Farid, que fue una prostituta en Babilonia, ahora piensa que es justo alabar a Dios todos los días de su vida. A pesar de lo que podría creerse, Dios es un Dios de misericordia, justicia y amor. Es necesario, sin embargo, recorrer muchos caminos para que, a pesar de todo lo que ha vivido, Farid pueda atreverse a decir esto: que Dios es un Dios de amor. Es necesario agradecer las cicatrices y ver en ellas el golpe del cincel de un escultor que Farid mismo es, porque Dios es solo la fuerza que cicatriza. Es justo alabar a Dios, esta carne es el instrumento de su bondad y justicia. Y es pequeña y frágil, un papel que ha de quemarse llegado el tiempo, que Farid no sabe cuándo será.
Dios ha visto a Farid desnudo antes de que naciera y Farid sabe que Dios estará aquí cuando él ya no esté. Farid sabe que no es porque él es, sino porque Dios es, él es. Sabe que en el pecho de Dios siempre ha descansado su ser, que Dios lo imaginó recostado sobre Él en aquella cena desde antes de todos los tiempos, y sabe que Dios imaginó esta voz de loco o de iniciado antes de que Farid pudiera decir “mamá”. Sabe que debió haber muerto muchas veces, sabe que ha merecido perecer muchas veces y que, sin embargo, Dios vino a salvarlo, no por sus méritos, sino por lo grande de Su amor. Si fuese verdad que solo se puede amar a un igual, ¿cómo podría Dios amarlo? Y Farid sabe que Dios lo ama porque sintió el golpe de todo lo anterior a él, de todo lo que viene después de él, en el fondo de una caverna en el camino de la costa para ver morir al último sol de los aztecas. Que siga girando. Ha bebido el olvido, pero Dios le ha devuelto la razón para que ponga aquí lo que ha visto.