***
A Juan lo habían castrado, como a Farid, aunque lo hicieron cuando el muchacho era ya grande. Lo hicieron, primero para evitar que la princesa Lucía pudiese consentir en la tentación de tomarlo como amante y, peor, que pudiese tener un hijo legítimo de un esclavo. Por otra parte, así sería siempre joven. Tenía ya más de veinticinco y su apariencia era de dieciocho o diecinueve años, un apuesto joven que nunca dejaría de serlo.
Poco a poco Juan y Farid se hicieron verdaderos amigos. Había razones para serlo, los dos eran castrados, a los dos los habían bautizado y cualquier posible rencor que hubiese podido sentir Farid hacia Juan se veía mitigado cuando recordaba lo bien que lo había cuidado en aquella torre aquel medico otomano. Juan se había convertido en un verdadero hermano mayor. Le hablaba de los secretos que creía encontrar, siempre en la búsqueda de volverse alquimista.
—Espío en la biblioteca del amo, el es un mago.
—¿De verdad? —preguntaba Farid asombrado.
—Aprendió el secreto de la eternidad en un viaje a la Indochina.
Le dio a probar un elixir que él mismo había preparado siguiendo las fórmulas del amo y se sentaron a mirar la ventana, a esperar que sucediese algo que no sucedió. Juan estaba decepcionado. Farid no. No había creído nunca, nada de lo que decía Juan, sólo que lo relajaba escucharlo, le quitaba un poco de la nostalgia que a veces sentía por su antigua vida en aquel pueblo de Damasco
—¿Cómo puedes sentir nostalgia de semejante horror— lo reprendia Juan —¿Acaso preferirías seguir viviendo entre cabras y malos olores y no en este palacio veneciano?