El paso de los días había marcado la rutina de los monjes del convento de San Alejo, pero esa tarde, el portero notó algo que interrumpió la serenidad habitual: el eco del trote de un caballo resonaba por el camino de tierra roja. A lo lejos, vio aparecer a un jinete que se acercaba con la elegancia de una sombra. Farid, el joven árabe de ojos verdes y rostro ambiguo, cabalgaba sobre un corcel negro de porte majestuoso, cuyo nombre —Viento del Diablo— solo acentuaba la atmósfera enigmática que siempre lo rodeaba. El sol de la tarde caía con fuerza, bañando su figura esbelta y resaltando las finas vestiduras que abrazaban su cuerpo. La luz parecía querer desgarrar la suavidad de sus ropas, creando destellos fugaces, casi como un hechizo.
El hermano portero, conocedor de la relación cercana entre Jorge Comneno y Farid, no pudo evitar tratar al joven con una deferencia que rozaba la admiración. Farid desmontó con destreza, caminando con pasos firmes hacia el recibidor. Su mirada, penetrante y calma, no dejaba entrever ni una pizca de agotamiento tras su largo viaje. Con voz clara y precisa, le entregó al padre Leonel la misiva que portaba, cumpliendo con su deber de manera casi ceremonial. Una vez cumplido su encargo, se retiró sin más, dejando a los monjes a solas con su curiosidad, como siempre sucedía con su presencia.
A miles de leguas de allí, en la cabaña de Isaac, Galaad despertaba antes de que el alba tocara el horizonte, como siempre lo hacía. Esa noche, Isaac le había mostrado las estrellas a través de una lente que transformaba el firmamento en una visión casi mística. Galaad observaba fascinado cómo los mapas celestes, trazados por los grandes navegantes y cartógrafos, revelaban los misterios del universo. Isaac hablaba con una pasión contagiante sobre aquellos que habían recorrido los mares y trazado los mapas del mundo conocido: Piri Reis, el almirante turco, cuyo mapa mostraba los contornos de un continente recién descubierto, y cómo la navegación misma era un acto de libertad, un escape hacia lo desconocido. “El mar y el cielo nos guían, Galaad”, le decía, “y es en esos misterios donde encontramos la verdadera libertad”.
En ese espacio de aprendizaje, de exploración, las conversaciones de Isaac y Farid fluían entrelazadas. Farid, cuyas palabras y pensamientos parecían siempre profundos y llenos de sabiduría, hablaba sobre la esclavitud y sobre la posibilidad de ganarse la libertad a través de las batallas que libraban los guerreros en los ejércitos egipcios. Isaac, viendo en él una mente aguda y dispuesta, compartía sus propias reflexiones sobre el poder de la libertad y la lucha. Entre ellos, la figura de Alberto se colaba sin ser invitada, y aunque la relación entre Farid y Alberto era aún reciente, había algo en su camaradería que lo unía todo. Fuera, en el jardín, los pájaros cantaban y el viento traía consigo una mezcla de sonidos que parecían fusionarse con las conversaciones y sueños de aquellos hombres.
Una tarde, cuando la luz del sol comenzaba a desvanecerse y la penumbra cubría la casa de Isaac, Alberto se encontraba frente a un espejo de cristal, como si estuviera buscando algo en su reflejo. Había llegado por encargo, portando una carta para Isaac, y al entregarla, el esclavo que lo había recibido le hizo una pregunta que quedó resonando en su mente: —¿Sabes lo que tienes que hacer, no?
El silencio que siguió a esa pregunta lo envolvió mientras la carta pasaba de su mano a la de Isaac. Alberto sintió que algo había comenzado en ese momento, algo que no comprendía del todo, pero que sabía que cambiaría el curso de su vida.
Esa misma noche, Galaad, bajo el resplandor de la luna, observaba nuevamente cómo Isaac usaba la lente para descifrar las estrellas. Las conversaciones entre ambos continuaban, llenas de reflexiones sobre el mundo, sobre los imperios que caían y los nuevos destinos que nacían con cada descubrimiento. Se hablaba de los mapas entregados por Piri Reis al sultán Solimán, del fin de los aztecas con la muerte de Cuauhtémoc, y de los saqueos de Roma por las tropas de Carlos I. Las palabras se entrelazaban con los ecos de los grandes sucesos, como si aquellos momentos históricos pudieran ser capturados en el aire de esa pequeña casa en la que compartían secretos, conocimientos y visiones del futuro.
Mientras tanto, Farid continuaba con su rol de lector y servidor de la señora Inés, cuyas tardes se sumían entre la melancolía de un matrimonio sin amor y la esperanza que encontraba en las lecturas que compartía con su joven esclavo. Leían juntos El doncel del mar, y a través de esas lecturas, Farid aprendía que, incluso en el servicio, podía encontrarse un acto de amor profundo. Y así, mientras la vida continuaba su curso, sus destinos se tejían con los hilos invisibles de los encuentros y las historias compartidas.
Leían juntos libros como El doncel del mar, y Farid, con una devoción silenciosa, aprendía que servir era un acto de amor en sí mismo.