. Quítate las sandalias.

Mis pies desnudos se apoyaron en las ramas del árbol. Y allá arriba, para que no fuera a caer, nos abrazamos y así abrazados lo vimos. Primero las patas y luego las crines, la piel negra del caballo y sus crines blancas. Viento del diablo es el nombre del caballo del príncipe.

Y entonces se calló el cansancio. El brillo en la armadura del príncipe era, Padre, un pálido reflejo del que vería en tu rostro cuando te conocí. Y sin embargo, me preparó para conocerte porque todo aquel trayecto. Ahora lo entiendo, todo aquel viaje, en cada uno de sus hechos, me estuviste llamando.

Muerte al turco, gritó uno desde el balcón y el califa, que lo había escuchado sonrió. La gente comenzó a vitorearlo.

Bajamos del árbol y libres ahora incluso del propósito del viaje, nos lanzamos a la carrera. Jugamos a perseguirnos y, cuando se hizo noche, dormimos como unos vagos en el jardín.

Compramos cosas con el dinero que habíamos robado de nuestros padres. Vimos frutas desconocidas, telas, relojes venecianos instrumentos de música, alfombras y cascos que habían trajeron de Persia. Miramos las cimitarras y los vasos de cobre del ejército mongol. Las esencias nos confundían los sentidos. Olor a jengibre y algarrobo. Un hombre que vende halcones y en la puerta que daba a la plaza compramos dulces y pasteles diminutos, rellenos de miel y cubiertos de polvos. Polvos mágicos, dijo Felipe y devoró un par.

Comimos jocoque y pollo a las brazas. En el mercado encontré todos los colores del mundo. Todos los olores, jara y láudano, té verde, piñones y querat y el olor de nuestros propios sudores. Sin embargo, dos cosas me deslumbraron más: el brillo del cobre que, nunca había visto y el olor de la manzana verde.

Estas manzanas, dijo el mercader, son las mismas que come el caballo del príncipe. Compramos cuatro, para cenar.

*** 

En una plaza que tenía una fuente y desde la que el alminar se veía tan grande que parecía venirse sobre de ellos, compraron dulces y pasteles diminutos. Estaban rellenos de miel. Los cubría una deliciosa mezcla blanca de polvos mágicos. 

Farid comió tres. Farid se sentó a saborear su pastel, a dejar que el sabor se deshiciera en la boca hasta que la miel le cubriera la lengua. 

Farid metió un dedo en un cántaro de jocoque. Le embarró la cara. Comieron hasta que les dolieron las panzas. 

Y luego caminaron por las calles que suben y bajan. De los balcones cuelgan telas rojas que se mueven como pendones al aire cuando es tiempo de guerra. 

Cruzaron calles, seguían el rumbo de los desagües, se protegían del calor bajo los balcones. Había perros y toda clase de hombres y mujeres vestidas con burkas de colores chillones. Había gente bebiendo agua en todas las fuentes y pozos. Ahora ¿dónde está Solimán?, preguntó Farid. En palacio. Debe ser un palacio decorado con mosaicos, pinturas murales y estucos con animales y escenas de la corte: Solimán rey de los turcos se levanta por entre todos los musulmanes y vence leones alados. 

Farid. ¿Podemos volver a la plaza? Preguntaron los niños. Creo que sí, dijo Pablo. Tenemos tiempo. Todo el tiempo del mundo en espera de Carlo. Tiempo para ir y venir y quedarse un rato largo a escuchar a los músicos vagabundos. Tirar monedas a sus pies. Gracias, dijo el músico desdentado. En la masjid miraron la cabeza del profeta.

Transitamos las calles de Famaugusta ungidos de aceites. Nos había bañado el mar, la novia de Solimán. Nos habían bañado y embellecido para vendernos en el esclavo. Era domingo, día del Altísimo. Sonaban las campanas y las calles se llenaron de caballeros de sombrero de plumas. Parados en el mercado, si me levantaba en las puntas, podía mirar el puerto, los barcos venecianos que llevaban mercancías hacia Europa. 

