F0575 · Sucedió, pues que un 22 de octubre de 1500 Isaac bajó…

Sucedió, pues que un 22 de octubre de 1500 Isaac bajó de su propio empíreo, del mundo de las idas y se introdujo en la caverna de gemas de su propia biblioteca. Se encontró a Alberto sentado en un sillón tipo bergere disfrutando del sol templado que entraba por un ventanal. En aquellos meses el monje había cambiado mucho de aspecto. Gracias a los 

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consejos de Farid no vestía más como un payaso. Estaba arreglado a la moda florentina, llevaba una barba bien cuidada y, en suma, tenía el aspecto de un noble romano. Isaac saludó y Alberto se sobresaltó tanto que estuvo a punto de tirar el volumen que estaba leyendo, los poemas de Petrarca. Los dos rieron e Isaac aprovechó para ordenar a su esclavo Antonio que le aproximara un escabel en el que se sentó para charlar con un anfitrión que lo esperaba desde varios meses atrás. 

Como no encontraron de momento temas de conversación, Isaac, quien después de todo estaba acostumbrado a las sutilezas de una corte imperial, derivó la charla hacia un volumen que Alberto parecía haber estado leyendo pues estaba acomodado cerca de él sobre un taburete. Era una traducción al latín de un tratado persa atribuido a un tal Ostanes. 

—Interesado en el Nigredo —comentó Isaac. 

Balbuceando, Alberto dijo que sí, que algo había leído y que le había sorprendido encontrar tantos libros pero no hallar en el castillo de la Casa de Dante un alambique. Alberto se levantó, suspiró como si a él también le consternara la falta de alambiques y dijo que había uno, que tal vez se lo enseñara un día, pero que ahora estaba interesado en otra clase de transmutaciones. Alberto estaba muy intrigado sobre todo en la posibilidad de que su anfitrión le develara el secreto de la inmortalidad. La aparente juventud de Isaac, su aspecto 

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de frescura casi adolescente y la condición infantil del favorito, Farid, habían terminado por convencerlo de que vivía en casa de inmortales. 

—¿Cómo te ha tratado la Casa de Dante? —preguntó Isaac. El monje respondió que no podía quejarse. Se había sentido un poco solo los primeros 

días, es verdad, pero Farid le había mostrado el barrio. Un barrio muy agradable que terminó por aburrirlo. Estaba más contento aquí estudiando a pesar de que no hubiese un lugar para practicar las artes de todos estos libros. 

Isaac se levantó y dio una vuelta por su biblioteca. Alberto tuvo la impresión de que sabía qué volúmenes había estado revisando y, para evitar el bochorno de sentir que había sido descubierto en una curiosidad que, sin querer, él mismo consideraba malsana, preguntó: 

—Estoy contento, excelencia, pero a decir verdad sigo sin entender la razón por la que me hizo usted salir del monasterio para venir aquí. Isaac sonrió. Traía consigo un volumen que hablaba de la ruta de la seda y se sentó cerca de Alberto como si fuera a leer. Pero no. Respondió: 

—A decir verdad yo tampoco tengo muy clara la razón por la que decidí pedir al nuevo abad que te permitiese vivir aquí. Me gusta tu voz y pensé que el monasterio terminaría por destruir el alma de un hombre noble. Porque intuyo que eres un hombre noble. Casi tanto 

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como Fabricio, tu maestro cuya voz terminó por corromperse a causa de esos hombres que dicen amar a Dios. 

Alberto enrojeció. La mención a Fabricio lo había consternado, no sólo porque la soledad lo había llevado a extrañarlo. Había en él ese celo que sienten todos los músicos y la insinuación de que su maestro tenía, al menos al principio, mejor voz que la suya, le había molestado. 

—Seguramente piensas, como los otros —siguió diciendo Isaac— que fue la pubertad lo que mató la voz de Fabricio. Yo, en cambio, estoy convencido de que lo que asesinó su voz fue la resequedad del cristianismo. 

—Ni usted ni nadie en este castillo me ha pedido que cante. ¿Cómo puede saber que mi voz no se ha resecado? 

Isaac no respondió. Dijo, en cambio:

—Cuando llegué a Roma, alguien en la corte del papa me comentó que había en Santa 

Sabina un coro muy hermoso. Y fui a misa, claro, sólo para escucharlo. No me decepcionó, pero un Día de Resurrección, cuando luego de la liturgia del fuego y la oscuridad escuché en las penumbras de la capilla la voz infantil de Fabricio, pensé que no había nada más hermoso. Ni en oriente ni en occidente. Como tal vez sabes fui educado en Georgia. Ahí los árabes 

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cultivan el arte sagrado de la música y la voz de Fabricio me pareció digna de los coros que escuché en la infancia. Pero no hablemos más de ello. Ya tendrás tiempo de presumirme tu propia voz. Acabo de instruir a Farid para que te enseñe las escalas orientales que seguramente en el convento te tienen prohibido estudiar. Lo he instruido también para que aprenda de ti la música que aprendiste de Fabricio. Serás el nuevo maestro del muchacho árabe y visto que me doy cuenta que estás interesado en el arte de la transmutación debo decirte que no hay transmutación más prodigiosa que la de la música. ¿Estás de acuerdo? 

Aunque no lo había pensado nunca, Alberto asintió y entonces Isaac cambió de tema. 

—Por otra parte tal vez has escuchado hablar, en las reuniones en mi casa o en alguna otra parte del juicio contra los hermanos Colón. Luis Méndez de Sotomayor me ha informado que estuviste muy interesado en los detalles del juicio contra este hombre a quienes todos, con excepción de Bartolomé de las Casas consideran un héroe. 

