F0130 · —He matado a un hombre—repetía Alberto para sí mismo, su voz…

—He matado a un hombre—repetía Alberto para sí mismo, su voz apenas un murmullo que se perdía entre las risas y los gritos de los bebedores que llenaban las calles del Trastévere. Sus pasos eran torpes, vacilantes, mientras su mente se hundía en la imagen de Inés, deseando por última vez sus labios, su piel, sus secretos. La vergüenza lo quemaba, como un hierro al rojo vivo, y en su interior resonaban los ecos de una confesión que nunca sería absuelta: había matado al heredero de Trebisonda.

Se dejó caer en la plaza del aceite milagroso, donde las sombras se mezclaban con el aroma a vino derramado y especias viejas. Lloró como un niño, su cuerpo convulsionando con cada sollozo, hasta que una voz familiar interrumpió su miseria.

—Gracias—dijo Farid, con la serenidad de quien observa desde el abismo—. Pero no vale la pena preocuparse tanto por un esclavo.

Alberto alzó la vista. Sus miradas se encontraron, y en ese instante, todo el peso de la culpa pareció desplomarse, reemplazado por un calor que subía desde el estómago hasta la garganta. Sonrió, amarga y resignadamente.

—Acabo de matar a un hombre.

—Al hijo de un emperador—replicó Farid, dejando que una sonrisa se dibujara en sus labios. Luego se recostó contra el hombro de Alberto, con la misma naturalidad con que un niño busca refugio en los brazos de su madre. Alberto temblaba, pero no era miedo lo que sentía; era el vacío de haber cruzado un límite irreversible, la certeza de que nunca volvería a ser el mismo.

Farid cerró los ojos. En su mente, las imágenes del desierto y de Rashid danzaban como espejismos. Pensó en su madre, en los naranjales que rodeaban el monasterio donde había aprendido a callar, y sintió una calma que bordeaba lo irreal.

—Ya debe estarnos buscando Hákim—dijo, como quien anuncia la llegada de la noche—, el alquimista, el mercader de esclavos.

La plaza estaba viva, como aquella vez en Damasco, cuando contempló al Encantador de Serpientes. Pero el ruido, la gente, los colores, todo parecía ajeno. Farid se sentía extraño, cómodo, como si el mundo fuera un escenario y él solo un espectador, recostado junto a Alberto, que apenas podía contener las lágrimas.

—Voy a pedirle a Hákim que te ayude—dijo, poniéndose de pie.

Alberto le acarició la cara con manos temblorosas, y en ese gesto, tan lleno de desesperación, se vislumbraba la tragedia de un hombre que sabía que su destino estaba sellado.

—Espérame aquí.

Farid desapareció entre las sombras, dejando a Alberto solo con sus pensamientos y el olor agrio de la plaza. Frente a él, Basilio pedía limosna junto a una Virgen de la Tribulación, una obra que él mismo había pintado años atrás, cuando aún creía en la redención. Basilio tambaleaba como un loco, con los ojos perdidos en un abismo al que solo él parecía tener acceso.

—No sabes quién es ella, ¿verdad?—dijo Basilio, señalando a la Virgen.

Alberto quiso responder, pero su voz se ahogó en un suspiro. Basilio le puso un dedo en los labios para silenciarlo y añadió:

—Pronto vendrá la guardia de la inquisición.

—Que vengan—murmuró Alberto, con una determinación que solo los condenados pueden tener. Pero sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su mente, de recuerdos: Florián, Inés, el jardín donde alimentaban al monitor verde.

El licor y la desesperación lo arrastraron a un delirio. Se sintió águila y serpiente, atrapado entre el cielo y la tierra. Una y otra vez repetía la misma pregunta, como un mantra:

—¿Qué voy a hacer cuando te mueras?

Basilio lo observaba, entre fascinado y compasivo, mientras las notas de un laúd llenaban la noche. En el aire resonaba la melodía de Rodrigo Martínez, cada compás desgarrando el silencio con una intensidad que parecía hablar directamente al alma. La Virgen, con su rostro sereno, parecía sonreírle desde su altar improvisado. Finalmente, Basilio habló:

—Buscarla.

Con esa palabra, Alberto se levantó, transformado. Era uno de ellos ahora, un mendigo más, cubierto por el olor de los indigentes y la capa de su propia desgracia. Pasó la noche bebiendo, escuchando la música que resonaba como un eco de algo perdido. Al amanecer, cuando el sol lo despertó, murmuró:

—Buscarte.

Los soldados marchaban por el parque. Por un instante, creyó que venían por él. Pero el miedo se disipó cuando apareció Farid, envuelto en el dorado de la mañana.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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