En Damasco, los turcos. Solimán. Un piquete de soldados otomanos entra a Damasco. Sigue la guerra contra el infiel Janbardi Al-Chazali. Y Farid lo mira y todo se olvida: El hambre, el dolor de piernas. La mancha de sangre de Jamil. 

Farid sonrió. Volteó a mirar a su madre. 

—¿Te gusta? 

—Si. 

El niño bajó del árbol. Jamil le dio un beso. Damasco en estado de sitio y ellos, nada más dos vagos que juegan a perseguirse. Dos que no hacen nada, duermen en la calle y se persiguen de arriba para abajo en las calles empedradas de la ciudad. 

Farid de pronto siente el impulso de verlo todo. Nunca imaginó que pudiera existir tanta gente, tantos edificios, casas, masjids. Todo es tan raro.

¿De verdad conoces a Solimán?

—Claro que sí, dijo el Centurión y volteó a mirar al niño.

—Qué dientes tan bonitos, dijo el Centurión. Con una sonrisa los encantarás a todos. 

—Qué hermosa es la princesa Carlota —dijo el muchacho. 

—¿Sabes cómo se llama su caballo? Viento del Diablo, como el caballo de Solimán.

Farid y el Centurión habían llegado a un mercado. Mientras caminaban, Farid, el narrador, percibió un sonido inusual: el melodioso tono de una zampoña. Al dirigir su mirada hacia adelante, divisaron al Encantador de Serpientes, ubicado junto a un llamativo muro turquesa. Farid se detuvo, y el Centurión hizo lo mismo, cautivados por la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

El Encantador de Serpientes, al compás de la zampoña, había entonado una canción susurrando “Tú morirás, él morirá, solo el Altísimo no morirá”, mientras danzaba con una serpiente enroscada a su cuerpo. Farid se sintió completamente cautivado por el espectáculo, a pesar de no haber presenciado algo similar antes.

Mientras observaba cómo la serpiente se acercaba al oído del encantador, como susurrándole palabras de amor, Farid había preguntado con curiosidad: “¿Por qué debemos seguir adelante?”. El Centurión había respondido firmemente: “No hagas preguntas”. Aunque desconcertado, Farid decidió sentarse en silencio y contemplar el acto con asombro, sin entender del todo la razón detrás de su inminente partida.

Mientras había jugueteado tristemente con el agua del río, Farid había sido abordado por El Centurión, quien le había anunciado que debían separarse. Las piedras habían rodado bajo sus pies desnudos, revelando los escondites de los ajolotes. En ese momento, Farid había pensado para sí mismo: “Incluso si fuera inmortal, Sitt no me amaría. Mi hermana gemela se quedaría en el palacio, pero inexplicablemente, a mí me corresponde escapar hacia la ciudad de los paganos”. A pesar de tener solo doce años, una profunda tristeza había invadido el corazón de Farid, aunque sus lágrimas se habían negado a brotar.

Farid había detenido frente a la antorcha, contemplando al mago que bailaba con una boa. A los pies del mago, había habido un tapete rojo tejido con rezos, mientras un círculo de niños y soldados había observado el acto con fascinación. Farid había permanecido de pie sobre el tapete, manchado con su propia sangre, observando con devoción cómo un niño dominaba al monstruo de todas las pesadillas. Detrás de él, un anciano había tocado la zampoña, creando una melodía envolvente que había fusionado lo sutil y lo descomunal.

En lo alto de la mezquita, frente al Encantador de Serpientes, había una inscripción dorada que le había advertido a Farid: “Tú morirás, Oh Mohammed, y ellos también morirán”. El temor se había apoderado de él al presenciar al encantador de serpientes y su monstruosa criatura, acompañados por un anciano que tocaba una melodía hipnotizante. Soldados otomanos habían estado observando el mágico espectáculo. La serpiente se había enroscado alrededor del encantador, quien había conjurado los miedos y pecados, incluyendo el asesinato de Jamil y los propios pensamientos de Farid.

Fascinado, Farid se había quedado hipnotizado al ver cómo la serpiente se había enredado en el cuerpo del encantador y se habían besado. La serpiente había serpentado entre las costillas del mago mientras este había fijado su mirada en los ojos amarillos. Solo él había tenido el poder de conjurar miedos y pecados.

