1453, mayo, 31. Roma, colina del Aventino. 03:12 horas
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El día que Alberto dejó el monasterio, Fabricio veló en la capilla. No parpadeó. El ostensorio brillaba. Dios lo miraba. El mismo que inventó el sol, las órbitas, las letanías artúricas y la belleza incurable de Alberto. Fabricio la amaba. No a Alberto, sino a su belleza. Hágase tu voluntad, pensó. Sabía que se haría de todas formas.
Más allá del Tíber, otro muchacho rezaba. A Alá. Era Farid. El esclavo. Preparaba la habitación de Alberto. No en San Onofre. En la Casa de Dante. Farid rezaba por quien aún no conocía. Por Alberto. Fabricio rezaba por quienes aún no se habían cruzado con Alberto. Dos muchachos, dos dioses, una bendición sin saberlo.
Alberto encontró a su hermano en la capilla. No habló. Se arrodilló. El pan era pan, pero también era cuerpo. Cuerpo de un dios partido. Miró a su amigo. Velaron. Juntos. Una última vez.
Recordó las palabras del confesor. El alquimista no busca el alma. Busca la carne gloriosa. ¿No es eso también lo que buscamos los cristianos? preguntó Alberto. La resurrección no es un símbolo, le dijeron. Es materia en estado eterno. Pero no aquí. No en esta tierra. No con las manos. No con los ojos. Solo con la gracia. El alquimista, dijeron, es el hereje que quiso imitar el Génesis en el lodo.
Sonó la campana de prima. Las naranjas brillaron como corazones recién abiertos. Las cúpulas se encendieron. Alberto salió. Fabricio lo esperaba. Se miraron con los mismos ojos que nueve años antes. Estrecharon las manos. La palma de Fabricio entregó una joya. Ámbar. Adentro, una astilla.
—Es una espina —dijo Florián, que apareció sin que nadie lo llamara—. Una espina de la corona de Cristo.
Alberto sonrió. No por la reliquia. Por la ternura. Florián le contó que Nicolás la trajo de Tierra Santa. Era música encerrada en resina. No había hecho milagros. No salvó Constantinopla. Tal vez por eso podía salvarlo a él.
Fabricio tomó el ámbar. Lo colgó de su cuello.
—Que te recuerde —dijo— que no fue tan terrible el tiempo que viviste aquí.
Lo abrazó. Lo apretó. Contra su pecho, Alberto escuchó el eco de una infancia dormida.
Entonces vio a Farid. Junto al abad. Los hermanos de San Onofre ya habían cargado la carreta. No supo cómo despedirse. Fabricio inclinó la cabeza. Se fue por el camino de tierra roja.
Frente a la Virgen de las Tribulaciones, Alberto vio por primera vez a Farid. Y entendió. La belleza de ese muchacho no era celeste. Era terrestre. Pero era inmortal.
Recordó al abad Lionel bajando los escalones. Apretaba el sayal como si fuera una falda. Lo miró. Lo acarició. Le dijo:
—Puedes volver cuando quieras.
No supo si era burla o bendición. Guardó silencio. Quería irse. Ya.
Hakim, el esclavo anciano, cerraba las cajas. Los otros murmuraban. Tiene demasiadas cosas. No está hecho para la pobreza. Y era verdad. Tenía recuerdos. No lujos. Escapularios, oraciones, imágenes, libros. Mantas que Farid calificó de inútiles.
—Vas a vivir en un palacio —le dijo.
El abad caminó junto a la carreta. Farid subió a Viento del Diablo. Alberto se acomodó entre sus objetos.
—¿Qué hace aquí el icono de la capilla? —preguntó al ver a la Virgen.
—Le pertenece al amo Jorge —dijo Farid.
No explicó más. Chasqueó el látigo. El alazán avanzó. Hakim guio los bueyes. Farid montó junto a Alberto. Cabalgaban juntos, casi rozándose.
Pasaron la fuente, el cementerio, las casas ducales. Aventino sobrevivía. A la peste. A las guerras. A las legiones. San Alejo había vivido aquí, oculto en la casa de su padre. Alberto recordaba. El camino era el mismo. La ciudad, idéntica. El que había cambiado era él. Cantaba. Eso era suyo. Su canto.
Descendieron hacia el Circo Máximo. Evitaron la pendiente. La carreta era frágil.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Farid —respondió el moro.
Caminaban en silencio. Farid señaló una estatua.
—Jano.
Dios de las transiciones. Custodio del umbral. Del pasado. Del futuro. De Rómulo. De Remo. Marchaban hacia la Roma de los libertinos. La Roma que peca y canta.
El barrio no era temible. Era humano. Mujeres llenaban jarras. Niños desnudos saltaban al río. Alberto aún vestía de monje. Farid parecía príncipe. Le abrían paso.
Cruzaron el puente. A la izquierda, la Casa de Dante. El castillo era más pequeño de lo imaginado. Farid silbó. La puerta se abrió. Entregó el caballo. Ayudó a Alberto a bajar. Con delicadeza. Como si fuese una novia.
—Tal vez quieras ir a la capilla —dijo.
Alberto asintió. Caminó por los pasillos. Oscuros. Se arrodilló. No rezó. Pensó. En el viaje. En Chipre. En la piedra. En la resina. En la carne gloriosa. En lo que cambia sin morir.
Leyó un letrero:
Non tollitur, mutatur.
No se elimina. Se transforma.
A lo lejos, sonaba el laúd.