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Fueron varios meses de juntas en Toro y Burgos. Compararon los mapas ancestrales los de Pirir Reis y Marco Polo con los que venían de las Indias Occidentales. Sin duda aquella protuberancia que habían encontrado los exploradores portugueses y españoles al sur de la línea de Tordesillas era la prueba de que aquello era un nuevo mundo. Desde hacía años habían llegado quejas del modo en que los primeros colonos, sobre todo los hermanos Colón estaban tratando a los nuevos súbditos, tanto que por ello la reina volvió a prohibir a sus súbditos viajar hacia el oeste a menos que fuesen parte de una expedición con fines muy claros. Un poco por la prohibición y otro poco por el deseo de encontrar la ruta de la seda por el camino del oeste y, eventualmente encontrarse con la ciudad que tantas nostalgias y deseos le producía, Isaac comenzó a desear conocer aquel nuevo mundo. Por otra parte, el duque de Limonges había sido un anfitrión extraordinario, pero era evidente que no los mantendría ahí todo el tiempo e Isaac no tenía deseo de volver a Chipre. En aquellas reuniones se había llenado del mismo espíritu de aventura que sintió cuando era un muchacho y escuchaba de su padre las historias de las guerras que libraron sus antepasados contra los invasores turcos. A decir verdad el duque no consideraba molesto alojar ni a Isaac ni a sus mozos. Encontraba adorable al pequeño Farid y Miguel había terminado por volverse todo un cortesano. Sabía conversar y no sólo había aprendido en ese tiempo a hablar el castellano, se había comenzado a interesar por las complicaciones políticas de aquel reino que en pocos años había pasado de ser sometido a los árabes a ser el más pujante de Europa. En aquel año el rey Fernando y su corte se habían sentado en la corte e Isaac había tenido la oportunidad de saludarlo junto con los otros geógrafos de las juntas.