La mezquita, construida con bloques de turquesa, había tenido incrustada la misma inscripción dorada: “Tú morirás, Oh Mohammed, y ellos también morirán”. El encantador de serpientes había continuado su danza con la serpiente monstruosa, acompañado por el viejo y su melodía familiar. Los pájaros habían graznado mientras el encantador había sostenido una mirada fija en los ojos amarillos del mal y la serpiente se había enroscado. Solo él había tenido el poder de conjurar los miedos y pecados, incluyendo el asesinato de Jamil y los pensamientos de Farid.

Farid se había encontrado hipnotizado al presenciar cómo la serpiente se había enredado en el cuerpo del encantador, fundiéndose en uno solo. Se habían besado mientras la serpiente había serpentado entre las costillas del encantador. Él había mantenido su mirada fija en los ojos amarillos mientras la serpiente se había enroscado. Solo el niño había sido capaz de conjurar los miedos y pecados, incluyendo el asesinato de Jamil y sus propios temores.

El Encantador de Serpientes había evocado todos los miedos de Farid, desencadenando una transformación en él. Había decidido aceptar la propuesta del vendedor de esclavos para poder seguir observando al hermoso joven que bailaba con la serpiente, como si fuera su destino eterno.

La voz del encantador, llena de pecados y revelaciones, había creado un nuevo mundo mientras el ángel había emprendido el vuelo. Antes de regresar a la realidad, Farid había soñado con Farid, quien había sobrevivido al sacrificio, y un rey que había representado el futuro del mundo en una playa donde el sol había desaparecido para siempre. Sus miradas habían encontrado brevemente en el infinito de sus reflejos, donde había yacido una guerra. Habían sido el otro, el tú. Un pronombre que no había podido ser pronunciado, Dios.

En ese momento, el qari había sentido cómo millones de hormigas minúsculas habían ascendido por sus piernas, dejándole cicatrices de amor. El amor de Hákim le había revelado la respuesta a su pregunta: ¿para qué? ¿Por qué había corrido?

¿Para qué había escapado? ¿Para qué había querido morir, Farid?

 Cuando se detuvieron para descansar, estaba ya cerca de caer la tarde. La Luna, que había dejado de ser su dios, comenzó a brillar muy tenuemente. Salía vapor de sus respiraciones. El Centurión extrajo de su manto una manzana verde y se la entregó al niño quien la guardó para comerla después. Farid se acostó de lado para seguir llorando y, de espaldas al Centurión pronunció este juramento por segunda vez:

         —Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.

         No sucedió nada.

         —Ven.

         El Centurión se había puesto frente a él, le tendió la mano, lo cargó y se lo llevó sobre el hombro, sentado esta vez, hasta que entraron por las puertas de la ciudad de Damasco. Farid no podía saber que todo aquel día los vendedores de esclavos lo habían estado buscando.

    Entraron en la ciudad cuando todavía había mucha luz. Tomaron un poco de agua en la fuente de la plaza y el Centurión, agotado, se recostó en una piedra y se quedó dormido. Entonces Farid pensó en escapar. Incluso se le atravesó la idea de coger una piedra y reventársela en la cabeza. Matarlo. Pero el sacerdote en la Casa de Oración lo había convencido de que era necesario seguir los mandamientos de modo que se tranquilizó, se recostó junto al griego y, como no podía quedarse dormido tuvo nuevamente aquella visión: una mujer muy vieja tejía su mortaja. Para quitarse el miedo, se puso a cantar. El Centurión, medio dormido, sonrió con la música y dobló su jubón de modo que sirviese como cojín.

         La canción de Farid hablaba de Adán, el héroe de su tribu, el primer hombre que aprendió el nombre secreto de dios y el primero que realmente lo había amado. A los pies de Farid cayó una moneda de bronce. Fue la primera vez que recibió dinero por una canción.

         Cuando levantó los ojos miró a un hombre moreno. Tenía las cejas muy pobladas y los ojos de un niño. Era Hákim. Le preguntó:

         —¿A qué va un muwahhidun a Bizancio?