Con la misma ingenuidad con la que había respondido a las preguntas en torno a la fe que le había hecho Fabricio cuando era un niño, Alberto dijo todo lo que sabía, que el juicio contra Colón se había prolongado por más de un año en las tierras de Castilla. Isaac interrumpió. 

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—En efecto, la reina católica ha enviado a las islas de ultramar a Francisco Fernández de Bobadilla un inquisidor para investigar los cargos contra los hermanos Colón. Dudo que les sea fácil salir de esta. Se les acusa de esclavitud contra la voluntad de la reina lo cual no sería tan grave si no hubiese sido porque su católica majestad pidió expresamente que se les evangelizara y no que se les esclavizara. Esto, claro, tampoco es tan grave. Lo que puede terminar con los hermanos Colón en un auto de fe es la ocultación de quintos reales en perlas y en oro. Por lo pronto se ha salvado, pero dudo que se libere del calabozo. Hay en su contra la sospecha de haberse aliado con enemigos de la corte de Castilla y Aragón, en particular con un tal Francisco Roldán y por algo que tal vez has escuchado. Se dice que los hermanos Colón son judíos de modo que es posible que el juez inquisidor encuentre que los antiguos héroes navegantes se encuentren llamados a la corte con el cargo de alta traición. 

En efecto, no sólo peligraba el ingente patrimonio con el que se habían hecho los hermanos Cristóbal y Bartolomé en La Española. Su vida estaba en peligro, pero a Alberto el asunto no le parecía tan importante como saber, ¿qué tenía que ver él en todo esto?

—Francisco de Bobadilla —dijo Isaac—, a quien tengo el gusto de conocer bien, ha zarpado hacia el oeste y ¿sabes? Llevaba consigo la acusación formal contra el explorador cuando, en Santo Domingo los encontró guerreando. 

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Isaac soltó la carcajada. No eran necesarias más pruebas, claro, Bobadilla cargó a Colón de cadenas y se lo llevó de regreso hacia España. La suerte que había tenido de encontrarse con aquellas islas se le acabó toda cuando el oidor de la reina se lo encontró guerreando. En premio por su servicio a la corona, Fernández de Bobadilla fue nombrado gobernador de la Española, un caserío según me las primeras colonias españolas que, a decir verdad, dijo Isaac, no parecían ser otra cosa que unos caseríos mal hechos, según había reportado su socio en estos menesteres, el noble Bartolomé. 

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Animado por el deseo de aventura, sintiendo que con ello se hacía un auténtico heredero de los emperadores mártires de Constantinopla y Trebisonda, Isaac comenzó a planear el viaje. Cruzaría el Nuevo Mar como había cruzado el Mediterráneo. Y aunque esperaba que al otro lado del mar se encontraría con tribus de caníbales (como todos, Isaac dudaba de la cordura de Bartolomé de las Casas) firmó un contrato con el marqué se las Salinas por el que se comprometía a ser su apoderado en La Española, vigilar los intereses de una encomienda que compraría para él y buscaría un lugar propicio para la pesca de perlas y se haría con él. El alquimista se había vuelto un cazador de tesoros reales, de los que habitan en el fondo del 

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mar. El primer problema al que tuvo que enfrentarse, sin embargo fue que las nuevas acusaciones de Bartolomé de las Casas y el ascenso de Cisneros al poder habían hecho todavía más difícil el viaje a América. Se presentó en la Casa de Contratación de Sevilla, la institución de la Corona encargada de cualquier asunto con los nuevos territorios de Juana, una reina a quien su padre tenía recluida en una torre. Lo entrevistó un burócrata pomposo que usaba gorguera. Le preguntó que para qué deseaba ir al Nuevo Mundo y él se presentó como descendiente de los Comneno, los emperadores de Constantinopla y Trabisonda, que había decidido invertir, junto con el marqués de las Salinas, un buen amigo del cardenal Cisneros, en una encomienda en La Española. El burócrata bostezó, pero Isaac cada vez más exaltado con sus planes le dijo que su plan era unirse a los dos mil colonizadores que trabajaban bajo el mando de Nicolás de Ovando. El burócrata bostezó, esta vez ruidosamente y preguntó: 

—¿Qué sabe usted del capitán de Ovando? A Isaac la pregunta lo tomó por sorpresa y contestó simplemente que la reina lo había 

nombrado para sustituir a Cristóbal Colón quien sin duda, dijo era un héroe, pero que había habido problemas… y comenzó a enredarse tanto en la historia de lo que había sucedido en La Española que de pronto tuvo la impresión de que aquel hombre más que un burócrata era 

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un inquisidor que podía hacerlo detener por ideas contrarias a las del cardenal y la reina Juana. 

La Casa de Contratación era un edificio imponente y lo único que en ese momento lo tranquilizaba era que a lo lejos se escuchaba a un grupo de muchachos que gritaban con peonzas y lanzaban maldiciones apostando con monedas de poco valor. Con respecto al capitán de Ovando, Isaac dijo lo que sabía, que era un gobernador de la reina que estaba encargado de llevar a cabo la colonización de La Española con dignidad y orden. De pronto se interrumpió y dijo: 

—Yo soy un geógrafo —es necesaria la ciencia en el Nuevo Mundo. 

El burócrata cerró de un golpe el archivo que contenía las recomendaciones y los papeles de Isaac, le dijo con voz calmada que llevaría al consejo todas sus credenciales, no era el momento más oportuno con el nombramiento de Américo Vespucio como capitán mayor del reino todos los puestos que dependían de este se estaban moviendo. Isaac salió. Ahí estaban los niños apostando y jugando. Se recordó a sí mismo cuando vivía en la corte de los últimos Comneno de Trebisonda y sonrió. 

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Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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