—Vamos a Jerusalén —respondió Farid, porque dicen que allá hay hombres que veneran al único Dios.

         —Dicen que allá hay hombres que veneran al dios de Adán.

         —¿Quieres volverte cristiano?

         —No —contestó Farid—. Aunque tal vez lo soy sin saberlo. ¿Tú quién eres?

         Hákim sonrió. Se sentó junto al qari y le dijo:

         —Me llamo al-Hákim y hace muchos años fui un rey fatimí. Hoy solo reino en el mundo. Y puedo volverte inmortal.

         El Centurión despertó. Hákim había desaparecido de modo tan inesperado que Farid creyó que había sido solamente una visión.

         —¿Con quién hablas?

         —No sé bien, creo que con un dios —respondió Farid—. Tal vez el dios Luna.

         —El dios Luna no existe —dijo el Centurión—. Se levantó, bostezó y se estiró y luego dijo —Espérame aquí.

         Fue a comprar algo para comer. Farid se quedó pensando. Estaba triste, pero divagando, llegó a la conclusión de que sería feliz en el día en que muriera pues volvería a ver a Jamil. Por otra parte, a pesar de que pronto atardecería, aquella ciudad le pareció la imagen del paraíso. Él no había ido nunca más allá del Monte Qasiūn y aunque conoció con su madre un par de zocos que se pusieron al pie de su montaña sagrada, nunca creyó que pudiese haber tanta gente como la que iba y venía por aquí. El Centurión volvió y le ofreció un dulce de granada. Le pareció delicioso y la ciudad le pareció todavía más agradable.

         —Ven —ordenó.

         El niño lo siguió y se fueron en busca del puerto. Iban por caminos empedrados, por los barrios en los que suelen ir los ladrones. Era una tarde muy caluros y había telas en los balcones y, a lo lejos, un torreón en el que comenzaron a buscar su nido las gaviotas. Pasaron por una plaza y Farid escuchó un sonido inusual. Era una zampoña. El qari vio entonces a un muchacho desnudo que bailaba con una serpiente. El niño se detuvo y el centurión con él. Farid no había visto nunca un encantador de serpientes. El acto le fascinó. Tú morirás, cantaba el muchacho al ritmo de la zampoña, él también morirá, sólo el Altísimo no morirá. El Encantador de Serpientes, bailaba con una víbora. Todo en Farid enmudeció. El dolor de dejar atrás la infancia y el sabor del dulce de granada; calló la tarde, las telas en los balcones y el miedo al Rey Serpiente. Y es que la víbora se enroscaba en el cuerpo del muchacho como si fuese su enamorada. Surcaba su cuerpo de un modo gentil. Y el encantador, quien debe haber tenido unos doce años, le pareció a Farid un pequeño dios. Y su corazón comenzó a palpitar. El reptil se enreda en el cuerpo del muchacho; cruza por el brazo y el cuello, parece que olisquea aquella piel, que quiere besarlo, desciende por el estómago hasta los pies que descansan sobre un tapete rojo tejido a base de rezos. Sube la serpiente por una pierna, por la espalda y parece que en la oreja le susurra palabras de amor.

—Tenemos que irnos —dijo el Centurión.

Farid respondió:

—¿Para qué?

—¿Qué preguntas? —interrumpió el Centurión.

El qari, sin decir nada, se sentó muy lentamente para seguir mirando. Aquel muchacho había conjurado todos sus miedos y, como si se hubiese dado cuenta, volteó a mirarlo. Farid sintió entonces vergüenza, pues pensó que aquel domador de bestias podía leerle los pensamientos. En cuanto se miraron, Farid sintió millones de hormigas de pies diminutos y calientes que le subían por las piernas y le dejaban por dentro cicatrices invisibles. Era un amor que volvía clara la respuesta a aquella pregunta que había formulado: ¿para qué? ¿Para qué corres? ¿Para qué escapas? ¿Para qué vives, Farid?

Cerró los ojos y, como si hubiera sucumbido al encuentro entre lo sutil y lo descomunal, murmuró por tercera vez:

—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.

No sucedió absolutamente nada.

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